La memoria incómoda. Foto: Òscar Giralt
La memoria incómoda. Foto: Òscar Giralt

Entrevista

Gregorio Morán: contigo aprendí

La publicación de su último libro, “El cura y los mandarines”, fruto de un trabajo de investigación de diez años, se ha visto rodeada de polémica, censura y ruido de tambores. A las baquetas, gerifaltes de la cultura y el campanudo poder que la acompaña. Muñidores e intereses creados. Morán los retrata en 829 páginas contra la memoria flaca y la cultura floja (expresión suya) de esta España nuestra. Espléndidamente, por cierto.

Pongámonos en antecedentes

“En la historia los fantasmas tienen cuerpo. Resulta llamativo y bastaría con eso para intentar analizarlo”. A ese menester se lleva dedicando desde hace muchos años, no exclusivamente, pero sí bastante, diría que casi, este periodista y escritor ovetense nacido en 1947. Descubrí su existencia a principios de los noventa, cuando me topé por obligación académica con “El precio de la transición” (Planeta, 1991), el quinto de la docena de libros que, contando el último, lleva publicados. Una de esas lecturas que te abren los ojos para que aprendas a distinguir a tanto fantasma que te rodea y va sin sábana. “La historia, más que una dialéctica, es una putada”. Fantasmas y putadas, el dúo dinámico que ha marcado la puesta en escena de “El cura y los mandarines” (Akal, 2014), el flamante vademécum de Gregorio Morán sobre el devenir intelectual español en la segunda mitad del siglo XX. Debía publicarlo la editorial Planeta, pero, estando a punto de imprimirse, le dijeron a su autor que tenía que pasar por la tijera censora. Sobraban once páginas, esas donde Gregorio le aplica la depilación láser al vello biográfico de Víctor García de la Concha (actual director del Instituto Cervantes) hasta rasurar el último pelo de su farfolla, así como también a otros prohombres de la Real Academia Española (al frente de la cual estuvo De la Concha entre 1998 y 2010). El meollo de la cuestión: se encontraba a punto de salir el nuevo Diccionario de la RAE, editado por Planeta a través de Espasa, alianza empresarial que cerró De la Concha cuando dirigía la academia lingüística. La tirada, unos cuatrocientos cincuenta mil ejemplares. Blanco y en botella. Morán se negó a quitar ni una coma del texto y se produjo la rescisión de su contrato con Planeta. Finalmente, llegó a un acuerdo con la editorial Akal y en diciembre, con cesárea, nació la criatura.

Portada de “El cura y los mandarines” (Akal, 2014).
Portada de “El cura y los mandarines” (Akal, 2014).

Y regresemos al pasado (que nunca se acaba de ir)

El subtítulo del libro, “Historia no oficial del Bosque de los Letrados. Cultura y política en España 1962-1996”, aclara por dónde van los tiros. “¿Qué fue sucediendo para que los mandarines, las figuras críticas de nuestra cultura de los años sesenta, se fueran haciendo cada vez más conservadoras, hasta convertirse en institucionales?”, se pregunta Morán en la contracubierta de la obra, otorgando a ese interrogante insatisfecho que se hizo hace una decena de años la categoría de génesis de este trabajo. ¿Todo ha cambiado para ser más de lo mismo? “Creo que la abdicación del rey Juan Carlos ha sido algo así como el último o el penúltimo rasgo de la transición, del modelo de la transición”. Esto lo suelta ya en directo: estamos en la cafetería de una céntrica librería de Barcelona, la ciudad donde reside, en una mañana de entrevistas promocionales. Ese día, el libro estaba justo llegando a los puestos de venta o muy a punto de hacerlo y todavía no me había leído todas esas frases que en él le dedica al exmonarca. Ahí va una: “El rey Juan Carlos podía ser tan frívolo o más que Alfonso XIII, pero habiéndole dado su espacio de negocio y esparcimiento no molestaba ya”. Y aquí tenemos otra: “Se limitaba a ejercer de boca insaciable, sin especial inquietud por el poder que no fuera financiero”. Ese es el tono, o buena parte de él. “Así que digamos la verdad, aunque duela”, había indicado la jornada anterior durante la presentación oficial de la obra en la Ciudad Condal.

“Pese a que tengamos al editor delante (se ha sumado a la conversación, como oyente y admirador de Gregorio, claro, no como censor, un representante de Akal), tengo que apuntar que este tipo de libros, como el que acabo de publicar, o tienen un ciclo largo, es decir, cuando la gente joven se va haciendo mayor va entendiendo algunas cosas, o la gente aprende a partir de él o poca salida les queda. Es algo que, cuando escribes de estos temas, te lo tienes que plantear y, por eso, hay un montón de notas a pie de página para explicar quién es tal fulano al que me estoy refiriendo, sea Torcuato Fernández Miranda o Carlos Arias Navarro. ¿Quién es Carlos Arias Navarro? Con Franco esas cosas no pasaban, porque duraban todos tanto, tanto, tanto que los tenías grabados a fuego. Y es verdad que te preocupa mucho que hay unas generaciones que te dicen: ‘Mire, no puedo leer su libro porque todos los personajes que cita no sé quién carajo son’”.

