Dolly Parton, mucho más que apariencias. Foto: Richard E. Aaron (Getty Images)
Dolly Parton, mucho más que apariencias. Foto: Richard E. Aaron (Getty Images)

Fuera de Juego

Dolly Parton: Hello, I’m Dolly!

El pasado 25 de agosto falleció a los 80 años la gran Dolly Parton, una artista que fue mucho más que la reina del country, título que quizá compartió con Loretta Lynn y Patsy Cline, o, según los gustos, con Emmylou Harris y Tammy Wynette. Pero Parton las superó a todas en versatilidad, talento, sentido del humor, compromiso y creatividad. Fue responsable de un cancionero memorable, respetada e imitada por legiones de cantantes de todos los géneros, reconocida y admirada por prácticamente todos sus conciudadanos, más allá de razas, ideologías o gustos musicales.

Le gustaba parapetarse detrás de una falsa imagen de chica superficial, la divertida y modosita rubia platino, peluca y cardado de peluquería, uñas acrílicas lacadas en rosa, lentejuelas, pendientes, collares y tacones de aspecto chabacano, curvas pronunciadas y exageradas, al estilo de aquella prostituta de su pueblo que la fascinó en su infancia, una estampa que ella convirtió en arquetipo de las familias medias norteamericanas de la época. Dolly Parton (1946-2026) sabía transformar toda su aparente vulgaridad en el sueño de una mujer que te deslumbraba con su sonrisa y te atrapaba con su inteligencia. El mal gusto podía ser hermoso.

Dolly fue una artista insobornable y auténtica, un ejemplar único imposible de catalogar, por más que muchos se empeñaran en hacerlo a lo largo de su carrera. También, además de actriz y presentadora de su propio programa de televisión, fue una incansable luchadora por los derechos de los más desfavorecidos, viniendo como venía de una infancia de extrema pobreza, arraigada en las profundidades del llamado Cinturón Bíblico, en la región de los montes Apalaches que cruza el estado de Tennessee, cuna del bluegrass, el góspel blanco y otras músicas de raíz. Cuna también de la ol’ time religion, esa malsana religión evangélica sureña que justificaba el fanatismo, la segregación racial y el odio, reflejada en películas como “La noche del cazador” (Charles Laughton, 1955), “El fuego y la palabra” (Richard Brooks, 1960), “Sangre sabia” (John Huston, 1979) o “Arde Mississippi” (Alan Parker, 1988). Dolly Parton, nieta de un pastor pentecostal, se enfrentó abiertamente con esa religión vengativa y cruel, afirmando al mismo tiempo su fe en un Dios misericordioso que acoge a los borrachos, las prostitutas, los pecadores y los olvidados de este mundo: “Rezo para que Dios me permita brillar con su luz. Y para que me permita ser una bendición y que la gente no me idolatre, porque no me gusta eso de los ídolos. Si ven una luz en mí, quiero que piensen que es la luz de Dios. Y aunque no llegue al cielo, si puedo ayudar a alguien a tomar un camino mejor, eso me hace feliz”.

En 1976, en su década de esplendor. Foto: David Redfern (Getty Images)
En 1976, en su década de esplendor. Foto: David Redfern (Getty Images)

En cierta ocasión, le preguntaron qué se sentía ganando tanto dinero con la música, y ella, genio y figura, respondió entre risas que le venía muy bien, entre otras cosas, porque le salía muy caro mantener esa característica imagen suya tan ordinaria. Desde muy pequeña supo que siempre iría con la verdad por delante, pobre pero honrada, que diría un castizo, y nunca tuvo que venderse o traicionarse para que su persona, sus opiniones y sus canciones llegaran a todo el mundo. Recuerda en ese sentido a Charlie Chaplin, otro gran artista universal surgido de la pobreza más absoluta. Dolly mantuvo su integridad hasta el final, cuando se enfrentó al presidente Trump, que presumía de ser apreciado y votado por las capas más humildes e incultas de la sociedad norteamericana, y le respondió que, en lugar de jactarse de semejante desgracia, se dedicara a invertir en la compra de libros para que esas personas tuvieran la oportunidad de acceder a la educación y la cultura. Ella lo hizo con las numerosas iniciativas filantrópicas en que se embarcó, desde la fundación Dollywood hasta la Dolly Parton’s Imagination Library, y con sus generosas donaciones para la construcción y equipación de hospitales en el estado de Tennessee, entre ellos el Dolly Parton Children’s Hospital, de Knoxville.

