Serie

De puntillas

Russell T Davies(miniserie, HBO Max)
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En 2019, Russell T Davies escalaba hasta los primeros puestos de las listas de las mejores series del año con “Years & Years”, una distopía situada en un futuro próximo en el que una empresaria populista –interpretada por una despendolada Emma Thompson– se metía en política y acababa no solo ganando las elecciones, sino impulsando al país hacia un verdadero caos social, político y económico. Este caos tiene un impacto directo en la familia Lyons, en la que algunos miembros votaron por Trump Vivienne Rook pese a que su discurso atentaba potencialmente contra los derechos de sus propios familiares. Al final, obvio, la tragedia acaba alcanzando a los Lyons.

Pero todos sabemos ya qué ocurrió después de 2019 y, mientras las redes sociales hicieron suyo el lema “nunca pensé que los leopardos se comerían mi cara” para burlarse de situaciones como las de la familia Lyons, el bueno de Russell decidió que era momento de cambiar de táctica. Que el rollito distópico muy guay y muy molón, pero que es absurdo remitirse a 2034 como hacía “Years & Years” porque el problema ya está aquí, entre nosotros. De ahí nace su nueva serie “De puntillas” (2026). Bueno, de ahí y de su propia experiencia como persona LGTBIQ+: “Antes entraba a los sitios y era rollo ¡tachán! Ahora entro de puntillas, por si acaso me ven”, ha explicado el showrunner.

Cualquier persona queer conoce de primera mano el cambio que ha experimentado el mundo en los últimos diez años sobre el que está hablando Russell T Davies. Pero, por si no queda del todo claro, este se ha marcado una miniserie de cinco capítulos cuyo primer minuto despeja cualquier tipo de duda: un trávelin lateral ascendente que recorre la fachada de la típica casa inglesa en la que un hombre con expresión de shock y rabia es increpado por una mujer que le grita “eres un monstruo”. El trávelin sigue su camino pasando por diferentes personas que miran hacia el exterior desde sus respectivas ventanas hasta que la cámara llega a una mujer llorando desconsolada bajo los pies de una farola en la que, al alcanzar lo más alto, se revela que está ahorcado otro hombre (con pinta de maricón, pero a eso ya llegaremos luego).

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Si describo con detenimiento este plano es porque, desde ya, merece constar inscrito con letras doradas en las páginas de la historia catódica. Pero resulta que, entonces, entra el típico flashback que transporta al espectador hacia el pasado, diez días antes para ser exactos. Y a partir de ahí “De puntillas” despliega una ficción que, contra todo pronóstico, no juega al whodunit que explique esta escena inicial –la sombra de la apertura en la piscina de “El crepúsculo de los dioses” (Billy Wilder, 1950) es bien alargada– porque, en definitiva, lo importante aquí no es quién es el asesino. Lo importante aquí es más bien el retrato sublime del choque entre dos identidades enmarcadas en un entorno familiar y un contexto social muy concretos. Además de extremadamente realistas y contemporáneos.

Por un lado está Clive Goss (colosal David Morrissey), el “monstruo” de la primera escena. Se trata de un señor con dos hijos de los que no sabe absolutamente nada, una mujer que lo desprecia y una acuciante dificultad para llegar a fin de mes con su oficio de manitas. Contra todo pronóstico, Clive resulta ser el personaje más complejo de la serie: es un tipo que se pasa las noches viendo contenido hiperviolento en su móvil y los días escupiendo teorías conspiranoicas –el VIH no existe, el COVID tampoco, todo es culpa de los inmigrantes– con las que intenta justificar su situación de mierda. A su alrededor se arremolina una familia nuclear tradicional rebozada en esos secretos que abundan cuando no puedes ser tú mismo frente a las personas con las que compartes el hogar. Clive es, en definitiva, símbolo absoluto de ese hombre heterosexual blanco que no comprende por qué no está en la cúspide de la pirámide socioeconómica que se le prometió de forma no expresa durante su crianza. Ese hombre heterosexual blanco que no sabe manejar un aturdimiento que se le enquista en rabia teledirigida hacia los culpables de su situación. Porque la culpa siempre es de los demás. Del otro. Del inmigrante. Del maricón.

