Álbum

Terrae

Nostre graSegell Microscopi, 2025

Dice el irreverente Valero Sanmartí que los del sur (de Cataluña) nos matarán a todos (los demás catalanes), pero los Terrae, tan de Flix (Ribera d’Ebre) como son, y con la de material químico que podrían atesorar en sus bolsillos para fabricar armas mortíferas, han decido hacer un disco, “Nostre gra”, preñado de tradición revisitada, que servirá durante muchos años para, como el río, ser vida.

La noticia voluptuosa y apetecible de que se puede hacer arte que siendo político sea sexi, suene techno, pero también hogar ancestral, colectividad y fiesta, es de por sí muy seductora, particularmente en estos tiempos en que las fuerzas oscuras y absurdas son tan atronadoras (y las ideas de quienes tienen los focos, micros, bombo y platillos y planes colonialistas tan tísicas) que las personas tendemos a no saber cómo, ni por dónde, agarrarnos a la posibilidad de utopía. Por eso, para entrenar la imaginación, la fe y la energía es importantísimo abrazarnos al arte que genera conmoción, belleza, nos ensancha el conocimiento y nos sensibiliza, porque tal vez será en ese vínculo donde podamos seguir sintiendo la vida.

Este primer trabajo de larga duración del dueto formado por Andreu Peral (voz y producción) y Genís Bagés (percusión y producción) –ambos músicos de larga trayectoria a sus espaldas– es muy emocionante y épico, a pesar de partir de búsquedas muy cercanas y costumbristas. El viaje que propone el disco (que ojalá saquen también en vinilo, pero que de momento se puede escuchar en CD y en todas las plataformas digitales) no solo lleva a cabo la tarea etnográfica de traer al presente el folclore de tonadas antiguas, poemas o incluso himnos de resistencia republicana, sino que también consigue que la tradición suene verdaderamente inédita y sorprendente. Y eso que para generar algunos de los samples, loops o efectos que utilizan (y que evocan contemporaneidad contundente) han usado objetos tan arcaicos como la muela (de molino), cántaros de barro, cañas, castañuelas o conchas (todas sacadas de las comarcas que habitan) y que han colado entre guitarras, teclados y baterías.

Esta mezcla, además de generar una simbiosis atemporal (podría probarse en estos temas que el tiempo no es lineal sino espiral y sincrónico), también apela a un recordatorio urgente: las prácticas de resistencia cotidiana no pueden ser olvidadas y la transmisión intergeneracional y conexión con el patrimonio nos pueden librar de vivir condenadas al fatídico y mentiroso relato hegemónico.

“Nostre gra” bebe sin complejos y con reverencia de las raíces, de la tierra, de la materia prima, del origen, de la sabia savia, de los principios, y así abren el disco literalmente declamando “al món no hi ha res com la mare” (en el mundo no hay nada como la madre”) en su Ja no em vols” (“Ya no me quieres”). Una declaración probablemente inconsciente de justicia poética, sí, pero también antipatriarcal que por fortuna subyace a lo largo de todo el viaje del álbum. Iluminando la disidencia de las voces que, desde el anonimato, han construido la tradición oral, y a figuras claves en la cultura del territorio y que (tal vez por periféricas) no han sido lo suficientemente reivindicadas en el resto del país, como Virgínia Amposta” (el único tema del disco compuesto íntegramente por la banda), que recuerda a una maestra sindicalista fusilada por el régimen franquista, o la absolutamente gloriosa Ens han deixat el crit” (“Nos han dejado el grito”), que musica un poema de la ganadora de la Cruz de Sant Jordi Zoraida Burgos (quien aún vive en Tortosa) y que es un temazo que recuerda al techno industrial pero impregnado de una voz llena de pasión rugiente y desesperada, casi como si los Ultravox hubieran vivido el franquismo cultivando arroz en el Delta en lugar de paseando por Viena.

Sobresale la transformación en hit de pista de baile del himno republicano En el Frente de Gandesa”, versión que, mucho me temo, será imposible escuchar sin levantarse con los brazos en alto. También destacan las colaboraciones de Judit Nedderman en “Delta”, un poema musicado del folclorista de la Ràpita Lluís de Montsià, o de Alidé Sans (estandarte del folk en occitano), que canta en “La clavellinera”.

En un mundo cada vez más individualista y neoliberal, sentir pertenencia y vínculo es de por sí una potencia que nos acerca a algo más grande. De hecho, Donna Haraway nos dibuja la comunidad, la simbiosis y el contar historias como única posibilidad de supervivencia, y Simone Weil tiene toda una tesis en la que defiende que enraizarse sostendrá no solo la vida material (los frutos de la cosecha), sino también el intelecto y la cultura, librándonos así de ser manipulables. Y hacer un disco que piensa en la identidad y el territorio (una de las formas más intuitivas que tenemos de hacer comunidad) para repartirlo en forma de baile comunitario es un arma bastante contundente con la que generar deseo y alegría. Y si los orgasmos, como la tierra, son de quien los trabaja (Mireia Sallarès nos llevó a estas conclusiones), la música es de quien la baila. En este caso, es de agradecer tener la oportunidad de pasarnos por el cuerpo un lugar tan mágico y lleno de márgenes como son las Tierras del Ebro. ∎

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