Cómic

David B.

El señor Búho y el País de los MuertosSalamandra Graphic, 2026

La larga carrera de Pierre-François Beauchard o David B. (Nimes, 1959) está llena de títulos interesantes, pero, sin duda, aquel que marcó un hito en su trayectoria fue “La ascensión del Gran Mal” (L’Association, 1996-2003; Salamandra Graphic, 2019). Este relato implacable –pero lleno de imaginación– de la historia familiar, marcada por la epilepsia de su hermano mayor, se convirtió en uno de los cómics europeos más relevantes del cambio de siglo, así como pieza clave en la configuración de una novela gráfica internacional que traspasara las habituales barreras sociológicas del cómic tradicional, para llegar a un público más amplio. Tras una obra tan importante como aquella, siempre se corre el riesgo de quedar eclipsado, de no saber cómo seguir o si merece la pena seguir. Pero David B. no solo no se dejó superar por su criatura, sino que ni siquiera pasó por una pequeña crisis: siguió publicando de manera infatigable, aunque, eso sí, en un territorio distinto al de la memoria familiar.

Porque si por algo se ha caracterizado la carrera de David B. es por su fascinación hacia los mitos y los sueños, que en sus manos se entremezclan hasta ser una misma cosa. Su interés por las religiones antiguas, por el arte anterior al ilusionismo de la perspectiva y la representación realista que se instauraron en el Renacimiento y, en definitiva, por todo lo atávico y oculto ha marcado la mayor parte de su producción, con títulos tan notables como “El jardín armado y otras historias” (Futuropolis, 2006; Sins Entido, 2008) o “Los sucesos de la noche” (L’Association, 1999-2002; Norma, 2015).

Su obra más reciente es también una de las más extensas, y se mueve en códigos similares: “El señor Búho y el País de los Muertos” (L’Association, 2025; Salamandra Graphic, 2026; traducción de Julia C. Gómez Sáez) narra el viaje al otro mundo de Marie, una joven atemorizada de su propia sombra. Pero en el universo de David B. una expresión figurada como esa se hace real por la vía de lo gráfico: la sombra en cuestión tiene forma de tigre y muerde a su dueña. El libro es una expansión de un relato breve en el que el dibujante francés adaptaba un poema de René Daumal (1908-1944), un escritor de entreguerras interesado en lo místico y lo sobrenatural. En ese poema ya aparecían algunas de las originales reglas que hay que respetar cuando un mortal se sumerge en el mundo de los muertos: por ejemplo comer siempre a través de un pedazo de la propia sombra o dormir quitándose los ojos de las cuencas y sustituyéndolos por un par de granos de sal.

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El punto de partida se ajusta perfectamente a los intereses de un David B. que convierte este viaje en un festín gráfico que lleva a los lectores de una sorpresa a otra, presa del horror vacui que llena cada página de edificios mutantes, calles laberínticas y una muchedumbre heterogénea de fantasmas y criaturas que solo cuando Marie, acompañada del señor Búho, su psicopompo particular, se acostumbra al País de los Muertos adquieren una apariencia más humana. Este barroquismo de la acumulación es idóneo para representar la claustrofobia de la clandestinidad en la que tiene que manejarse Marie, que recuerda, de forma inintencionada por parte del autor, al París de la ocupación nazi, quizá por la ambientación y por el asedio de un guardián implacable de rotunda presencia gráfica: Cerbero, una criatura que es “uno y trino” y que registra de forma incansable las calles en busca de intrusos vivos.

La imaginación inagotable de David B. para crear seres perturbadores y encontrar soluciones gráficas innovadoras sigue intacta después de tantos años, al igual que su precisión con la plumilla y el pincel: el dibujante sigue trabajando con métodos artesanales y el disfrute gozoso que siente en el mero hecho de trazar líneas de tinta sobre el papel se contagia a la lectura. Si por algo destaca el libro es por ser una celebración del puro dibujo: ha logrado depurar una estrategia de representación de lo mítico, lo mágico o lo onírico que asume su ilógica y se despreocupa de las reglas, del canon y del rácord. Como en un sueño, sobre el papel puede suceder cualquier cosa y todo puede hacerse visible. El dibujo, mucho más que la imagen real de la fotografía o el cine, lo aguanta todo y funciona estupendamente en la ruptura de la continuidad naturalista que es una constante en el libro, casi su leitmotiv.

Los seguidores de David B. van a encontrarse, no obstante, con un terreno familiar. Es una obra que no desmerece ninguno de sus mejores títulos, pero que no destaca por su innovación argumental, más allá de los hallazgos visuales y del refrescante cambio de sus habituales protagonistas masculinos –a veces trasuntos de él mismo– por una mujer, homenaje a quien fue su pareja durante diez años, que falleció recientemente. La historia es puro David B., sin demasiadas novedades; tampoco en su trazo, que se mantiene en su ortodoxo y más frecuente blanco y negro y parece olvidar experimentos recientes como “Diario de Italia” (Delcourt, 2010-2018; Impedimenta, 2019), en el que un dibujo mucho más suelto se enriquecía con toques de acuarelas. La trama avanza a golpe de intuición y cierta improvisación, y gana interés cuando Marie se las tiene que arreglar sola para sobrevivir, aunque el cierre no resulta tan redondo y potente como en otros cómics del autor. Sin embargo, la rotundidad del universo visual de David B., su detallismo de orfebre y su desbordante imaginación para el mito son los de siempre: los de alguien que ha sido capaz de crear una iconografía propia y una manera única de contar historias, y que sigue siendo, en cierta forma, ese niño que vimos en “La ascensión del Gran Mal” refugiarse en el dibujo y la literatura para encontrar su lugar en el mundo. ∎

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