Disco destacado

Tinashe

Popstar › A Nice Life-Atlantic-Warner, 2026

Hay algo casi perfecto, aunque nada en “Popstar” lo sea, en que Tinashe haya necesitado ocho discos para poder titular uno así. Durante años pareció una popstar atrapada en el purgatorio: demasiado sofisticada para el pop de usar y tirar, demasiado pop para el R&B alternativo que la crítica estaba empezando a canonizar, y demasiado poco dócil para una industria que prefería decidir qué hacer con ella antes que escucharla. Después de “2 On”, de los retrasos de “Joyride” (2018), de su ruptura con RCA y de varios años de independencia creativa, llegó “Nasty” y, finalmente, la sensación de que el mundo había descubierto a Tinashe con diez años de retraso. “Popstar” convierte esa paradoja en argumento.

El disco es, sobre todo, una celebración bastante extraña de la contradicción. Tinashe quiere ser famosa y sabe perfectamente que la fama es una trampa. Quiere que la miren y, al mismo tiempo, desconfía profundamente de quienes miran. “Empty Stadium” condensa el problema: el escenario soñado convertido en pesadilla, el miedo a trabajar durante años para terminar siendo olvidada. Y luego está la propia “Popstar”, donde alcanzar aquello que parecía el objetivo final produce menos satisfacción de la esperada. No es exactamente una celebración de la fama. Es una autopsia hecha desde dentro.

Musicalmente, el disco funciona porque Tinashe no intenta resolver esas contradicciones. Las convierte en sonido. “Sunglasses”, producida junto con Arca y Machinedrum, abre el álbum como una declaración de principios: R&B futurista, voces procesadas, bajos pesados, sensación de estar entrando en una máquina. Después llegan “Too Easy”, “Melatonin”, “Crash Out”, “Pillow Fight”, “Nobody Wanna Dance Anymore”: canciones que parecen querer ser hits pero que continuamente se desvían, se cortan, aceleran o cambian de piel. El resultado puede ser deliberadamente caótico. A veces demasiado. Hay momentos en que una canción parece terminar justo cuando empieza a ponerse interesante. Pero esa impaciencia también es parte del carácter de “Popstar”: Tinashe ya no necesita demostrar que sabe hacer una canción convencional.

Brillo de estrella. Foto: Hugo Comte
Brillo de estrella. Foto: Hugo Comte

Por eso el 9 que le ha dado ‘Pitchfork’ importa tanto. La revista lo ha nombrado Best New Music y ha definido “Popstar” como el disco más ambicioso y valiente de su carrera, llegando a llamarlo el mejor álbum pop del año. No es que ‘Pitchfork’ tenga la última palabra sobre Tinashe –ni sobre nadie–, pero aquí la puntuación tiene un peso simbólico evidente. La reacción de la artista lo deja todavía más claro. Tras el 9, escribió que durante años se había sentido incomprendida, ignorada y convertida en chiste, hasta llegar a un punto en el que dejó de necesitar premios, reconocimientos o éxito mainstream porque todo aquello se había vuelto demasiado doloroso. Por eso, explicó, sentirse finalmente “vista y escuchada” significaba tanto. Es difícil imaginar una mejor lectura para “Popstar”. El círculo se cierra, pero no porque la industria haya admitido finalmente que se equivocó. Se cierra porque Tinashe sobrevivió a la necesidad de que la industria lo admitiera.

Y aquí aparece algo que conviene no despachar como simple nostalgia de ‘Pitchfork’. La crítica musical sigue importando. No porque un 9 convierta un disco en una obra maestra por decreto, sino porque todavía puede cambiar el relato alrededor de un artista. Tinashe ya tenía las canciones, el talento y una carrera larguísima. Lo que una crítica así puede ofrecerle es otra cosa: contexto, memoria, legitimidad cultural. Puede conseguir que alguien que nunca prestó atención se pregunte qué demonios se perdió durante todos estos años.

“Popstar” no necesita demostrar que Tinashe siempre tuvo razón. Es más interesante que eso. Demuestra que, después de tantos años intentando convertirse en la popstar que otros esperaban, finalmente puede decidir qué significa serlo. ∎

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