Por fin lo ha conseguido, un debut a la altura de su talento y de su portentosa voz, un álbum que se aventura como uno de los mejores del año (al menos para quienes no estén obsesivamente pendientes de todo lo que tenga una pátina de modernidad, aunque sea en forma de simulacro). Tyler Ballgame, nacido en Rhode Island, supera aquí el tiempo pasado en el sótano de la casa de su madre con depresión antes de cumplir los 30, el difícil acomodo a una imagen, la de su cuerpo, contra los cánones imperantes del cantante de moda, el traslado a Los Ángeles tratando de hacer valer su música mientras se bregaba con versiones de clásicos del rock y el pop, y el encuentro de una voz propia, única, aunque remita a otras muchas, todas a la vez, con el amplísimo registro que abarca.
Basta con escuchar las prodigiosas melodías de “Got A New Car”, en su entrelazado de estribillos y puentes y su perfecta construcción, guiados por la emoción serena de esa voz que recoge todos los tonos con facilidad intuitiva, para caer rendidos a la forma de hacer y de ser de quien se puso el apellido por un jugador de béisbol, pero con la apariencia más bien de un cantante de rock de los setenta. Su nombre real es Tyler Perry.
Este Ballgame puede sonar a veces como un Meat Loaf suave y controlado. Cuando se vuelve más rockero en el estribillo de “Matter Of Taste”, evoca los tonos más celestiales de Elvis Presley y Roy Orbison (“For The First Time, Again”, “Goodbye My Love”), o se mueve por los agudos con la emotividad de un Tim Buckley o de Gary Shearston (“Sing How I Feel”), y todo lo hace con naturalidad y aparente sencillez. Pero no trata de imitar a nadie: su emoción lo lleva por todos esos derroteros sin apalancarse en ninguno de ellos. Es más, puede ser John Lennon y Paul McCartney simultáneamente. Pero no hay filigranas ni mucho menos sensacionalismos. Son solo friendly reminders de la perfecta absorción de los grandes pilares del rock y el pop de los sesenta y los setenta, principalmente, que Tyler reelabora en unas composiciones propias que suenan frescas y perfectamente contemporáneas, de una belleza arrebatadora en cualquiera de sus tendencias: pop inteligente y con el punto justo de sofisticación, aromas de soul, de glam, de americana, en fluidez infalible.
El cautivador y cálido sonido de la producción revela su origen analógico cuando muchas de las canciones empiezan como si se pusiera en marcha la ancha cinta magnética de los antiguos estudios. Y hay ruido de fondo de los amplis o los micros. A veces, en puntos de saturación, casi se ven los vúmetros traspasando el rojo. Nada está pulido con el bisturí digital, pero no hay postureo vintage y mucho menos desaliño: Jonathan Rado, el miembro de Foxygen, que ya ha producido a artistas tan diversos como The Killers, Miley Cyrus y The Lemon Twigs, simplemente pone las herramientas adecuadas a la forma de cantar y de componer de un Tyler Ballgame que se encarga también de las guitarras acústicas y algunas eléctricas, y se apoya en los teclados de Ryan Pollie (piano, órgano, sintetizador), que dan ese aire clásico pero vivaracho a las doce canciones sin desperdicio.
Así, Ballgame se explaya con sus esperanzas y desasosiegos en torno al amor: en el soleado y esperanzado pop de “I Believe In Love”, entre falsetes apasionados, palmadas y jugosos contrarritmos; en la balada “You’re Not My Baby Tonight”, enriquecida con fraseos inesperados y estructurada en diferentes tramos melódicos como salidas brillantes a lo convencional. Desnuda sus sentimientos cantando cómo se sienta con todas las posibilidades de su voz, con virtuosismo emocional pero sin alardes en “Sing How I Feel”. O va a la esencia en canciones breves y certeras como “Goodbye, My Love” o “I Know”. Como dice en la última pieza, ha estado esperando tanto tiempo, pero ya ha llegado y con un disco redondo, jugoso, radiante como los frutos de su portada. ∎