Hablar sobre un disco es, en cierto modo, como explicar las reglas de un juego de mesa: uno intenta desplegar su entusiasmo, aclara matices y llega incluso a justificar por qué elegir esa carta –o, en este caso, ese acorde o sonido– es una decisión ganadora. La persona que recibe las explicaciones acostumbra a asentir en silencio, con la mirada perdida, intentando mantener la compostura hasta que llega el momento de empezar la partida.
Pues eso: aquí estoy, intentando (no) convencerte. Si has llegado hasta aquí sin levantarte de la mesa, voy a darte algunos motivos para que escuches “Mount Zero”, el primer LP de los australianos Swapmeet.
El primero es geográfico: Australia, al igual que Irlanda, lleva unos años convirtiéndose en una fuente inagotable de indie, rock y aledaños de lo más interesante, desde Amyl And The Sniffers hasta Rolling Blackouts C.F., pasando por Royel Otis. Aunque Swapmeet no suenen como ninguno de ellos, sí que encajan en ese fenómeno casi mágico que hace que prestemos atención a las propuestas que nos llegan desde la otra punta del mundo. Además, Swapmeet vienen, desde Adelaida, con un breve pero contundente currículum bajo el brazo: fueron elegidos como mejor grupo emergente en el festival SXSW de Sídney, ficharon por Winspear –sello de bandas como Slow Pulp o Wishy– y llegaron a abrir conciertos para Wolf Alice. Un recorrido de manual para una banda llamada a cruzar fronteras y que, de hecho, las cruzará pronto en una gira que los llevará por Norteamérica y Europa.
El segundo motivo está en su sonido. “Mount Zero” es un disco de indie rock de guitarras un poco chapado a la antigua, y lo digo sin ánimo de sonar peyorativo. Hay ecos de clásicos como Pavement o Pixies, pasados por el filtro de referencias más recientes como Big Thief, bar italia o King Hannah. Swapmeet recogen esas influencias, juegan con ellas sin dejarse atrapar y las convierten en canciones con personalidad propia. Tan pronto endurecen los riffs hasta rozar el hard rock, como ocurre en “Seeds”, como bajan revoluciones y se acercan al folk orquestado de “Personal (Don't Take It)”.
Pero su mejor jugada es cuando apuestan por la contención, con canciones que parecen acumular tensión hasta desviarse por caminos que no te esperas. Es lo que ocurre en “Halfway”: crece lentamente hasta acabar explotando justo cuando parecía que iba a quedarse suspendida para siempre. Y también, de una forma todavía más ambiciosa en “My Heart Breaks II”, un tema que parece contener varias canciones dentro.
También ayuda que Swapmeet entienda la repetición como un recurso expresivo. Muchas de sus canciones avanzan insistiendo una y otra vez sobre una misma melodía o frase hasta convertirla en un ritmo obsesivo. Sucede casi como un gesto circular, y no sé hasta qué punto intencionado, en la apertura y en el final del disco: en “I Know!”, Venus O'Broin, la cantante del grupo, repite el mantra “I know, I know, I know…”, mientras que en “My Heart Breaks II” vuelve sobre “I don’t want, I don’t want…”. Como si, a fuerza de repetirse, quisieran explorar si es posible transmitir más significado que el propio significado de las palabras.
No sé si después de todo esto escucharás “Mount Zero”. Pero si lo haces, sospecho que dentro de unos días te descubrirás recomendándolo a otra persona. Entonces te tocará explicar por qué, a qué y cómo juegan Swapmeet. Y descubrirás que es difícil, pero que merece la pena. Supongo que, muy en el fondo, todos creemos que, esta vez sí, alguien va a hacernos caso. ∎