Película

Indiana Jones y el dial del destino

James Mangold

https://assets.primaverasound.com/psweb/lbotassjluo7i4evzejv_1687949533941.jpg

¿Qué hacer con Indiana Jones en 2023, con un actor octogenario? La fiesta absolutamente lúdica, cien por cien celebratoria, parece imposible. El cuerpo y el rostro del protagonista no dejan de recordarnos, si dejamos al margen un prólogo donde este luce un lifting digital rejuvenecedor (y algo fantasmal), que las cosas no pueden ser igual que antes. Nuestro ídolo ha envejecido y también lo ha hecho nuestra mirada.

Quizá porque es imposible ponerse completamente de espaldas a la realidad biológica de Harrison Ford, los autores de “Indiana Jones y el dial del destino” (2023) dedican algunos minutos a ensayar una cierta desmitificación del héroe en su etapa otoñal. Lo vemos como un gruñón que se queja del ruido ante sus jóvenes vecinos. Y aun así, porque la cultura pop retromaníaca es como es, porque el espectáculo debe continuar, James Mangold y su equipo intentan poner diques a la melancolía.

“Indiana Jones y el dial del destino” no es precisamente “Sin perdón” (Clint Eastwood, 1992), así que el tramo central de la obra intenta abstraerse de la parte dolorosa de la nostalgia y propone la habitual narrativa del movimiento perpetuo, de los cambios de localizaciones, de las persecuciones, de las gestas insensatas otra vez compartidas con compañeros más jóvenes que él. Aquí brilla especialmente la aportación de Phoebe Waller-Bridge –la creadora de la serie “Fleabag” (2016-2019)– en el papel de la ahijada de Indiana. Ella es la heroína proactiva que sostiene buena parte de la trama y minimiza sus fisuras. El uso intensivo de efectos digitales o una duración récord en la saga entran dentro de una lógica de adecuación a las convenciones del blockbuster actual. También aparece una pincelada de crítica de la historia propia a través de ese enemigo nazi que ha sido cuidado por los Estados Unidos mediante políticas de reclutamiento de científicos y técnicos del Tercer Reich.

https://assets.primaverasound.com/psweb/iyljo52830z3p24imgr9_1687879330852.jpg

Quizá era imposible proporcionar el disfrute pretendido, pero el resultado parece digno. Aunque las escenas de acción raramente puedan verse como memorables, en parte porque la caricia del fan service comporta una más depresiva sensación de déjà vu. La idea de reincidir en el uso de elementos en la órbita de la ciencia ficción, que resultó tan polémica –de una manera un tanto irracional– en “Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal” (Steven Spielberg, 2008), también puede resultar divisiva. Aunque la trilogía original incorporaba situaciones sobrenaturales desde su inicio, la nueva vuelta de tuerca puede remitir a las series y seriales que buscan maneras de alargar su existencia a través de situaciones cada vez más sensacionales e inverosímiles.

Con todo, el elemento fantástico de la trama se relaciona con la vertiente dramática de la narración y de la misma producción. El antagonista interpretado por Mads Mikkelsen es un nostálgico rebelde que quiere cambiar la historia y ver el triunfo de la Alemania nacional-socialista. Indiana Jones, en cambio, es un nostálgico derrotado, un anciano que no ve un futuro para él y que quiere vivir en el pasado. Este deseo, justificado argumentalmente por una dura situación personal y familiar, tiene algo de espejo para una audiencia que intenta hallar un poco de ilusión infantojuvenil en unas imágenes digitales que apelan a pasados ya remotos. Porque el público puede compartir con el protagonista su sensación de ausencia de futuro, aunque esta se viva desde los treinta y tantos o los cuarenta y tantos de la precariedad laboral infinita, del peterpanismo un tanto forzado.

https://assets.primaverasound.com/psweb/32y67v9vz6nycpnyujwc_1687879501513.jpg

La conclusión de la película toma la forma de gestos pequeños, algo paradójico en una cinta tan expansiva y agitada. A diferencia de lo ensayado con Bond en “Sin tiempo para morir” (Cary Joji Fukunaga, 2021), precisamente coescrita por Waller-Bridge, no hay clímax emocionales álgidos (y trágicos). Cuando parece que va a haberlos, todo se resuelve con un rápido puñetazo con el que cortar el drama. El volantazo de virar desde la acción a gran escala hacia las pequeñas sutilezas dramáticas –decoradas con los inevitables guiños autorreferenciales– resulta un poco chocante. Y potencialmente decepcionante, aunque también pueda ser reivindicable como alejamiento respecto a la aparatosidad del taquillazo nuestro de cada día. Quizá Mangold intenta entender el paso del tiempo como los responsables de otras resucitaciones fílmicas de viejas sagas.

Los autores de “Halloween. El final” (David Gordon Green, 2022), por ejemplo, asumieron que matar al monstruo ya no podía ser una celebración, sino que debía convertirse en un ritual triste marcado por los duelos múltiples por aquellos que ya no están. Y el héroe octogenario que encarna Ford no puede solucionar desencajes románticos con besos arrebatados ni coitos impulsivos, no puede ofrecer una despedida enfebrecida y trepidante. Aunque el personaje, y los cineastas con él, se nieguen a escenificar que hemos visto su última aventura. No se decretará el final de Indiana Jones, su sustitución por un Henry Jones junior a tiempo completo, quizá porque los mitos nunca se jubilan. ∎

El crepúsculo de Indiana Jones.
Etiquetas
Compartir

Lo último

Contenidos relacionados