El clímax confesional de
Kanye West es un brindis sarcástico
“por los imbéciles” que expone, sin filtros ni redención, la complejidad de su ego. La canción, de más de nueve minutos, arranca con un teclado simple y solitario que evoca tanto lamento como ironía. Kanye no intenta disculparse del todo; más bien se desnuda emocionalmente mientras reconoce su toxicidad, su orgullo y su incapacidad de sostener relaciones. Pusha T lo acompaña con un verso frío que contrasta con la autocrítica de Kanye. Pero es el
outro –cuatro minutos de voz distorsionada con Auto-Tune, casi incomprensibles– lo que transforma el tema en arte abstracto: dolor traducido en sonido, en un punto similar a las diatribas públicas a las que Kanye nos tiene acostumbrados.
“Runaway” –se publicó como segundo sencillo de
“My Beautiful Dark Twisted Fantasy” a principios de octubre de 2010, dio título a un
cortometraje homónimo dirigido por el propio West y solo alcanzó el puesto doce en la lista estadounidense de singles, aunque ha certificado más de cinco millones de copias despachadas– sigue siendo uno de los momentos más vulnerables e influyentes del hip hop, fusionando minimalismo, maximalismo y una brutal honestidad. Es el retrato de un artista en ruinas, consciente de su caída y, aun así, dispuesto a celebrarla.