Clip / Back (2012)

The Shoes

Time To DanceDaniel Wolfe

Hubo un tiempo, algo lejano, en que la palabra hípster se pronunciaba hasta la saciedad, amplificada por los repetidores de influencia cultural que llegaban desde Hackney o Williamsburg. Fue también la época en que empezó a propagarse el MDMA como la droga recreativa de esos ambientes. Coincidió, además, con un período en el que algunos realizadores británicos sentaban cátedra en el arte del videoclip, empeñados en demostrar que el formato era capaz de asimilar los contornos narrativos y estéticos propios del cine. En una de las ocasiones más recordadas, ese enlace se propició además con la participación de un Jake Gyllenhaal en el apogeo de su carrera actoral.

Ha llovido desde entonces, casi tres lustros, pero “Time To Dance” de The Shoes mantiene intacto todo su poder magnético, así como ese halo perturbador que a muchos nos dejó turbados en 2012. El trabajo de Daniel Wolfe permanece férreo frente a los estragos del tiempo y aún suma un interés inesperado al descubrir cameos estelares de figuras que por aquel entonces, durante su filmación por interiores y exteriores londinenses, eran simplemente desconocidos. Es el caso del actor (ahora pareja de Dua Lipa) Callum Turner, quien aparece en la primera secuencia, así como el de FKA twigs en los fotogramas del último tercio, donde sus bailes sediciosos parecen reflejar el estado mental del protagonista. Aparece acreditada con su nombre real, Tahliah Barnett, antes de publicar su primer EP e iniciar su fulgurante carrera como cantante y música.

Constatado el inventario de anécdotas que propicia su revisión tantos años después, “Time To Dance” sigue siendo un regocijo para el aficionado al audiovisual y a los relatos de asesinos en serie a lo largo de casi nueve minutos que nunca desfallecen en ritmo. Su capacidad de abducción entra en escena con esa memorable primera secuencia, donde tres jóvenes mojando el dedo terminan encerrados en un after slasher de resonancias hanekianas cuando el personaje de Jake Gyllenhaal regresa vestido de esgrimista y decide degollar a la pareja que, segundos antes, flirteaba delante de cámara. Tras ese impactante arranque, este trabajo con extensión y look de cortometraje se lanza al seguimiento de la espiral de violencia del psicópata, una revisión hípster de Patrick Bateman –el protagonista de “American Psycho” (Bret Easton Ellis, 1991)– por los ambientes modernos de Dalston, que es donde acude para cazar a sus víctimas.

Sin embargo, es su cinematográfico embalaje lo que realza la pieza tanto tiempo después y le permite seguir disputando su hueco en la historia del medio. Wolfe –influido por los maestros del mal rollo y la sordidez: el Haneke de “Funny Games” (1997), el Aronofsky de “Réquiem por un sueño” (2000), el Gaspar Noé de “Irreversible” (2002), el Antonio Campos de “Simon Killer” (2012)– edificó un andamiaje con claro gusto por la textura rugosa –una fotografía muy granulada–, por los ambientes acres y opresivos y por unos zum dramáticos que potenciaban el circuito mental –y, con él, el terror generalizado– de un protagonista que adquiría aura icónica gracias al ejemplar desempeño del actor, que poco después se desdoblaría en “Enemy” (Denis Villeneuve, 2013). En su discurrir dramático, la pieza se valía con astucia de los propios recovecos que ofrecía la música del dúo francés. Ese eufórico y frenético ritmo de baile se sostenía como un contrapunto a la actividad delictiva del personaje, al que sigue una cámara principalmente al hombro y siempre sugestiva. Pero también los silencios y esos inquietantes intervalos –como el paso por la barbería y el gimnasio, o las gaviotas sobrevolando al protagonista en un espacio gélido y abierto– añadían capas de dramatismo y contribuían al dibujo terrorífico de su elemento central.

“Time To Dance” fue modelo a seguir, tuvo réplicas en nuestro país –quien esto escribe codirigió un clip para Lasers bajo su influjo– y convirtió a su director en uno de los grandes adalides del videoclip de aquella época, con una obra que, pese al paso del tiempo, sigue siendo relevante, tanto en fondo como en forma. ∎

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