Tras años redefiniendo el pop desde la sombra, Danny L Harle da un paso al frente con “Cerulean”, su primer álbum para XL Recordings y, según él mismo, su verdadero debut. En esta entrevista, Harle reflexiona sobre la emoción pura de las sílabas, la influencia de un juego como “Dark Souls”, el papel de las voces y su deseo de crear una música tan excesiva como profundamente humana.
Durante más de una década, Danny L Harle ha sido una presencia decisiva (y a menudo invisible) en la mutación del pop contemporáneo. Productor clave en la órbita de PC Music, arquitecto sonoro para algunas de las figuras más inquietas del mainstream y explorador incansable de los extremos entre lo eufórico y lo abstracto, su música siempre parecía apuntar hacia un centro que aún no terminaba de revelarse. “Cerulean” (XL-Popstock!, 2026), su nuevo álbum, es ese centro. O, como él mismo insiste sin rodeos, su verdadero debut.
Lejos de funcionar como un simple compendio de estilos, “Cerulean” se despliega como una geografía emocional coherente: un espacio donde el trance vocal, el eurodance y la energía rave conviven con armonías heredadas de la música renacentista, estructuras minimalistas y una sensibilidad casi cinematográfica. Harle persigue aquí lo que define como “melancolía eufórica”, un estado en el que la grandeza y la fragilidad se rozan constantemente. Las olas grabadas por el propio artista, los sintetizadores que respiran y las voces que flotan más allá del significado literal construyen un disco que parece existir, como “Stalker” (Andréi Tarkovski, 1979), en un umbral entre lo real y lo onírico.
En conversación con Rockdelux, Harle habla de “Cerulean” como una obra nacida de la intuición más que del intelecto, pero sostenida por años de estudio y disciplina; de su fascinación por las sílabas como forma primitiva de canto en el trance y el eurodance; y de cómo videojuegos como “Dark Souls” (Hidetaka Miyazaki, 2011-2018) le enseñaron a pensar la música en términos de resistencia emocional, repetición y recompensa tardía. También reflexiona sobre la escucha como experiencia casi devocional (estar solo y acompañado a la vez) y sobre su manera de elegir voces no por su narrativa, sino por su capacidad de encarnar una melodía.
Has descrito “Cerulean” como tu álbum de debut, incluso después de “Harlecore”, que fue recibido con entusiasmo casi unánime. Desde fuera, suena un poco paradójico. ¿Qué necesitabas vivir, artística o personalmente, para poder decir por fin “este es el grande”?
Creo que en “Cerulean” se puede escuchar claramente mi amor por el hardcore británico, pero eso es solo uno de los muchos hilos que forman el tapiz del disco. “Harlecore” fue un proyecto muy concreto, muy focalizado: una respuesta específica a la manera en que yo viví un subgénero determinado de la música de baile británica. Era algo deliberadamente acotado, casi conceptual. “Cerulean”, en cambio, es una expresión mucho más holística de todas mis influencias: todo mi eclecticismo, mi lado más esotérico, filtrado en una sola declaración artística. Durante mucho tiempo me frustró no tener un lanzamiento que pudiera dar a alguien y decirle: “Esto es mi música, esto es lo que hago”. “Harlecore” era una de las cuerdas de mi arco, una muy importante, de la que estoy profundamente orgulloso, pero no era el todo. Creo que si alguien escucha “Harlecore” y luego escucha “Cerulean”, resulta bastante evidente por qué llamo a este último mi álbum de debut. Es una declaración en forma de álbum, en el sentido más clásico del término. Es el disco que mejor encaja con lo que yo entiendo que debe ser un álbum. No creo que pudiera haberlo hecho en ningún otro momento de mi vida. Todas las colaboraciones que he ido realizando a lo largo de los años (no solo para este disco, sino en general) me llevaron a un proceso de autodescubrimiento que era necesario para poder hacerlo. Tuve que entender cosas sobre mí mismo como compositor y productor antes de poder reunir todo esto en un solo lugar. Un buen ejemplo es “Azymuth”, la canción que hice con Caroline Polachek. En ese momento estaba escuchando muchísima música de Anton Bruckner. Él utiliza unas secuencias armónicas preciosas, literalmente llamadas “secuencias”, y suspende los acordes de una manera muy expansiva y emocional. Empecé a experimentar con ese tipo de movimientos armónicos, pero llevándolos a sintetizadores de trance y EDM, simplemente para ver qué pasaba. A partir de ahí, Caroline empezó a escribir encima. Ese tipo de momentos me permitieron descubrir cómo usar los elementos de la música clásica que realmente me emocionan –el lenguaje armónico, el tempo emocional– sin caer en el pastiche ni en la cita superficial. No me interesa recrear música clásica ni referenciarla de forma nostálgica. Lo que quiero es destilar aquello que me conmueve y convertirlo en algo nuevo, eliminando elementos que arrastran demasiada carga histórica, como ciertos timbres orquestales, y quedándome con el núcleo emocional.
