Película

Águilas de El Cairo

Tarik Saleh

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“El Cairo confidencial” (2017), primera entrega –no tengo muy claro si asumida como tal– de la trilogía que el director sueco de origen egipcio Tarik Saleh ha dedicado a la capital egipcia convertida en representación de todo lo enviciado e insano que anida en los estamentos más poderosos del país, destacó por su atmósfera de cine negro clásico. No era estrictamente un pastiche, ni una reelaboración manierista de un género tan popular como el film noir hollywoodense de los años cuarenta. Asumía en cierto modo la estética de luces y sombras, pero su filiación real con el cine negro se encontraba sobre todo en su forma de utilizar el relato policíaco de manera política, trazando el mapa de una sociedad tan ambiciosa y corrupta como lo era el protagonista, un detective de homicidios sin escrúpulos encarnado por Fares Fares.

El segundo jalón, “Conspiración en El Cairo” (2022), incidió en la misma línea sin hacer tan evidente la conexión con el género negro dadas las características de los personajes y los lugares. La primera era una película nocturna y urbana, ideal para el noir, mientras que la acción de la segunda queda ubicada en las dependencias de Al Azhar, la universidad pública de El Cairo y el faro del islam sunita en el mundo. Un espacio para las intrigas políticas y religiosas en un filme que abrazaba el estilo de los thrillers políticos, con infiltrados, creyentes, militares despiadados y los miembros conspiradores de la Hermandad Musulmana, organización que reaparece, tangencialmente, en el tercer filme.

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Fares Fares encarna en “Conspiración en El Cairo” a otro representante de la descomposición moral del país, el coronel Ibrahim, uno de los principales miembros de la seguridad del Estado. Fares es un actor sueco-libanés que se ha convertido en presencia indispensable en el cine de su compatriota por parte nórdica. En “Águilas de El Cairo” (2025; se estrena hoy) da vida a un actor (egipcio) muy famoso, la auténtica estrella del cine egipcio, el faraón de la pantalla, como lo definen en más de una ocasión. Los personajes pueden marcar los tonos de una película, incluso el género al que pertenecen. Y las características de George Fahmy, la estrella cinematográfica en cuestión, desplazan el cine negro y el thriller político hacia un drama con elementos de intriga y trasfondo, eso sí, político. La corrupción, sistémica, es aquí algo diferente. Fahmy solo quiere seguir viviendo a cuerpo de rey, ser vitoreado en los estrenos, pasar por la alfombra roja, comer en restaurantes selectos y mantener su espacioso apartamento. Considera que se lo ha ganado. Pero ser una estrella tiene sus problemas cuando el poder quiere rentabilizar esa popularidad para sus propios y nefastos intereses.

El resultado es menos original que en el primer filme de la trilogía y menos alambicado y contundente que en el segundo. Saleh suple las atmósferas y los espacios –Al Azhar daba mucho juego visual– por una galería de personajes que, en la mayoría de los casos, no están suficientemente desarrollados y permanecen siempre a la sombra de Fahmy. El filme, el relato, el plot, le pertenecen absolutamente desde el momento en que le recomiendan primero, y le obligan después, a protagonizar una película titulada “La voluntad del pueblo”, un biopic edulcorado y con exaltación legendaria del actual presidente egipcio, Abdelfatah el-Sisi, líder supremo del gobierno autoritario del país desde que comandara el golpe de Estado de julio de 2013. El presidente no sale muy bien parado en la película, al igual que quienes lo rodean, los que lo adulan y los que conspiran contra él. La trama política, innecesariamente enrevesada en algunos aspectos, aparece poco a poco entre las rendijas que ofrece la situación personal de Fahmy repleta de crisis, obstáculos y catarsis: los encontronazos iniciales con la censura, el rodaje contranatura del filme sobre el líder, el control que el poder ejerce sobre ese mismo rodaje y las constantes imposiciones e injerencias, las relaciones que mantiene con una joven aspirante actriz, con su exesposa, con el hijo de ambos y con la mujer del ministro de Defensa y las represiones que sufren actrices y cineastas que se niegan a colaborar con el sistema. La sensación es que Saleh ha querido cerrar su trilogía de El Cairo poniendo más carne de la necesaria en el asador. Le falla el contexto y le sobran figuras y situaciones que no llevan a ninguna parte. Le falta concreción, y cuando intenta lograrla en los pasajes finales ya es demasiado tarde para conferir homogeneidad a una película más clara que rugosa, escéptica y amarga. ∎

Egyptian reggae...
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