Hay canciones que entran en escena abriendo una puerta, pero “House Of I” la revienta. The Afghan Whigs regresan sin ceremonia y sin ganas de parecer jóvenes, que es una de las formas más dignas de seguir sonando peligrosos. Todo en el tema trabaja para tensar el cuerpo: batería seca, guitarra con filo, bajo avanzando como una sombra espesa y Greg Dulli al frente empujando cada frase hacia una zona de deseo mal ventilado, con esos coros tan stonianos tras cada estribillo.
Lo mejor es que la canción del grupo estadounidense –la primera de cosecha propia desde “See And Don’t See” (2022); el pasado diciembre publicaron versiones de “Fake Like” (Poliça) y “Downtown” (Sleigh Bells)– no confunde músculo con volumen. Suena compacta, sucia, afilada, pero también muy consciente de sí misma. No hay barroquismo ni pose de gran regreso: hay oficio, instinto y una mala leche elegantísima. Dulli sigue dominando ese registro suyo de depredador nocturno, de soulman herido que aprendió hace tiempo que la sensualidad también puede enseñar los dientes. Y la banda, detrás, levanta una arquitectura de electricidad y humo donde cada golpe parece medido para que la combustión no estalle del todo, sino que se mantenga ardiendo.
En apenas unos minutos, “House Of I” concentra varias de las virtudes históricas del grupo: nervio rock, hondura soul, un punto de decadencia hermosa y esa forma tan suya de convertir la fricción en lenguaje. No hay aquí nostalgia, sino memoria muscular. “House Of I” no intenta demostrar que The Afghan Whigs siguen vivos: lo da por hecho. Y por eso funciona. Porque cuando una banda conoce tan bien su oscuridad, ya no necesita sobreactuar. Le basta con abrir la herida y dejar que la canción haga el resto. ∎