Película

El diablo viste de Prada 2

David Frankel

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Veinte años han sido suficientes para que un título como “El diablo viste de Prada” (David Frankel, 2006) haya transformado su condición de comedia ligera en todo un referente cultural sobre la conveniencia entre la moda y el cine, idolatrada en internet y en la memoria comercial. No han sido dos décadas cualquiera. En todo este tiempo, el primer mundo ha asistido al desarrollo de las redes sociales, la IA y la disponibilidad inmediata de noticias. La primera película de Meryl Streep y Anne Hathaway supo catalizar el competente ambiente empresarial y editorial que se vivía a principios de milenio, pero quizá no llegó a vaticinar del todo la situación que les esperaba a los medios de comunicación.

La secuela, “El diablo viste de Prada 2” (2026; se estrena hoy), de la ahora convertida en saga, llega casi como exigencia del algoritmo: el fandom pedía a gritos un rencuentro de sus protagonistas, incluyendo a Emily Blunt y Stanley Tucci. Y los años les han sentado generalmente bien. También a su guionista, Aline Brosh McKenna, que aquí repite inspirándose libremente en las novelas de Lauren Weisberger. El mismo equipo creativo de entonces vuelve a cargar las tintas sobre los tiburones empresariales que se van comiendo unos a otros –en eso, el mundo sigue igual o peor–, con una contundente y acertada actualización sobre el periodismo del clickbait y la muerte progresiva del papel.

“El diario viste de Prada 2” tampoco ha olvidado la mordacidad en su humor, ni a su público potencial: los primeros minutos de la cinta bromean directamente sobre los grandes memes de su predecesora, y algunas secuencias, como la de la pasarela de moda, están confeccionadas para el puro deleite de los amantes de las alfombras rojas y la Met Gala. A partir de aquí, y aunque en cierta manera el guion se vea lastrado por una fórmula calcada de aquello que ya funcionó previamente, se construye una agitada aventura del glamur, la opulencia y las interacciones bursátiles que en ocasiones parece estar más conectada con la cuarta temporada de “Succession” (Jesse Armstrong, 2018-2023) que con la cinta de 2006.

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En este sentido, la película de David Frankel exprime todo el jugo que podía dar un personaje tan poderoso como el de Miranda Priestly. El diablo en cuestión, interpretado por Streep, es arrastrado a sus verdaderos infiernos cuando se ve obligado a compartir mesa de reunión con aburridos consultores techies. En esta ocasión, se permite entrever en su figura la humanidad que le fue negada en la primera película: con el envejecimiento se han evidenciado las dificultades por subirse al carro de una posmodernidad que ya la considera un dinosaurio. Debates como la conciliación laboral y familiar de las mujeres sobrevuelan la cinta ligeramente, a través de chascarrillos como la congelación de óvulos, los delirios de grandeza o el precio desorbitado de los alquileres, que afectan a unas protagonistas en proceso de aceptación de esa versión más madura de sí mismas.

Cortada y ampliada por un mismo patrón que el original, esta segunda entrega recupera el legado establecido en un relato que precisamente habla de herencias y sustituciones. Por suerte, a diferencia de ese gusto hollywoodense por el reboot tragaperras, “El diablo viste de Prada 2” no se antoja como una voluntad de remplazo, dedicado exclusivamente a las nuevas generaciones. Sus personajes recogen el cariño procesado por aquella semiautobiografía definida como chicklit, cuya fama se alzó hasta puntos insospechados (convirtiéndose incluso en un musical teatral compuesto por Elton John), y hacen gala de una colección fresca de icónicos instantes. Los fans pedirán una tercera parte. ∎

El mundo sigue... peor.
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