Álbum

Tashi Wada

What Is Not Strange?RVNG Int.-Popstock!, 2024

Tashi Wada siempre se ha considerado a sí mismo un tipo bastante familiar, y no hay más que echarle un vistazo a su trayectoria para comprobarlo: lleva años colaborando, tanto en directo como en el estudio, con Julia Holter, a quien conoció hace años en el entorno artístico más minimalista del CalArts –el Instituto de las Artes de California– y con quien finalmente terminó casándose y teniendo una hija, y en 2018 publicó “Nue” junto a ella, su padre –el mito experimental y fundador de Fluxus Yoshi Wada– y un círculo muy cercano de artistas compartido por los tres, prácticamente familia: Corey Fogel –percusionista habitual de Tashi–, Cole MGN –compañero de estudio en todos los discos de Holter– y Simone Forti –coreógrafa fundamental para el desarrollo de la danza contemporánea desde los tiempos de Fluxus con Yoshi–.

Esa idea de familia artística ha sido importantísima para él, para su manera de entender la vida y para su formación –y ambición profesional–. El propio Tashi reflexionaba ya en 2022 sobre su tendencia natural a unificar arte y cotidianidad en una misma cosa: “Crecí en una familia de artistas y dentro de una comuna artística, así que no había mucha distinción entre la vida casera y el arte”, dijo entonces recordando su infancia en Fluxus. Así que los últimos años, desde la irrupción de la dichosa pandemia, han sido para él una absoluta revelación tanto como una montaña rusa: cuando su relación con su padre se encontraba en su mejor momento, una complicación por COVID se lo llevó, y poco después nació su primera hija con Holter.

De toda esta vorágine es testigo su nuevo álbum, “What Is Not Strange?”, mientras refleja a su particular modo eso de que unos vienen y otros van, pero la vida sigue igual: inundada de una inusitada belleza. La vida, precisamente, se pone por delante para estructurar un trabajo cambiante y volátil como la naturaleza humana y la vida misma, que pasa de la tensión a la placidez sin separarlas del todo, sin grandes saltos ni contrastes, de drones oscuros a piezas más magníficas y comprensibles y de ahí a patrones y sonoridades renacentistas. Y que está compuesto prácticamente a medias con Julia Holter, sirviendo no solo como homenaje a su hija –que inspira algunos de los momentos más “convencionales” del álbum, “Grand Trine” y “This World’s Beauty”, ambas definidas por el uso del clavecín–, sino también como reflejo más mental, pero igualmente espontáneo, imaginativo y hasta inocente, de la fisicalidad que encontramos en su “Something In The Room She Moves” (2024); después de todo, los dos comparten esa misma “habitación”.

No es casualidad que el único corte en el que Holter no participa sea “Revealed Night”, una meditación ambient construida con ecos de sirenas de ambulancia que captura la soledad y la melancolía ante el fallecimiento del padre de Wada en plena pandemia. Todo el resto, incluso con pasajes más tenebrosos como la inmersiva y submarina “What Is Not Strange?” y esa minimalista “Under The Earth” en la que la voz de Holter trata de separarse de esa espesa textura de violas tejida por Ezra Buchla, se siente más como una celebración, y se interpreta siempre con ánimo vitalista. La culpa, musicalmente hablando, recae en gran parte en la afinación que Wada ha elegido para este disco, inspirándose en un modelo de notación renacentista desarrollado en el Barroco por el compositor y teórico francés Jean-Philippe Rameau, y que le da a varias composiciones un cierto aire de pop de cámara: ya hemos hablado del clavecín que vehicula los temas asociados a su hija, pero también están ahí los órganos de “Asleep To The World”, el misterio en los sintetizadores de “Calling” –que emplea una melodía basada en una llamada de pastora tradicional sueca, o kulning– o esa fantasía de teclados de “Castlevania” que es “Plume”, expansiva, espiral, teatral y hasta un puntito delirante.

Que un Wada más conectado con el mundo y el momento presente se deje llevar por un lado más melódico –e incluso por un cierto maximalismo y algo de grandilocuencia– no quita para que, en cualquier caso, su música siempre prefiera el lenguaje de la experimentación para, como reconoció recientemente a Bandcamp, explicar “sentimientos complejos que no sé cómo expresar en palabras”. Y de esa ambición parten temas tan complejos y al mismo tiempo aparentemente simples como “Subaru” o “Time Of Birds”, con esa turbia ascensión microtonal que se resuelve de una forma relativamente épica. Ambas están construidas con sintetizadores que parecen estar ligeramente desafinados, pero a la vez suenan confortables al oído. Y en torno a todas esas contradicciones, abrazando el caos y la incomprensión que a veces –o constantemente– nos genera la existencia misma, gira el free jazz vanguardista de “Flame Of Perfect Form”, errático, percutivo, abstracto. Habitando un limbo rasgado entre la vida que va y la vida que viene. Es ahí donde, quizá, nos asomemos a una de las bellezas más sublimes: la de saberse parte de algo que, pase lo que pase, nunca deja de moverse, y que engloba cuánticamente de dónde venimos y hacia dónde vamos. ∎

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