Y precisamente la mariconería está en la base de la identidad del personaje contra el que choca el señor Goss: Leo Struthers (igualmente colosal Alan Cumming), el ahorcado de la primera escena. Se trata del dueño de un bar queer en la icónica Canal Street de Mánchester, un hombre que a sus 60 años lleva una vida hipersexual y no se corta un pelo a la hora de exhibir su colorido plumaje. Leo, como solemos hacer los maricones, transgrede límites constantemente con sus comentarios y su comportamiento, lo que incomoda a los Goss. Su familia elegida está formada por sus amigos y por los trabajadores de su bar, por los que se preocupa de forma paternal. Y su contexto es especialmente descorazonador, porque estamos hablando de una comunidad LGTBIQ+ que en los últimos años ha visto cómo pierde derechos a la vez que es atacada cada vez con mayor virulencia, algo que queda sublimemente sintetizado en las intervenciones de Melba (Paul Rhys), una travesti que asume el papel clásico de pitonisa especialista en radiografiar la realidad y vaticinar la tragedia inminente.

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El choque de estas dos identidades se formaliza de forma magistral en el uso del espacio, en cómo una identidad habita el espacio de la otra. En el primer episodio, Clive invade la casa de Leo de forma impune y altanera para hacer unas instalaciones y pedirle el número de la alarma. Al fin y al cabo, en su cabeza, el hetero tiene pleno derecho a invadir e incluso tutelar el espacio del maricón que no sabe lo que hace. Y a continuación prosigue con la invasión: Clive aterriza en el bar de Leo para realizar unas reparaciones y pretende que los queers “se comporten” para preservar la decencia y la moral que imponen los estándares heterosexuales.

En definitiva, el espacio del maricón es el que se vulnera siempre. Y la única vez que ocurre lo contrario es cuando se desata la tragedia. En un último capítulo que también es para enmarcar –lo siento, pero se viene spoiler– Leo se infiltra en una reunión de hooligans testosterónicos en casa de los Goss. En este episodio, “De puntillas” borda cómo funciona la escalera social de violencia opresiva: los heteruzos de esta pandilla saben que son unos perdedores, así que buscan pisarse los unos a los otros para reforzar su autoestima unga-unga. Y, cuando se dan cuenta de que en la habitación hay alguien que consideran por debajo de ellos en la pirámide alimenticia, un maricón, es cuando se dispara el comportamiento de manada.

Este último capítulo certifica que toda la serie se ha dedicado a diseccionar una escalera de violencia social descendiente en la que unos –la familia que ha perdido poder adquisitivo, el manitas que cree que los inmigrantes le han quitado el trabajo cuando el capataz le repite que nadie quiere trabajar con él porque es insoportable, los chavales que han asumido que no tienen futuro– dan rienda suelta a su malestar desquitándose con otros: el vecino maricón, la chica trans que es amenazada por sus compañeros de piso, la drag queen DJ que es apaleada por los alumnos de su trabajo como profesor.

Porque, como dice Melba en el primer episodio, “si me hubieras preguntado en 1996 cómo pensaba que sería 2026, te habría respondido que días gloriosos. Pero nos engañaron, ¿verdad? Simplemente esperaron. Oh, primero nos dejaron salir del armario. Así que ahora estamos aquí, al descubierto, listos para que nos disparen”. Pues sí, nos engañaron. Y, en medio de ese engaño, “De puntillas” rubrica el perfecto retrato de un tiempo presente en el que las risas y la comedia te hacen olvidar constantemente que ya sabes cómo va a acabar esta historia: con una tragedia que se va construyendo poco a poco, ladrillo a ladrillo, pero que al final se impone para dejarte con el estómago contraído y la sangre helada. ∎

It’s a sin.
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