Serie

Euphoria

Sam LevinsonT3, HBO Max
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Si Sam Levinson concibió la primera temporada de “Euphoria” (2019-2026) como una fiesta en casa a las dos de la madrugada y la segunda como ese instante –a las cinco– en que todo el mundo debería haberse marchado ya, la tercera se sitúa en el estado mental y corporal de un mal sueño estancado, de una resaca prolongada o de ese momento en que uno se despierta y camina arrastrando los pies. Sus protagonistas ya no son adolescentes, ni siquiera jóvenes, o por lo menos han quedado desprovistos de energía creativa, de pulsión vital y del anhelo de una vida nueva: están aletargados, bloqueados, enmascarados en un sistema que los impregna y los arrolla. Todo ha ido a peor. “Euphoria” se presenta como un objeto cultural que revela todos los síntomas del realismo capitalista en su estado más exacerbado, con los cuerpos sumidos en la voracidad agónica y extenuante del dinero, en una atmósfera depresiva tras una celebración en la que nadie había creído.

Su forma es la del eclipse de un wéstern barroco y decaído, sepultado bajo los oropeles, como si California –la tierra de oro del fervor capitalista– fuera un lugar ya condenado del que convendría huir en los instantes previos a su derrumbe. La aproximación a los planos y sus transiciones ya no poseen nada fluido, sino que están desencajados; los personajes a veces son abandonados o interrumpidos. Levinson sigue rodando en caliente, pero no encuentra instantes de gracia, acaso porque esta nunca es unilateral, sino que nace de una armonía con el mundo o con los otros, de la depuración y elevación de un medio expresivo. Ese vaciamiento, esa falta de euforia, concluye la historia de aquellos adolescentes de la ficticia East Highlands en un mundo devastado por el comercio de opioides, el fentanilo y las adicciones.

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Han pasado cuatro años desde la última temporada y a Levinson le han dado carta blanca, pero todo el sistema de relaciones egocéntricas que sustenta este tipo de producción ha cambiado: sus principales actores revelación –Zendaya, Sidney Sweeney y Jacob Elordi– son ya primeras estrellas que moldean con autonomía sus carreras, mientras que él lidia con su reputación de narcisista, misógino y cosificador, respondiendo con una huida hacia delante marcada por el despilfarro y decantando la trama hacia aquello –el mundo de Alamo Brown– desde donde puede imaginar otra ficción posible, acaso para apurar el disfrute por los géneros.

Este estado de desestabilización errático, fracturado y caprichoso impregna el collage o mix que siempre ha sido “Euphoria”, que Levinson filma sin equipo de guionistas. Y justo ahí reside gran parte de su interés: en la forma cruda en que expone, sin neutralizar ni invisibilizar, la estructura propagandística, pornográfica y consumista que sustenta la circulación de imágenes hoy en día, y en lo rápido que de ahí se pasa al fascismo. ∎

Creer o no creer, esa es la cuestión.
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