En los últimos tiempos, la guitarra de la hiperproductiva
Wendy Eisenberg dialogó con la de titanes como Bill Orcutt en su
cuarteto de totalismo cacofónico o David Grubbs y Kramer en
el trío de ambient experimental Squanderers. También conectó con los servidores de
vanguardia jazz del saxofonista Jon Irabagon y capitaneó
el excelente tercer disco de Editrix, su grupo de noise rock angular. Son los múltiples y variados colores de una artista que, a lo largo de muchos otros álbumes en solitario, ha abogado consistentemente por la creatividad elástica, demostrando su firme desinterés por las fronteras estilísticas y alternando entre improvisaciones y pop inusual.
La cuestión es que sus trabajos de estudio suelen ser impredecibles: todo indica, sin embargo, que en su próximo álbum –el homónimo
“Wendy Eisenberg”, que saldrá el 3 de abril en Joyful Noise– asumirá con plenitud el epíteto de “cantautora”. Ya había mirado hacia esa dirección en obras anteriores de marcado o relativo espíritu folk como
“Dehiscence” (2020) o
“Bent Ring” (2021). Pero según ha explicado ella misma, este nuevo disco es algo distinto, porque denota un cambio importante de perspectiva musical-existencial, vinculado a una
“experiencia rara, medio mística”, a partir de la cual su voz se ha vuelto
“un poco más espaciosa”. Dice que ha decidido dejar de intentar sacarle sonidos a la guitarra y simplemente abrazar
“la extrañeza inherente a los lenguajes que ha hablado este último siglo y medio”. Más allá de algunos referentes claros –Michael Hurley, Judee Sill o Joanna Newsom, entre otros– que ha admitido, su descripción resulta deliciosamente abstracta: ¿llegó el momento de enterrar definitivamente la exploración y el ruido para arrodillarse ante la pura
canción?
Para anticipar qué se trae entre manos, hace un par de meses ya nos avanzó la serena y bastante convencional
“Will You Dare”, cuyo
twang guitarrero mostraba cierta reverencia a las raíces norteamericanas. En la muy diferente “Meaning Business”, recién estrenada, confluyen tradiciones musicales, con unas cuerdas que flirtean levemente con el lenguaje country de esa primera pista pero que acaban, en última instancia, zambulléndose con decisión en el barroquismo pop sesentero. Por un lado, contamos con una benigna sección rítmica a cargo de dos experimentadores veteranos como el batería Ryan Sawyer (colaborador de John Dwyer o Nate Wooley) y el bajista Trevor Dunn (cofundador de Mr. Bungle y Fantômas, miembro del universo Tzadik/John Zorn). Por otro, destacan el rasgueo bruto y la melódica voz duplicada de Eisenberg: elementos que conducen una composición en apariencia terrenal y accesible que, no obstante, también nos invita a la ensoñación. Quizá sea la elegante gestión de capas, quizá sea el fragmentado y melancólico contenido lírico o quizá sea la fuente de inspiración del tema:
la obra incatalogable de David Lynch. En palabras de la propia artista,
“el mundo de ‘Twin Peaks’ en particular es especialmente importante para mí y para tanta otra gente que ha sufrido acosos sexuales”. Explica que recuperarse de ese trauma
“es un proceso alucinatorio y psicodélico, porque no te queda otra que lidiar con terror verdadero”. Esta canción funciona cual exorcismo, como forma de
“emanciparse de esa memoria en la que estaba encerrada”. Musicalmente, la pista no es tan inquietante como sugieren sus premisas conceptuales, aunque su calidez tampoco es absoluta. Sin recurrir a un surrealismo explícito, deja entrever un tumultuoso gesto de purga orientado a cerrar una persistente herida emocional. ∎