En “Nicolás y Alejandra” (1971), el director Franklin J. Schaffner se desentendía de los mandamientos propios de una superproducción –hablamos de una película de casi 190 minutos, rodada en Panavision– para firmar un amargo melodrama de interiores sobre los últimos días del último Zar de Rusia y el estallido de la revolución bolchevique. El formato panorámico y la extensa duración del filme no atendían tanto a la épica como a la exploración del declive de un matrimonio aislado del mundo, ajeno a la realidad de sus súbditos, manipulado por intrigantes cortesanos y mayormente preocupado por la salud de su único hijo y heredero al trono Alekséi. La zarina Alejandra, nacida Alix de Hesse-Darmstadt, era nieta de la reina Victoria del Reino Unido y, por lo tanto, prima de Victoria Eugenia de Battenberg, esposa de Alfonso XIII y protagonista absoluta de la bioserie creada por Javier Olivares (Madrid, 1958) a partir de la novela homónima de Pilar Eyre de 2009.
La cita al filme de Schaffner, un biopic que deviene en crudo retrato intimista, no es gratuita. El parentesco entre las dos reinas es solo el primer punto de conexión. Hay más. La debilidad de sus hijos con la hemofilia acechando, el arrinconamiento en la corte de un reino al que no pertenecen, que no entienden y que no las quiere o el nulo talento estratégico de sus maridos son algunas de las muchas similitudes entre ambas.
Como ya sucedía en “Nicolas y Alejandra”, en “Ena. La reina Victoria Eugenia” (2025) nos encontramos ante un drama de cámara, aunque si Schaffner subvertía allí los códigos que habían marcado las grandes superproducciones de Sam Spiegel hasta entonces como “El puente sobre el río Kwai” (David Lean, 1957) o “Lawrence de Arabia” (David Lean, 1962), la última teleficción de RTVE (sus seis capítulos, que se emitieron en La 1 entre el 24 de noviembre y el 22 de diciembre, están disponibles en RTVE Play) hace malabares con unos presupuestos que desaconsejan cualquier apuesta por la épica. Javier Olivares ya demostró en “El Ministerio del Tiempo” (Pablo Olivares y Javier Olivares, 2015-2020) que la escasez podía disimularse con inventiva. En su nuevo proyecto, escrito junto a Isabel Sánchez, Daniel Corpas y Pablo Lara, se concentra en los pasajes decisivos de la biografía de Ena (estupenda Kimberly Tell), revisa episodios históricos recurriendo al impacto que tuvieron sobre los personajes y no a su reproducción (todo lo referido a la Guerra Civil es una guerra de despachos y cartas) e invierte sus recursos en escenas que, de un lado, resultan impactantes, y, del otro, poseen el poder de evocación suficiente como para permitir que calibremos la magnitud de un conflicto (véase el final del segundo episodio). Elipsis, síntesis y simbolismo: menos es más.
Por lo demás, esta ficción histórica no se arredra a la hora de retratar a un Alfonso XIII (Joan Amargós) despendolado y mujeriego, un monarca con escasa intuición política que fue mangoneado por asesores y militares (Primo de Rivera, primero; Franco, después). Es juiciosa cuando se esfuerza por entender las dinámicas palaciegas y familiares –la ciclotímica relación entre María Cristina (Elvira Mínguez) y Ena– y, aunque presenta ciertos desajustes con respecto al desarrollo de algunos personajes capitales como Mateo Morral, logra su propósito con solvencia.
Pese a su disposición temporal, respetando casi siempre el orden cronológico, “Ena” asume estructuras muy distintas en cada episodio, mostrando una infrecuente libertad compositiva que no debilita el conjunto y que, en ocasiones, supone un reto para el espectador. Estas divergencias internas se observan, por ejemplo, entre los capítulos segundo y tercero. “Del rosa al negro” nos deposita en el santanderino Palacio de la Magdalena en 1914 y de ahí, en una sucesión de flashbacks, se desplaza a distintos momentos del pasado para terminar de explicarnos quién es la nueva reina de España. Sin embargo, “Justo y necesario” se sitúa casi exclusivamente en 1915 y aboga por una fragmentación espacial que se detiene en cuestiones como la labor de la reina en la modernización de la Cruz Roja, el estallido de la llamada Gripe Española o las secuelas de la Primera Guerra Mundial a través de la creación de la Oficina Pro Cautivos.
Pese a algunas decisiones visuales un tanto avejentadas, como esos virados del capítulo segundo que responden a un incidente infantil de la monarca, “Ena” es, al igual que “Nicolas y Alejandra”, una serie que no se ajusta a los cánones de las biografías filmadas. Es, antes que nada, un rompecabezas que trata de dar cuenta de la compleja historia de España y que permite a Olivares seguir repasando episodios nacionales muy en la línea de “El Ministerio del Tiempo”. La utilización de la música, los constantes guiños a la cultura popular (de Maurice Chevalier a García Lorca y Muñoz Seca), la mirada crítica sobre la historia o el humor afilado indican que, pese a las apreturas presupuestarias –esto no es “The Crown” (Peter Morgan, 2016-2023)– y sus desequilibrios, estamos ante una serie de autor. ∎