Libro

John Connolly

La tierra de las cosas perdidasTusquets, 2025

“La tierra de las cosas perdidas” (“The Land Of Lost Things”, 2023; Tusquets, 2025; traducción de Pilar Ramírez Tello ), de John Connolly (Dublín, 1968), es una novela que comprende la catástrofe silenciosa que se produce cuando el mundo continúa exactamente igual mientras el universo privado de alguien ya ha terminado. En ese sentido, pertenece a una estirpe de libros menos preocupados por la fantasía que por la lógica interna del duelo, por la forma en que la pérdida deforma el tiempo, la memoria y la identidad hasta convertirlos en algo irreconocible.

El planteamiento del libro, con ilustraciones de Riki Blanco, es engañosamente sencillo. Ceres, madre soltera, vela junto a la cama de hospital de su hija pequeña, Phoebe, que permanece en coma tras un accidente. A su alrededor, no pasa nada y, sin embargo, está pasando todo. Los días se repiten con pequeñas variaciones rituales (leer en voz alta, recorrer los mismos pasillos, volver a la misma silla), y Connolly capta este estado suspendido con una contención admirable. El dolor no es melodramático; es administrativo, monótono y agotador.

La aparición de “El libro de las cosas perdidas” (2006; Tusquets, 2018), suerte de precuela de esta potencial saga, dentro de este relato es algo más que un juego metaliterario. Es una afirmación silenciosa de que los libros no solo reflejan nuestras vidas, sino que se infiltran en ellas y alteran el curso de los acontecimientos de maneras que rara vez advertimos hasta mucho después. Ceres lee la historia de David, un niño que perdió a su madre, y al hacerlo comienza a superponer su propio sufrimiento sobre un patrón ya existente. Este es uno de los grandes hallazgos de la novela: la pérdida resulta insoportable porque parece única, y las historias ofrecen consuelo no borrando el dolor, sino demostrando que puede sobrevivirse a él.

La casa abandonada cerca del hospital y el mundo que esconde no irrumpen como una ruptura brusca, sino como una extensión del estado mental de Ceres. Las criaturas que encuentra allí, extraídas del folclore y de los cuentos de hadas, no son adornos caprichosos. Son encarnaciones del miedo recordado, del conocimiento infantil y de leyes morales medio olvidadas.

El gran logro de Connolly es resistirse a la tentación de imponer un antagonista único y dominante. El mal aquí es difuso, burocrático, casi casual. Las amenazas aparecen, desaparecen y se transforman, igual que la desesperación. El Hombre Torcido y las hadas cumplen su función, pero el verdadero conflicto es interno y persistente: si Ceres será capaz de soportar la incertidumbre sin rendirse a ella. En este sentido, la novela se acerca más a una indagación existencial que a la fantasía épica.

Existe también una conciencia constante de que esta es una historia sobre las historias: sobre quién las cuenta, quién sobrevive a ellas y qué precio tienen. El acto de escribir, de narrar la propia experiencia, se convierte en una afirmación de agencia frente al azar. La casualidad desempeña su papel habitual e inquietante: ocurren accidentes, los libros llegan a nuestras manos, las puertas se abren en el momento equivocado, o exacto.

Al llegar al final, “La tierra de las cosas perdidas” se revela menos como una secuela que como una meditación, más silenciosa y deliberada que su predecesora. No promete tanto restauración como continuidad. Algunas cosas se encuentran; otras permanecen perdidas, pero transformadas por el hecho de haber sido buscadas. Lo que perdura es la sensación de que sobrevivir es, en sí mismo, un acto narrativo, uno que revisamos constantemente para poder seguir adelante. Connolly lo entiende con profundidad y, al hacerlo, nos entrega un libro que no consuela con facilidad, pero que permanece. Y eso, a menudo, es más importante. ∎

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