Dolly, niña, en los años cincuenta. Foto: Michael Ochs Archives (Getty Images)
Dolly, niña, en los años cincuenta. Foto: Michael Ochs Archives (Getty Images)

Dolly Rebecca Parton nació el 19 de enero de 1946 en una cabaña miserable de una aldea de Tennessee llamada Pitman Center, cerca del río Little Pigeon, en la región de las Smoky Mountains, estribaciones de la cordillera de los Apalaches. Fue la cuarta de los doce hijos de un padre, aparcero analfabeto, dueño de una inteligencia natural que ella siempre admiró, y de una madre marcada por las enfermedades, que le inculcó el amor por la música y un día confeccionó para ella un abriguito hecho de retales de distintos colores, como si fuera la túnica que le regaló Jacob a José en el Génesis. Aquel abrigo provocó las burlas de los otros niños de la escuela rural y, años después, inspiraría una de sus grandes canciones, “Coat Of Many Colors”.

Consciente de su talento, se marchó muy jovencita a Nashville, grabó el single “Puppy Love” a los 13 años, conoció a Johnny Cash en el Grand Ole Opry, se ganó la vida coescribiendo con su tío Bill Owens canciones para artistas como Bill Phillips o Skeeter Davis y fichó en 1965 por el sello Monument Records, que quiso convertirla en una estrella adolescente. Las canciones que interpretó desde 1964 hasta mediados de 1966 reflejan ese estilo. Dolly siempre sostuvo que no le gustaba mucho esa línea artística, aunque grabó un puñado de piezas fascinantes, deudoras del country, el góspel e incluso el rhythm’n’blues, como ese single casi olvidado, puro llenapistas en los cenáculos del northern soul, titulado “Don’t Drop Out”, donde exhortaba a los más jóvenes a no dejar los estudios. Finalmente, la Dolly Parton que hoy conocemos empezó a surgir con la paródica “Dumb Blonde”, la rubia tonta, producida por Fred Foster, que llegó al número 24 en las listas de country.

En 1967 respondió a la invitación de Porter Wagoner para unirse a su espectáculo televisivo y grabar discos con él. Wagoner, además, le consiguió a Dolly su primer contrato importante, con la discográfica RCA, donde debutó con el single “Just Because I’m A Woman” (1968) y donde cimentó su éxito con canciones y álbumes tan celebrados como la citada “Coat Of Many Colors” (1971), “Jolene” (1973) o esa balada desgarradora titulada “I Will Always Love You” (1974), que le dedicó a Porter Wagoner cuando decidió independizarse de él y continuar su propio camino; una composición que muchos supieron que era suya cuando conoció una reveladora segunda juventud en 1992, en la garganta sublime de la malograda Whitney Houston (1963-2012), que la llevó hasta el número 1 de las listas como el tema central de la película “El guardaespaldas” (Mick Jackson, 1992), coprotagonizada por Houston y por Kevin Costner.

Dolly Parton y Porter Wagoner, en 1967. Foto: Michael Ochs Archives (Getty Images)
Dolly Parton y Porter Wagoner, en 1967. Foto: Michael Ochs Archives (Getty Images)

A mediados de los años setenta, Dolly Parton ya era la gran artista femenina del country, capaz de cruzar todos los estilos y géneros hasta erigirse en una de las grandes divas del pop, como había hecho, por ejemplo, Ray Charles desde la trinchera del rhythm’n’ blues. Grabó y produjo discos maravillosos, y protagonizó películas de éxito: “Cómo eliminar a tu jefe” (Colin Higgins, 1980), donde se merendaba literalmente a sus dos compañeras de reparto, Lily Tomlin y Jane Fonda. Además, compuso el tema principal del filme y lo incluyó en uno de sus mejores álbumes, “9 To 5 And Odd Jobs” (RCA, 1980), en cuya reedición digital se añadía una versión del clásico de Sly & The Family Stone “Everyday People”. Por cierto, en el quinto episodio de su espectáculo televisivo “Dolly” (1987), interpretó este tema de Sly Stone en un divertido dueto con Jim Henson doblando a la rana Gustavo de los Teleñecos. La reina del country nunca dejó de reírse de sí misma, en el mejor sentido de la palabra, con la perspicacia y clarividencia de quien se sabe ajena a las componendas de la industria del espectáculo, capaz de dirigir su propio destino artístico con humildad, pero también con la seguridad que da el trabajo bien hecho.

Dolly Parton afrontó la última década del siglo XX y las dos primeras del XXI dejando muestras de una espléndida madurez, con discos sensacionales, de título revelador, como “Hungry Again” (Decca, 1998), siempre hambrienta de nuevas emociones artísticas, de escapar al modelo acuñado en los cenáculos de Nashville y en el Cinturón Bíblico, una mujer y una compositora y cantante de carácter, capaz de saltarse las reglas y aventurarse en territorios vedados, allí donde se entrecruzan todas las músicas ancladas en su tierra natal, los espirituales, el hillbilly honky tonk, el country de las montañas. Como afirmaba en “Honky Tonk Songs”, una de las piezas más gloriosas de ese álbum valiente y rompedor: “¿Por qué no hay más mujeres que canten música honky tonk?”. ¿Es que la fe en un Dios misericordioso que ella siempre profesó le impedía enfangarse con la música de los tugurios y los bares de carretera? ¿Jerry Lee Lewis y Johnny Cash sí y ella no?

