“Barcelona pierde estos días uno de sus locales más emblemáticos”, escribía en 2021 el periodista Andreu Barnils en el digital en catalán ‘Vilaweb’ y recuperaba días atrás en una pieza en el mismo diario Joan Sanfont. “El carismático restaurante Can Lluís, fundado en 1929, en la calle de la Cera, lleva largos meses cerrado, y Ferran Rodríguez y Júlia Ferrer, los propietarios del negocio, han sido desahuciados, con la cerradura de la puerta cambiada, inundaciones y robos, sin poder entrar a recoger las neveras y otros materiales. Desahuciados el pasado mes de mayo a petición de la propiedad, el fondo de inversión israelí Real Estate Investors 360, y por orden del juez de primera instancia número 53 de Barcelona, Joan Marsal Guillamet, que, por increíble que parezca, ejecutó un desahucio por edicto, alegando que el fondo de inversión no podía localizar a Júlia y Ferran… a pesar de que llevaban meses hablando con ellos”.
Lluís Rodríguez y Elisa Vilaplana abrieron Can Lluís, como nos recordaba Barnils, el año 1929 en el número 49 de la calle en la que décadas después, con Peret dándole al ventilador, nació la rumba catalana, en pleno corazón del Chino, el barrio que desde la Barcelona posolímpica se conoce como Raval. Símbolo de la cocina tradicional catalana, su historia es pura historia de la ciudad: el 26 de enero de 1946 explosionó una bomba cuando un par de anarquistas y ladrones de banco intentaban huir de la policía franquista. En la deflagración murieron el fundador del local y su hijo Ferran. Dando muestra de la popularidad del local, dicen las crónicas de la época que el entierro de los Rodríguez fue multitudinario. La regencia del restaurante pasó a manos del hijo pequeño, también Ferran Rodríguez, junto a su mujer Júlia Ferrer, convirtiéndose en el punto de encuentro de la escena cultural e intelectual de la Ciudad Condal. Clientes habituales eran Terenci Moix, Maruja Torres, Juan Marsé, Ovidi Montllor, el mismo Peret o Manuel Vázquez Montalbán, cuyo personaje más ilustre, Pepe Carvalho, a menudo hacía “parada i fonda” en Can Lluís.
Ferran y Júlia estuvieron medio siglo preparando algunos de las mejores galtes, capipotes, peus de porc y resto de incunables del recetario catalán. Hubieran seguido algunos años más de no haber sido por aquel fondo buitre que adquirió la finca y les subió el alquiler hasta ahogarlos, y de aquel juez que, por increíble que parezca, ejecutó el desahucio por edicto, sin tan siquiera permitirles poder entrar a recoger las neveras. Cinco años después, la entrañable pareja de restauradores barceloneses ha vivido su dulce venganza con “Ravalear” (2026-). Estrenada el pasado viernes, esta serie de HBO Max ha sido creada por Pol Rodríguez, cineasta al que descubrimos hace un par de años formando tándem con Isaki Lacuesta en la dirección del particular biopic de Los Planetas, “Segundo premio”, además de ser, también, y muy especialmente, hijo de Júlia y Ferran. Una revancha que es suya y sobre todo suya, pero que también es nuestra. Los que nos hemos tenido que ir de la Barcelona gentrificada, la de los expats currando con el portátil desde cafés de especialidad a cinco pavos el fat white –¿qué mierdas es un fat white?– y los especuladores inmobiliarios que están echando a sus vecinas y vecinos de nuestros barrios. Una vendetta que es suya y principalmente suya pero también es nuestra, de los barceloneses y las barcelonesas, y es vuestra porque, desgraciadamente, capullos sin escrúpulos desahuciando a familias los hay en todas las ciudades de nuestro país.
“Ravalear” te conquista por su historia. La historia de Can Lluís –aquí rebautizado como Can Mosques, que era el nombre que tenía el establecimiento antes de que pasara a manos de los Rodríguez en 1926– antes de que la hayas visto. Te noquea cuando has acabado de ver sus seis capítulos. Y luego ese final, agridulce, en el que parece que se ha ganado la batalla pero no. Y no es espóiler porque, como somos mayorcitos, ya sabemos que la banca siempre hace trampas para salirse con la suya.
Una de las mejores series españolas del año, en una temporada en la que nuestros creadores se están pasando la pantalla. Rodríguez factura una producción –rodada en catalán, pero en la que, como en las calles del barrio más multicultural de la ciudad, se hablan y oyen variedad de idiomas– que se mueve entre el falso documental con escenas casi robadas de la cotidianidad en las callejuelas del Raval, el thriller con alguna que otra persecución digna de la saga “Misión: Imposible” y el drama: esa secuencia maravillosa del capítulo cuatro, dentro del restaurante, en la que los miembros de la familia, buscando soluciones de futuro para el restaurante, terminan reprochándose su pasado.
Realización excelente amplificada por los subtextos: objetos simbólicos (como la foto de la vecina de toda la vida de la finca en la que se encuentra el restaurante a la que encuentran muerta), la iluminación (con ese filtro marrón casi omnipresente que dota de angustia a la imagen) y la música, obra de Eloi Caballé, cincuenta por ciento de Desert, proyecto de dream pop y electrónica con trabajos tan recomendables como “Caos sota el cel” (2022), que en los últimos años ha destacado como compositor de bandas sonoras. Suya es la música de producciones como “Crims”, “La luz en la oscuridad”, “Tor”, “Match Day” o “Casa Negra”. En “Ravalear” Caballé firma una partitura que, recordando a propuestas como la de los franceses The Blaze, añade tensión y nervio al relato.
Y luego está el reparto formado no solo por algunos de los mejores actores y actrices de la escena interpretativa catalana. Todos ellos –Maria Rodríguez Soto, Francesc Orella, Lluïsa Castell, Quim Ávila, Alba Guilera, Marc Martínez, un Sergi López genial en su rol del personaje al que escupirías a la cara– brillan sobremanera en su cometido. Junto a estos, apunten nombres revelación: Noor-Ul-Huda, Mohamed Ben Moula y muy, muy, muy especialmente Enric Auquer, que, supongo que motivado por su implicación en los movimientos de defensa por la vivienda digna, está sencillamente sublime. Si no es su mejor papel, poco le falta. Un héroe que emprende un viaje con decisiones más que cuestionables, pero al que acompañarías a las barricadas de la lucha social. Barcelona será siempre nuestra. ∎