Yumi Zouma parecen haberse cansado de su propia sombra. De un nuevo disco del grupo neozelandés cabía esperar synthpop estilizado y ensoñador, pero el quinto de su discografía –sexto si contamos aquella revisión completa del “(What’s The Story?) Morning Glory” de Oasis con que sorprendieron en 2017– es una historia inesperada. En honor a la verdad, en el previo “Present Tense” (2022) ya aparecían toques de distorsión, pero no los suficientes como para prepararnos para el giro de “No Love Lost To Kindness”.
Hablamos de un cambio bastante radical, de un sonido mucho más centrado en las guitarras, oscuro y ruidoso, sin la espaciosidad ni la elegancia de referencias anteriores. Ellos dicen haber perseguido los himnos, aunque a su propio y sutil modo, muchas de sus viejas canciones (“In Camera”, “Right Track/Wrong Man”, “Give It Hell”, etcétera) ya eran precisamente eso.
La inicial “Cross My Heart And Hope To Die” incorpora un bajo muy Peter Hook, elemento habitual en su repertorio, pero también juegos vocales chico-chica ligeramente bar italia y otros gestos más rock que (indie) pop. En consonancia, su letra es arisca, al parecer inspirada por el encuentro del grupo con un odioso exprimer ministro en el lobby de un hotel donde se alojaban. Otras sorpresas: lejos del autocontrol de antaño, en “Bashville On The Sugar”, oda al metro neoyorquino, tienen el trote visceral de Broken Social Scene y por momentos amenaza el desmoronamiento. “Drag”, la mejor canción de esta primera parte del disco, los acerca al dream pop, pero a uno sucio y, sobre todo en las estrofas, malhumorado.
Aún más densa es “Judgement Day”, de guitarras bañadas en feedback y distorsión importantes y una épica vocal a la que Christie Simpson no nos tiene acostumbrados; lo justifica una letra dedicada a los primeros, extraños pasos del nuevo amor, cuando quieres saltar al vacío, pero pueden retenerte los moretones del pasado. Con la final “Waiting For The Cards To Fall” casi parecen avisarnos de que su próximo disco será de instrumentales post-rock.
Nada de esto está mal (y, lo dicho, “Drag” es estupenda), pero el grupo parece más cómodo cuando se acerca a su antigua forma de hacer las cosas, como en la melodía desvergonzadamente bonita de “Phoebe’s Song”, compuesta por Josh Burgess para su compañera, o en la estilización instrumental de “Cowboy Without A Clue”, sobre las complicaciones de las relaciones a distancia y la posibilidad de que, en el futuro, esa clase de separaciones acabe siendo interplanetarias: “Si estuviera en Plutón / Cariño, espero que llamaras”.
La recta final ofrece incluso un regreso, “Chicago 2am”, a su vertiente más sophisti-pop. Es un tramo del disco con sonido más espacioso y a menores revoluciones. Suenan la balada de aires folk-soul “Did You See Her?”, sobre la velocidad con que se expanden los rumores en pueblos y pequeñas ciudades; “Every False Embrace”, con curiosas pedal steel y armónica, o la estimable “95”, momento íntimo sobre perseguir la fama y entender que no es para tanto al conseguirla. ∎