Hubo varios procesos así, con distintas colaboraciones, y cada uno me enseñó algo sobre mí mismo. Al final, llegué a un nivel de madurez que me permitió hacer un álbum capaz de sostener todo eso. Una parte fundamental de “Cerulean” consiste en trazar una línea continua entre músicas creadas hace cientos de años y músicas hechas ahora mismo, y entender qué las conecta. Durante mucho tiempo pensé que mis gustos eran aleatorios. Pero no lo son. Y es mi responsabilidad averiguar qué los une.
El título “Cerulean” es muy evocador: remite al cielo, al mar, a la calma, a la profundidad, incluso a cierta sensación de exposición. ¿Cómo llegaste a esa palabra para titular el álbum?
Me alegra mucho que preguntes eso, porque va directo al corazón del disco. El hilo conductor entre toda la música que estaba escuchando –desde compositores del Renacimiento italiano hasta música isabelina, pasando por trance de los noventa o pop contemporáneo– es un estado emocional muy concreto. Yo lo llamo melancolía eufórica: esa sensación extraña en la que la alegría y la tristeza coexisten. Este álbum se hizo completamente desde las emociones. Y cuando trabajas con emociones, intentar ser demasiado literal o figurativo puede ser contraproducente. Un sentimiento no quiere ser explicado, quiere ser sentido. Por eso usar un color me pareció lo más adecuado. Un color transmite información sin imponer un significado cerrado. Para mí, la melancolía eufórica es cerúlea. Además, es el color del mar, que aparece recurrentemente en el álbum, tanto como sonido como a nivel conceptual. Las olas, el agua, la vastedad… Todo eso estaba alineado emocionalmente con lo que quería expresar. El título comunica algo muy preciso para mí, pero deja suficiente espacio para que el oyente proyecte su propia experiencia. Ese equilibrio era esencial.
Has descrito el disco como situado “en el umbral entre los sueños y la realidad”, citando “Stalker” de Tarkovski. ¿Qué tiene su manera de trabajar el ritmo y la ambigüedad espiritual que te resulta especialmente útil a nivel musical ahora mismo?
Siempre me han fascinado los estados liminales, los lugares que existen entre una cosa y otra. Son espacios emocionalmente muy fértiles. A menudo es ahí donde se produce el escapismo o donde aparece la euforia. Entornos que forman parte del mundo real, pero que también parecen portales hacia otra cosa. Tarkovski explora eso de manera magistral en “Stalker”, aunque es algo que atraviesa toda su obra. Más recientemente he leído “Piranesi” (2020; Salamandra, 2021), de Susanna Clarke, que me marcó profundamente; probablemente sea el mejor libro que he leído en mi vida. Trata ideas muy similares: espacios intermedios, lógica onírica, el mar como paisaje psicológico. En el cine de Tarkovski hay algo que me conmueve mucho: el paisaje parece tener emociones. No es solo un escenario, es una entidad sensible. Eso es lo que me inspira musicalmente: la idea de que un espacio puede cargar con un peso emocional propio. En “Cerulean” quería explorar precisamente esa geografía emocional.
También has citado “Dark Souls” como influencia. Cuando estás inmerso en uno de esos juegos, hay una mezcla muy intensa de frustración, concentración y euforia cuando finalmente superas un obstáculo. ¿Reconoces ese mismo ciclo emocional en la forma en que construyes tensión y liberación en tu música?
