Mucho ha llovido desde el debut del autor barcelonés con un título todavía muy vivo, “La verdad sobre el caso Savolta” (Seix Barral, 1975). A partir de ahí se puede verificar el ingenio del escritor para intercambiar discursos y estilos narrativos. Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) ha sido reconocido tanto por la industria editorial –Premio Planeta en 2010– como por la academia –Premio Cervantes en 2016–. Con su nueva novela, el barcelonés sigue contando con el favor del público. En la pasada fiesta de Sant Jordi no paró de firmar libros, después de unas declaraciones muy mendozianas que no gustaron a algunos y que el sector se tomó con mucha calma. Hasta el transporte público de la ciudad anuncia “La intriga del funeral inconveniente”. No es un hecho inaudito, pero sí poco frecuente.
La breve crónica de un funeral en un diario local implica un carrusel de desatinos. Aun así, le cuesta el puesto al firmante, Ramoncito Valenzuela, el jovencísimo aspirante a periodista. También supone el regreso del detective sin nombre, creación del autor de “El misterio de la cripta embrujada” (Seix Barral, 1978), que funciona como un entrañable, elegante y fiable reloj de bolsillo. El inquieto candidato a reportero provoca una reacción en cadena que desemboca en una sinuosa y cateta investigación de una trama financiera, un desfalco que, a su vez, revelará una conspiración de consecuencias surrealistas.
El relato se mueve bajo la capa de una lectura ágil y sonriente ante el accionar tan desvaído que la retahíla de protagonistas pone en marcha. Todos tienen una idea. A cuál peor. Más espabilados son Mortadelo y Filemón: Pufo Colorado, el jefe del plumilla; una desubicada voz del obispado, monseñor Gorostiza, amante de los mariachis y el tequila; Winston da la turra como comercial de telefonía; Cándida, de escasas luces, es la hermana del detective sin nombre; el policía responde a Jarana, funcionario jubilado al que le apetece salir a la calle, dicen, vestido de mujer; Bruto parece ser el mamporrero de turno. Además de una baronesa que encabeza un elenco de lo más despistado. No obstante, en medio de este barullo, un rasgo de serenidad singulariza al empleado de la funeraria, el señor Alibey, que, salvo a su esposa, trata a todo el mundo de usted.
El trazo irónico del escritor, ese épater le bourgeois, caracteriza al autor de “La ciudad de los prodigios” (Seix Barral, 1986), y aparece a lo largo y ancho de la novela salpicada de pasajes descacharrantes. Mendoza maneja con soltura lo inverosímil como algo cotidiano. O es al revés. En medio del esperpento, hasta en el submundo de una ciudad que aplaude la marea constante de turistas, existe una ética de subsistencia. Sin dinero, con escasos medios y una inteligencia abollada, los protagonistas avanzan en su modus operandi de manera atropellada.
Los distintos registros lingüísticos, muy reconocibles, del autor de “Sin noticias de Gurb” (Seix Barral, 1991) basculan entre las expresiones coloquiales, algunas antiguas, y unos cuantos cultismos, no tan usados, pero que sí cuadran con aquellos que guardan un espíritu de venganza y unas ganas de tener aquellos quince minutos de fama, Andy Warhol dixit. Mendoza aplica con solvencia una narrativa cargada de economía, eficiencia y escepticismo que será del agrado del gran público.
No hay que olvidar que a Eduardo Mendoza le gusta jugar con la ironía. Del canallismo del poder a la inocencia no impostada de Ramoncito Valenzuela, estos son los contornos entre los que se desenvuelve el detective sin nombre. Los improvisados investigadores no cesarán hasta que el gacetillero tenga la posibilidad, todavía remota, de resarcirse con una nueva crónica de los hechos. “La intriga del funeral inconveniente” distrae, lo que es un contento. ∎