Libro

Gustavo Faverón Patriau

Madame Vargas LlosaFulgencio Pimentel, 2026

Cualquiera que se haya zambullido en las abultadas páginas de “Vivir abajo” (2018) y “Minimosca” (2024), ambas publicadas en Candaya, sabrá que el peruano Gustavo Faverón Patriau (Lima, 1966) es capaz de construir imponentes edificios literarios que conforman uno de los monumentos más imprescindibles de la literatura en castellano de los últimos años, en línea con el corpus del recurrente Roberto Bolaño –recuerden que es coeditor, junto al boliviano Edmundo Paz Roldán, del volumen colectivo “Bolaño salvaje” (Candaya, 2008)–.

“Madame Vargas Llosa”, su última entrega, es Faverón puro, pero en esta ocasión en versión abreviada (el libro lo conforman poco más de 180 páginas), aunque la inventiva y el juego literario sigue intacto: el artefacto picotea entre la realidad y la ficción y por él circulan Vargas Llosa (of course), el cineasta mozambiqueño/brasileño Ruy Guerra o Werner Herzog y su mítica peripecia durante la filmación de “Fitzcarraldo” (1982) mezclados con una serie de fascinantes personajes como Maria Trindade o Rita Fontana. Todos juntos (y muy bien revueltos) trenzan una aventura entre cómica y pesadillesca que se interroga sobre el papel transformador de la literatura y el cine, el compromiso político del arte de crear y el fin de las utopías soñadas con las convulsiones sociales de los años sesenta. Todo en una fábula que, como en los laberintos de Borges, se bifurca por los senderos más inesperados en un prisma que refleja el poder del acto narrativo y reivindica el placer de contar historias, por más inverosímiles que estas sean.

“Madame Vargas Llosa” –que se epiloga recurriendo a Paul McCartney: “All the lonely people, where do they all come from?”, una de las estrofas de “Eleanor Rigby”– incluye el subtítulo “Más opio para el pueblo, I”, lo que nos hace soñar con que esta es la primera entrega de una serie que esperamos no se dilate y nos hipnotice con nuevas aventuras. Leer a Faverón es, en palabras de Rodrigo Fresán, “irse lejos para volver transfigurado”. Así es. ∎

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