Comisionada en 2021 por el parisino Sons d’Hiver Festival e inspirada por las pinturas del simbolista Odilon Redon (1840-1916), la pianista y compositora
Sylvie Courvoisier enriquece con su proyecto
“Chimaera” una de las más atractivas trayectorias del jazz europeo. Si en precedentes entregas la suiza había desplegado su exploradora partitura en distintos formatos instrumentales, con cierta tendencia a dúos, tríos y cuartetos, en esta ocasión su vehículo expresivo es un sexteto conformado por algunos de los más cotizados colegas de la escena neoyorquina: las trompetas de Wadada Leo Smith y Nate Wooley, más los habituales componentes de su trío, Drew Gress (contrabajo) y Kenny Wollesen (batería y vibráfono). A ellos se suma el austriaco Christian Fennesz, encargado aquí de guitarra y efectos electrónicos a la vez que pieza distintiva en este valioso entramado acústico.
No es casualidad que Courvoisier haya ligado algunos de sus más notables trabajos discográficos al sello Intakt. El compromiso de la marca, también suiza, con una propuesta ubicada, en palabras de su fundador Patrik Landolt,
“entre composición e improvisación y la emocionante y mutua inspiración de dos tradiciones musicales: Europa y Estados Unidos”, la ha situado lejos de dogmas y patrones, adscrita por convicción a un territorio en absoluto predecible o complaciente. Análogas coordenadas enmarcan este doble disco en el que su autora ha querido plasmar
“algo superlírico, superpoético y superfrágil”, partiendo de un abierto planteamiento con escritura y espontaneidad desdoblándose sobre panorámicos y oníricos desarrollos que saltan del motivo rítmico a relajantes paisajes o abstractos espacios de turbulencia y disonancia. Un discurso amigo antes de la sugerencia que de la evidencia, donde su piano y el juego de trompetas se desplazan con libertad a través de un volátil tejido rítmico, cohesionado unos grados más por el sutil y necesario trabajo de Fennesz.
“En el dibujo y la pintura de Redon, puedo imaginar, ver y sentir todo”, apunta Courvoisier. Y por ello no solo utiliza su obra como motor instigador de este trabajo, sino que incluso toma títulos de sus obras para bautizar cuatro de estas seis dilatadas composiciones –los casi veintidós minutos de
“Le pavot rouge”,
“Partout des prunelles flamboient”,
“La chimère aux yeux verts” y
“Le sabot de Venus” –, mientras que ella misma incorpora
“La joubarbe aragnaineuse” y
“Annâo” para cerrar el lote. Prima en todas el sentido conceptual y expansivo de una sugestiva música, tan discrepante como misteriosa, que demanda atención e imaginación y que, a imagen y semejanza de los fantásticos dibujos de Redon, se define desde
“el ambiguo reino de lo indeterminado”. ∎