Con la estadounidense Aidan Koch (Seattle, 1988) sucede en el cómic lo mismo que ocurre en otras narrativas, como las creaciones más herméticas de David Lynch: la voluntad de ruptura no siempre es comprendida. Podríamos decir que la leyenda de Alan Moore, la que otorga un mérito enorme a una minuciosa construcción del guion, ha estrechado la manera de entender los cómics a una generación de lectores que entienden esa forma de hacer las cosas como un canon. Planificar con esmero puede ser una virtud. Pero si uno sabe valorar el método de un autor como el escritor de “Watchmen” (1986-1987), debería apreciar también las formas libérrimas de otras maneras de hacer. Se trata de entender que existen diferentes sensibilidades.
En este sentido, y como clave de lectura que nos acerca a su praxis, Aidan Koch confesaba en una entrevista: “No siento que esté intentando contar historias. No me importa si la gente no ‘pilla’ del todo lo que pasa. No me interesa mucho componer una narrativa épica. Para mí, eso le quitaría casi toda la gracia. La idea de dedicarme a algo que ya está mentalmente terminado, que básicamente estoy transcribiendo… me parece muy tediosa” (entrevista con Sean T. Collins en ‘The Comics Journal’, 2012). Del mismo modo que existen discos pop-rock en los que la estructura melódica se desdibuja para poner el acento en timbres y variaciones rítmicas (como los trabajos de Still House Plants o los de caroline), hay narrativas donde lo argumental es solo una parte –no siempre central– de un todo mayor. Los libros de Koch se mueven en este terreno, véase “La espiral” (2020, Ediciones Valientes-AIA), y en “Cosechadora” (2026, publicada en España en estreno mundial por AIA) refina esta forma de hacer para desarrollar un relato mínimo, desdibujado casi hasta lo inaprensible.
Sin embargo, esta artista plástica de sólida trayectoria, que no hace ascos –más bien al contrario– al noveno arte, dista mucho de ser abstracta, de desprenderse de lo argumental. Así que no alinearemos su último cómic con las obras más radicales del extremeño Roberto Massó o las del francés Nicolas Nadé. Los paralelismos se encuentran, en todo caso, con equilibristas entre el contar y el borrar contornos, como el japonés Yuichi Yokoyama o las apuestas más libres de la gallega Begoña García-Alén.
Podemos definir “Cosechadora” como la plasmación de una pulsión ecologista, o como un relato de tintes sci-fi, con las hormigas como icono posapocalíptico. O podemos elaborar una interpretación muy distinta de lo que se cuenta... Lo sustancial es observar cómo a través de sus cuatro capítulos formas, colores, gamas cromáticas y rimas visuales componen, a lo largo de la lectura, un tapiz de significante que acaba tornándose significado. Hay palabra también, traducida con síntesis y concreción por el gallego Andrés Magán, otro autor de cómics al que alinear en el ámbito de lo sugerente, además de motor de combustión de la renacida banda Fantasmage. Diálogos cotidianos y la aparición de un narrador final que ofrece una explicación, pero no exenta de cierto cripticismo.
La lectura supone así un apasionante viaje a través de páginas de gran belleza que apelan a un sentido sensorial del cómic como objeto que se ve, se lee y se maneja con las manos. En “Cosechadora” todo flota, pero nada es plenamente aprehensible, aunque el conjunto resulta tan irresistible como magnético. ∎