Totalmente. La satisfacción que produce derrotar a ciertos jefes en los juegos de FromSoftware es algo extraordinario. Sinceramente, creo que “Dark Souls” y “Bloodborne” son algunas de las mayores obras de arte de nuestra generación. Simplemente aún no contamos con los mecanismos culturales adecuados para reconocerlas como tales. Lo que más me influyó no fue solo la dificultad, sino la estructura de la experiencia. En la comunidad de “Dark Souls” existe esa idea tan bonita de estar “solo pero acompañado”. Estás viviendo una aventura completamente individual, pero constantemente ves rastros de otros jugadores: fantasmas que cruzan tu camino, mensajes en el suelo, alguien descansando en la misma hoguera. A veces te ayudan, otras te engañan, pero siempre te recuerdan que formas parte de algo mayor. Eso conecta mucho con una de mis formas favoritas de escuchar música. Curiosamente, el mejor entorno para ello no suele ser un festival, sino una discoteca. En un club oscuro estás rodeado de gente, pero se te permite tener una experiencia profundamente personal. No tienes que mantener contacto visual, ni cantar, ni demostrar nada. Puedes desaparecer dentro de ti mismo y, aun así, formar parte de una colectividad. No digo que exista una manera correcta de escuchar música, pero este modo concreto de experiencia me parece muy profundo. Esa sensación de estar solo y acompañado a la vez es muy difícil de expresar, y “Dark Souls” lo consigue de una forma magistral. Intenté reflejar esa idea en una película que he hecho para acompañar el álbum, que se publicará en colaboración con NTS. Es una mezcla continua de todo el disco, pensada para fomentar ese tipo de escucha introspectiva.
Has dicho que buscas “las mejores melodías cantadas por las mejores voces”. Cuando eliges colaboradoras como Caroline Polachek, PinkPantheress o Clairo, ¿piensas en colores emocionales, en roles narrativos, o es algo más instintivo?
Es completamente instintivo. No pienso en roles, ni en el significado de las letras, ni en narrativas. Me dejo guiar por la sensación que me produce una voz. Hay voces que están hechas para ciertas melodías, melodías que solo ellas pueden cantar sin que suene a imitación. Caroline, PinkPantheress o Dua Lipa son buenos ejemplos. Si otra persona cantara esas canciones, estaría haciendo una versión de ellas. Hay formas melódicas que me atraen especialmente, y voces que las habitan de manera natural. Cuando esas dos cosas encajan, todo parece inevitable.
En tu música parece haber una reivindicación clara de que el pop no tiene por qué elegir entre intelecto y abandono, entre historia y hedonismo. ¿Es “Cerulean” una especie de manifiesto en ese sentido?
Mi evolución como compositor ha consistido, en gran medida, en acumular intelecto… y luego abandonarlo. Estudié dos carreras de composición clásica, sumergiéndome en música muy compleja desde un punto de vista teórico. Al terminar la segunda, recuerdo pensar: “¿Qué me ha pasado?”. Creo que atravesé ese proceso típico de incompetencia consciente, competencia consciente y, finalmente, competencia inconsciente. El objetivo siempre fue llegar a un punto en el que pudiera soltar el control. Abandoné deliberadamente el enfoque intelectual y me centré en lo visceral: en lo que quería escuchar, en lo que me emocionaba. La paradoja es que la técnica adquirida durante mis estudios hizo posible ese abandono. Muchas veces no sé en qué tonalidad está una canción. Luego la analizamos y resulta que la melodía pasa por las doce notas en el primer verso, o que se mueve entre varias tonalidades. Eso ocurre de forma natural, porque no estoy pensando en ello. Para mí, esa es una forma mucho más honesta de escribir música. Parece abandono, pero está sostenido por la experiencia. A estas alturas, el abandono total ya no es posible, el conocimiento sigue ahí, pero ya no es lo que guía mis decisiones.