“Pese a que tengamos al editor delante, tengo que apuntar que este tipo de libros, como el que acabo de publicar, o tienen un ciclo largo, es decir, cuando la gente joven se va haciendo mayor va entendiendo algunas cosas, o la gente aprende a partir de él o poca salida les queda”

Le comento una encuesta de hace años –irían los años noventa por la mitad, si no me falla la memoria– que hicieron en institutos de cuando el BUP y el COU. Preguntaban a los estudiantes, entre otras cosas, quién era Bob Dylan. Debían marcar una de las opciones que les proponían. Ganó la de “un protagonista de ‘Sensación de vivir’”, serie juvenil que triunfaba entonces. Uno de sus personajes se llamaba Dylan McKay. Dylan para los amigos. “Hombre, pues me has aliviado el día, porque, joder, si le ocurre eso a Bob Dylan cómo no va a pasar conmigo”. Regresamos a lo del rey recién abdicado. “En la transición nunca se ha sabido lo que realmente estaba pasando hasta el transcurso de no sé cuántos años, porque una de sus características fundamentales ha sido que lo han tratado todo entre muy pocas manos. De manera que volvemos a esa historia tan repetida, la de que cuando seas mayor ya lo entenderás, pero te haces mayor y aún lo entiendes menos”. Y encima ya eres mayor. “Exacto, ¡encima ya eres mayor! Casi no te quedan oportunidades para aprender y a mamá no puedes preguntarle: ‘Oye, ¿por qué me engañáis?’, porque mamá ya se murió”. Reclama el momento recordar unas palabras del poeta Carlos Salomón, citadas en el libro: “Confesaré mi error, siempre era tarde cuando fue temprano”.

Poetas. Cada capítulo de “El cura y los mandarines” se abre con versos. De poetas malditos, algunos suicidas. “Ángeles caídos, en una sociedad que no era para menos”, subraya Gregorio. Unos son más famosos, es un decir, y compréndase la cruel ironía, como José Luis Hidalgo y José Hierro. También aparece Javier Egea. Otros se perdieron en una oscuridad todavía mayor –Félix Francisco Casanova, Pablo del Águila–, “nombres absolutamente desconocidos fuera del círculo de la gente que podemos estar atentos a eso. Creo que esa sí es una aportación que hago. Los he escogido porque son grandes poetas”. Los vas apuntando mientras pasas las páginas, de la misma manera que haces con los títulos de libros que se mencionan porque lo que se dice de ellos, y cómo se dice, te hace pensar que andas perdiéndote algo que, desde luego, no deberías. “29 relatos” de Mario Camus, “Días de llamas” de José María Pérez Prat y “El retrato oval” de Juan Gil-Albert son tres ejemplos en mi caso. También te topas con algunas constataciones: léase el abrevadero que fue y es “Tiempo de silencio” de Luis Martín-Santos y el análisis que Morán le dedica, a ese libro y a su autor, para recordar que hubo profesores que sí supieron guiarnos en los años mozos por el mundo de la lectura y sus consecuencias. De Martín-Santos cincela Morán un certero pie de nota sobre el estúpido accidente de tráfico que acabó con su vida. “Cuando uno reta al destino en aquello de más absurdo, la ruleta rusa, por ejemplo, o adelantar en los cambios de rasante, la suerte se quiebra una sola vez y basta”. Otro espacio sin desperdicio es el que se dedica a la figura de Max Aub, “del que podríamos decir, haciendo un sarcasmo aubiano, que solo lo conocían los que lo odiaban y sin haberlo leído, lo cual es la mayor crueldad para un escritor”.

