Durante mucho tiempo, el nombre de Benjamín Labatut (Róterdam, 1980) pareció surgir de la nada. Para muchos lectores, su aparición fue casi volcánica: primero el estallido de “Un verdor terrible” (Anagrama, 2020) y luego “MANIAC” (Anagrama, 2023), dos libros que irrumpieron en el panorama literario contemporáneo con una mezcla singular de ensayo, historia de la ciencia y ficción especulativa. La crítica habló de revelación, de un narrador capaz de convertir ecuaciones, físicos y matemáticos en materia literaria de alto voltaje. Pero todo volcán tiene una cámara magmática previa, un subsuelo donde la presión se acumula mucho antes de la erupción visible. En el caso de Labatut, ese subsuelo se llama “La Antártica empieza aquí” (2010; Anagrama, 2026).
Publicado originalmente en 2010 en México tras ganar el Premio Caza de Letras (un peculiar concurso literario con dinámica casi de reality), este volumen de relatos del chileno funciona hoy como una especie de proto-Labatut: el momento en que las obsesiones, tonos y nervios del autor comienzan a coagular, todavía sin la forma definitiva que adquirirán más adelante. La edición posterior revisada por el propio autor reduce el libro a seis cuentos, pero mantiene intacta la sensación de estar ante un laboratorio narrativo, un espacio donde la voz todavía experimenta con sus materiales.
El cuento que da título al libro es también su centro gravitacional. En apariencia, se trata de reconstruir la figura de un poeta enigmático, Karol Vasek. Pero pronto la narración se desdobla, se contamina, se vuelve inestable, hasta incluir la historia de un coronel, Pablo Riquelme, y la de un narrador que parece confundirse con ambos. Lo que emerge no es una biografía al uso, sino un relato donde las identidades se solapan y la cronología se descompone. Los hechos avanzan y retroceden, se contradicen, ocurren simultáneamente en distintos planos.
En “La cura de Ana”, el cuerpo se convierte en el campo de batalla de la mente: una enfermedad dermatológica adquiere dimensiones casi metafísicas. La protagonista no se limita a sufrir su condición, sino que la reconfigura, la lleva al extremo, transformando su propia corporalidad en una experiencia límite. Otros relatos exploran esa misma inestabilidad desde ángulos distintos. Está el caso de Constantino Cooper, un futbolista cuya vida en Europa se desmorona hasta llevarlo a reinventarse en los márgenes más extremos. O las historias entrelazadas de Marcos, Paula y Julieta, donde las relaciones afectivas se convierten en espacios de tensión y deriva. O el inquietante juego de espejos de “Deseo”, donde dos escritores escriben la misma historia sin saberlo, como si una fuerza invisible guiara sus actos.
No todo funciona con la misma precisión. Hay momentos en que la experimentación se vuelve excesiva, en que el ritmo se resiente o las ideas no terminan de cuajar en formas plenamente logradas. Pero incluso en esos desajustes aparece lo esencial: la evidencia de una voz propia, de una mirada que ya no puede reducirse a influencias o ejercicios de estilo.
Visto desde hoy, cuando su obra posterior ha alcanzado una resonancia global, este libro adquiere un valor particular. No como simple curiosidad, sino como mapa de intensidades iniciales, como registro de un escritor que ya intuía que la literatura no consiste en ordenar el mundo, sino en perturbarlo. En ese gesto arriesgado, a veces errático pero siempre vibrante, está el germen del Labatut que vendría después. ∎