Dolly, siglo XXI. Foto: Paul Harris (Getty Images)
Dolly, siglo XXI. Foto: Paul Harris (Getty Images)

El 30 de mayo de 1966, se casó con su paisano Carl Thomas Dean, un discreto empleado de banca que luego dirigió su propia empresa de asfaltado y pavimentación. No tuvieron hijos, debido a la endometriosis que padeció desde joven, por la que tuvo que someterse a una histerectomía en 1984. En 2023 publicó en su sello Butterfly Records el doble álbum “Rockstar”, una irregular sucesión de duetos con amigos y admiradores como Elton John, Sting, Paul McCartney, Ringo Starr, Emmylou Harris, Kid Rock, John Fogerty, Stevie Nicks y su ahijada Miley Cyrus, entre otros. Ninguno de estos duetos emociona tanto como los que la emparentaron con Solomon Burke –“Tomorrow Is Forever”, del LP “Nashville” (2006)– o Patti LaBelle (“Up Above My Head”, en directo, del cuarto episodio de la serie “Dolly”); también con Queen Latifah –“Not Enough”, de la película “Las chicas del coro” (Todd Graff, 2012)– o Beyoncé: “TYRANT”, del LP “COWBOY CARTER” (2024), donde Beyoncé cantaba en solitario “Jolene”.

Dolly Parton murió el 21 de agosto de 2026, con 80 años, en el Vanderbilt-Ingram Cancer Center de Nashville, “tras una breve batalla contra el cáncer”, según anunció su familia. Desde entonces y hasta el 1 de septiembre, todas las banderas estadounidenses han ondeado a media asta en su memoria. ∎

Tres postales de Dollywood

“Just Because I’m A Woman”
(RCA, 1968)

Resulta casi imposible destacar solo tres álbumes de una artista que publicó cerca de sesenta –contando los discos en directo– y escribió más de tres mil canciones a lo largo de su vida. Este es uno de los imprescindibles, el primero que grabó para RCA, después de su poco conocida pero muy interesante estancia en el sello Monument. En 1968, cuando no se utilizaban palabras ya desgastadas por el abuso como “visibilizar” o “empoderamiento”, Dolly Parton hizo bandera de la causa feminista en el tema “Just Because I’m A Woman”, reclamando para las mujeres el derecho a ser tratadas y juzgadas con el mismo criterio que a los hombres. El repertorio incluye la sobrecogedora “The Bridge”, una gema a la altura de piezas impagables como “Jolene” o “I Will Always Love You”.

“My Tennessee Mountain Home”
(RCA, 1973)

Probablemente, el álbum más personal y autobiográfico de una artista que jamás renunció a sus señas de identidad y sus raíces, firmemente ancladas en el corazón de la América profunda, allí donde se confunden el dolor y la miseria de la población negra con los de la llamada basura blanca. Hermosa y nada complaciente mirada retrospectiva a un pasado agridulce, resumido en once composiciones propias, un pasado que arranca en el momento en que abandona su ciudad natal para probar suerte en Nashville y concluye con los días en que se erigió como la reina del country, con citas a Chet Atkins en “Down On Music Row” y canciones ásperas y desoladas como “In The Good Old Days (When Times Were Bad)”. Seguro que Swamp Dogg tiene este disco en un altarcito personal.

“Little Sparrow”
(Sugar Hill, 2001)

Al menos cabrían en esta selección media docena más de álbumes sobresalientes: “Coat Of Many Colors” (RCA, 1971), “Jolene” (RCA, 1974), “New Harvest… First Gathering” (RCA, 1977), “9 To 5 And Odd Jobs” (RCA, 1980), “Hungry Again” (Decca, 1998) y “The Grass Is Blue” (Sugar Hill, 1999). Si en “Hungry Again”, Dolly le daba al góspel y al honky tonk como el Jerry Lee Lewis de la etapa Mercury, en el deslumbrante “Little Sparrow”, segundo de los tres grandes álbumes que grabó en Sugar Hill, recrea clásicos añejos en clave de bluegrass y folk de los Apalaches, la música con la que creció. También revisa a Cole Porter en clave vaquera –“I Get A Kick Out Of You”– e interpreta magistralmente el tema “Shine”, del quinteto de Georgia Collective Soul. ∎

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