En canciones como “Te Re Re” o “Laa”, la voz funciona más como instrumento que como vehículo narrativo. En el eurodance y el trance, las sílabas suelen importar más que las palabras. ¿Es algo que estudias conscientemente o que se ha integrado en tu intuición con el tiempo?
Ambas cosas. Siempre me ha fascinado la música en la que no entiendes lo que se dice, o directamente no se dice nada. Los pasajes sin letra son algunos de mis momentos favoritos. En casi todas mis colaboraciones intento empujar a los artistas hacia ese territorio. Hay una sencillez en el canto silábico que me parece muy poderosa. “Laa” suena como una letra antes de la letra, como un lenguaje que todavía no ha terminado de formarse. Mi hija canta en esa canción, y eso fue totalmente intencional. Ver a mis hijos descubrir la música ha sido una de las experiencias más profundas de mi vida. Ver cómo alguien pasa de no saber qué es la música a reconocerla es como presenciar el despertar de un nuevo sentido. Con la pequeña, grabé notas de voz mientras jugaba con el sonido, mirando la forma de onda en el móvil y diciendo: “Es música”. Ese momento me pareció precioso. Hay algo casi devocional en ese estado, en estar tan cerca del inicio de la percepción.
Algunas partes de “Cerulean” tienen un tono casi devocional. ¿Dirías que es un disco espiritual?
En cierto modo, sí. Creo que hace algo parecido a lo que siempre ha hecho la música espiritual. Palabras como trascendencia o escapismo aparecen mucho, y es verdad que es algo que busco. La sensación que más me gusta en la música es la de salir de mí mismo… y luego volver. Esa pérdida momentánea del yo, seguida de un regreso, es muy poderosa. La música puede provocar eso como pocas cosas.
El sello PC Music fue percibido a menudo como irónico o hiperreal. En “Cerulean”, en cambio, la sinceridad parece central. ¿Crees que se malinterpretó lo que hacías hace diez años?
No diría que se malinterpretó; cada cual interpreta lo que quiere. Pero mis intenciones siempre han sido sinceras. Siempre he intentado hacer música que me guste de verdad. Creo que PC Music apareció en un contexto cultural muy marcado por la ironía, y eso quizá hizo que algunas personas se resistieran a dejarse llevar emocionalmente. Me alegra poder situar ahora mi música en un contexto en el que la gente confía en que lo que hago es honesto, que nace del amor por el sonido y por la experiencia emocional.
Has dicho que quieres hacer tu música favorita. Suena sencillo, pero en realidad es bastante radical. ¿Ha sido difícil mantenerte fiel a ese instinto a medida que crecía la expectativa en torno a tu nombre?
La verdad es que ha sido muy fácil, porque es la única forma que conozco de trabajar. Eso sí: mis estándares son muy altos y eso hace que el proceso sea doloroso. A menudo escribo canciones que son muy buenas, que podrían publicarse perfectamente, pero sé que no son algo que me conmovería de verdad si las escuchara por primera vez. Esa es una de las partes más duras de ser artista: dedicar semanas o meses a algo que casi llega, pero no termina de hacerlo. Pero ese listón interno es lo único en lo que confío.
Has participado en grandes discos de pop mientras construías silenciosamente tu propio universo. ¿Trabajar dentro del pop mainstream ha afinado tu visión personal o has tenido que protegerla?
Simplemente adopto una mentalidad distinta. Cuando trabajas en el proyecto de otra persona, tu función es contribuir a su visión. Lo único que puedo ofrecer, siempre, es lo que yo considero bueno de verdad. No soy bueno escribiendo música pensando en lo que le gustará a otros. Cada vez que lo he intentado, ha salido mal. Aprendí eso tras algunos viajes bastante infructuosos a Los Ángeles al principio de mi carrera. La única forma que tengo de conectar con la gente es gustándome a mí mismo lo que hago. Entiendo bien cómo funciona la industria del pop, y la respeto. Me interesa mucho el diseño industrial, la producción en masa, la música hecha bajo condiciones duras. Pero mi aportación solo puede venir desde la sinceridad. Si un artista conecta con eso, trabajamos juntos. Si no, no pasa nada. Esa claridad ha sido muy liberadora. ∎