El periodista. Foto: Òscar Giralt
El periodista. Foto: Òscar Giralt
¿Qué piensa alguien con esos referentes del tsunami tecnológico que se nos ha venido encima? “En primer lugar, creo que tal vez sea la primera entrevista que haces para Rockdelux a una persona que no tiene ni móvil, así que hay que empezar desde ahí”, advierte. “Aunque, evidentemente, mis hijos tienen todos los aparatos esos y hasta hay uno que se dedica, especialmente, a vivir, como diría esa abuela que has comentado, de lo del ordenador”. La abuela es la de un conocido mío, que le decía a su nieto que todo había cambiado mucho, pues antes había diferentes oficios, cada cual trabajaba en una cosa o en la otra, pero de un tiempo a esta parte todo el mundo trabaja en lo mismo, “en lo del ordenador”. “Hasta yo, que no soy un genio de la electrónica y de los nuevos medios de comunicación, por no decir todo lo contrario, los considero para mí algo absolutamente imprescindible. Vamos, yo no me imagino ya redactando un libro con una máquina de escribir o a mano, como hacíamos antiguamente. La ventaja es muy grande. Ahora bien, a mí me resulta una aberración que en las escuelas se dé ordenadores a los chavales, me parece una barbaridad. Primero, porque los ordenadores ya los tendrán en su casa. Y segundo, porque acabarán sin saber la tabla de multiplicar”. Eso y que después pasa lo que pasa. “Creo que existe una relación sadomaso del personal con respecto a los ordenadores y el mundo virtual. Montas en el metro y te quedas fascinado viendo aquello, hay gente que ya no podría viajar en él sin tener un aparato en la mano”. ¿El nuevo tabaco? “Exacto, exacto. Ahora que han prohibido fumar, pues estamos ahí”.

Siguiendo con ese hilo, pongo en la mesa un error que había tenido lugar el día antes en un artículo de ‘La Vanguardia’, diario en el que Morán colabora desde hace veintipico años, firmando cada sábado una sección de opinión llamada “Sabatinas intempestivas”. Desayunarse con ellas es empezar el día con clarividencia y energía –a veces enrabietadas las dos, según el asco que te provoque el fantasma o el tema con que Gregorio suele despacharse a gusto; por suerte, tira bastante de humor sarcástico, y con la risa se te templa algo la gaita–. Un vicio que recomiendo. El error en cuestión fue titular con “Los amigos de Los Enemigos” un texto que hablaba de un concierto de homenaje a Alfredo Calonge, componente del grupo barcelonés Los Negativos fallecido el pasado mayo. ¿Se supone que el titular quería decir “Los positivos de Los Negativos”? En resumen, una cagada de proporciones importantes. Un buen mojón. “No me extraña, ¡si yo te contara!”, responde Morán, ojiplático al principio, mientras le voy explicando, y risueño después. “Genialidades como esta se leen en los periódicos todos los días. ¿Por qué? Primero, porque se ha puesto en la calle a una de las profesiones más imprescindibles de los diarios, que eran los correctores. Los que hay ahora son filólogos. ¡Filólogos! Y en segundo lugar, porque los periodistas muy modelnos (recalca la ele al pronunciarlo) cuando se hacen mayores... Buf, eso puede ser terrible”. Y luego están los ordenadores haciendo de correctores. “Sí, esos programas de ordenador son lo más peligroso, pueden realizar asociaciones absolutamente tremendas. Y eso es lo que se va al carajo. De todas maneras, en los contenidos no voy a entrar en más detalles, pero, vamos, que se equivoquen también en los titulares... Había un político español, al que siempre cito como modelo porque era más listo que el hambre y un maestro de eso que ahora se llama transversalidad, Francisco Fernández Ordóñez, que cuando era entrevistado y le decían: ‘Bueno, si quiere ya le mandaré el artículo para que lo revise antes de publicarlo’, siempre respondía: ‘No, no hace falta, pero los titulares los pongo yo’”.

“Había un político español, al que siempre cito como modelo porque era más listo que el hambre y un maestro de eso que ahora se llama transversalidad, Francisco Fernández Ordóñez, que cuando era entrevistado y le decían: ‘Bueno, si quiere ya le mandaré el artículo para que lo revise antes de publicarlo’, siempre respondía: ‘No, no hace falta, pero los titulares los pongo yo’

Así la charla, esta nos conduce al manido asunto del futuro de la prensa escrita, sean diarios o revistas. “Creo que el periodismo impreso tiene el futuro garantizado. Ahora bien, no la mierda que estamos haciendo. Lo tiene un papel bien hecho. Porque llegará la hora en que será, o tendrá que ser, un producto más elitista, mejor acabado. El problema de los medios de comunicación, en general, y las televisiones también, es que la reducción de costes y su ruina absoluta, porque están arruinados, andan empeñados hasta las orejas, los lleva a que la cabeza no les dé para hacer lo único que los podría salvar, que sería sacar un buen periódico o hacer una buena televisión. Por lo tanto, los medios son cada vez peores y, por lo tanto, la gente los sigue menos y, por lo tanto... Y ahí sigue una cascada. No me canso de explicarlo: en lo virtual está gran parte del futuro, está el presente. El mundo de la comunicación ha cambiado a partir del mundo virtual, por supuesto. Pero el poder está en el papel”.

Y ahí lo dejamos, aliñado con una cita de Max Aub sacada de “El cura y los mandarines”. Dedícasela a tu mandarín favorito: “Todo les tiene sin cuidado, acomodados. Mirarse en el espejo y no verse, sin estar ciego”. ∎

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