Crítico reconvertido en director, Kleber Mendonça Filho debutó en el largometraje en 2012 con “Sonidos de barrio”, un ejemplo de cómo el cine brasileño convierte a menudo el urbanismo y la arquitectura en las cajas de resonancia de los conflictos de clase y las dinámicas de opresión enraizadas en el país desde hace décadas. Algo que es evidente también en su segundo largo, “Doña Clara” (2016; traducción terrible del título original “Aquarius)”, donde la protagonista a quien encarna Sonia Braga se enfrenta a la agencia depredadora que quiere echarla del pequeño edificio de apartamentos donde vive. La elección de esta estrella emblemática de los culebrones brasileños como protagonista no resultaba un mero capricho. Braga acarreaba una carga simbólica respecto a una forma de entender la cultura brasileña que se retrotrae hasta los años cincuenta y sesenta, edad de oro de la cultura del país y también un período marcado por la apertura social y política, antes del golpe de estado que impuso un gobierno autoritario que se extendió hasta los años ochenta.
“El agente secreto” (2025; se estrena hoy) se sitúa justo en este Brasil dictatorial de finales de los años setenta, en pleno Carnaval. Armando (Wagner Moura), un joven viudo militante en la clandestinidad, regresa a su Recife natal para visitar a su hijo, al cuidado de los abuelos maternos, e instalarse en una casa-refugio donde conviven otros disidentes. Armando huye de uno de los hombres más poderosos del país, responsable de la gran compañía eléctrica nacional, a quien se ha enfrentado desde su posición de científico universitario y quien, sin el protagonista saberlo, ha contratado a unos matones para eliminarlo. El protagonista intentará huir de Brasil mientras mantiene su identidad encubierta.
En su película más ambiciosa hasta el momento, Mendonça Filho toma como referencia los grandes thrillers estadounidenses de los setenta que reflejaban las formas de control político desde mecanismos como el suspense, la tensión sostenida y la violencia omnipresente. Como ya llevó a cabo sobre todo en su tercer largo, “Bacurau” (2019), el director hibrida la fascinación por un cierto cine norteamericano de género con elementos propios de la cultura popular brasileña y un culto evidente por la serie B, que se manifiesta de diferentes formas. “Tiburón” (Steven Spielberg, 1975) se convierte en un motivo recurrente no solo porque es un estreno de éxito en la época en que transcurre el filme, sino también por la leyenda urbana en torno a una pierna peluda asesina que se genera después de que la policía encuentre un miembro humano entre las fauces de un escualo. Un relato que le permite al filme desviarse momentáneamente por senderos más propios de un cierto cine de terror. El amor por un cine más underground y contracultural también se demuestra en la pequeña aparición de Udo Kier (1944-2025) en su trabajo póstumo, dando vida a un refugiado judío que es objeto de chanza por parte de los policías del lugar.
Mendonça Filho abraza el género en su máximo esplendor cinematográfico para desplegar una película política en torno a los tentáculos del poder y la represión, las ramificaciones de la violencia, los leyendas que suplantan la verdad y las dificultades para rescatar la memoria –histórica y personal– de esta época. En un filme que se sitúa en parte en una de esas salas de cine enormes que el propio director evocaba en “Retratos fantasmas” (2023), la secuencia más emocionante no tiene lugar con el protagonista mirando la pantalla, sino girando la vista hacia el exterior del edificio. En un momento, Marcelo se sienta a contemplar desde un ventanal apaisado el dinamismo en las calles de su ciudad, Recife, que también es la del director. Una síntesis de una forma de concebir el cine que, sin dejar de alimentarse de un sustrato cinéfilo, esquiva el ensimismamiento para enfocar el pulso vital de la realidad. ∎