Memorias muy vivas. Foto: Alfredo Arias
Memorias muy vivas. Foto: Alfredo Arias

Entrevista

José Ramón Pardo: no es una vida cualquiera

Con 84 años recién estrenados, a Don José Ramón Pardo aún le queda gasolina para escanciar erudición y cumplir religiosamente, lo hace desde 2005, con el programa itinerante de RNE “No es un día cualquiera”. Ilustrado, retentivo y laborioso, pero también alérgico a la pedantería, creativo y pragmático, este asturiano, madrileño de adopción desde los 5 años y periodista total, ha sacado tiempo en 2025 para sumar dos libros más a su extenso currículum. Conversamos con él.

Todo empieza en algún lugar de La Mancha de cuyo nombre no puedo olvidarme. Se llama Caudete. Cerca de allí ha gripado el motor de José Ramón Pardo (Gijón, 1941). Son las tres de la tarde de un viernes, está solo, ha comido fatal y la reparación de su vehículo no pinta bien, por lo que me ofrezco a recogerlo. Al día siguiente participa en el programa de Pepa Fernández “No es un día cualquiera”, que se celebra en Torrellano. No le tocaba colaborar esta vez, pero lo ha arreglado todo para que nuestra charla sobre “… y también sé montar en bici. Una autobiografía sonora” y “Viaje a las raíces del rock & pop. Una semana por el country, el soul, el blues y el jazz”, ambos publicados en su sello, Rama Lama, sea en persona. Son 75 km desde mi casa en Alicante hasta Caudete. Parto raudo con la idea de entrevistarlo on the road si fuese necesario y llevarlo al hotel para que tenga tiempo de descansar.

Conduzco un coche japonés prestado cuyo navegador no he aprendido a manejar y rebaso Caudete en unos 70 kilómetros. Nunca imaginé que iba a pasarme veinte pueblos con esta institución viva del periodismo. Me doy cuenta a la altura de Villar de Chinchilla, casi en Albacete, que rima con mi objetivo pero no es lo mismo. Doy la vuelta, llego a la villa deitana, lo encuentro en un bar cutre junto al taller, pero es muy ruidoso y decidimos proceder estacionados en el interior de mi vehículo.

Junto a mí se encuentra una de las voces más reconocibles de nuestra radio musical, titular de una actividad profesional inabarcable (y, además, contrabajista en Los Teleko, grupo de principios de la década de los sesenta donde llegó a cantar Juan Pardo).

Álbum: de contrabajista con Los Teleko, con Mick Jagger, con Rocío Jurado,  con Gloria y Emilio Stefan, con Tina Turner, y con Mayra Gómez Kemp y Miguel Ángel Nieto en A3.
Álbum: de contrabajista con Los Teleko, con Mick Jagger, con Rocío Jurado, con Gloria y Emilio Stefan, con Tina Turner, y con Mayra Gómez Kemp y Miguel Ángel Nieto en A3.

Sigues conduciendo…

Cuando cumplí 80 solo me renovaban el carné un año más, pero cambié de médico y me dieron tres de golpe… El que falla es el coche, no yo. ¡Hago unos 30.000 km al año!

¿Qué te motiva?

Los programas de radio en directo. No hay nada comparable. Aunque últimamente tengo que decir que no a algunos viajes por razones familiares…

Has hecho también mucha televisión. He estado viendo estos días “Aplauso”, el programa que guionizaste entre 1978 y 1983. Pero tú venías del periodismo “serio”…

Lo que pasa es que cuando te sale algo bien empiezan a llamarte. Después hice “Tocata”, “A tope”, “Música sí”, “Sara y punto”, “Esto es espectáculo”…

No apareces mencionado en los primeros episodios de “Aplauso”.

Me dijeron que no podía ser guionista en Televisión Española porque también trabajaba en Radio Nacional. En los trece primeros programas tuvimos que poner el nombre de un amigo mío que estudiaba ingeniería aeronáutica, Alberto García Morel. Después hacíamos cuentas... Chorradas. En fin, ya me han dicho que me meto mucho con TVE, pero es que eran unos inútiles.

“Una vez estaba con los exquisitos que me querían encargar una historia del pop y se ponen a hablar de Dante como si yo no hubiera leído nunca... Entonces, la marquesa o condesa de Siruela me dice ‘¡pero si tú eres muy culto!’. Es cuando le contesto ‘… y también sé montar en bici’

Hablas mucho del “síndrome del impostor”.

No estaba en el libro, pero cuando se me ocurrió lo de la bici tuve que explicarlo.

Que lo digas tú tiene bemoles.

Pero es verdad. Por ejemplo, cuando, en 1975, tuve que cubrir la Marcha Verde para ‘ABC’, Pérez Reverte me preguntó qué hacía por allí un disc-jockey como yo. O en el Festival de Jazz de Vitoria, se preguntaban qué pintaba este “rockero”.

Los “sabios del jazz”…

Es que parece que solo puedes escribir de rock. Para Diego Manrique soy más folkie, pero es que también me gusta la zarzuela. Y hasta con el folk me ha pasado lo mismo, te van encasillando. En una mesa redonda de la PAM –Periodistas Asociados de Música– expliqué que nadie es dueño de ningún territorio. Cuento en el libro que una vez estaba con los exquisitos que me querían encargar una historia del pop y se ponen a hablar de Dante como si yo no hubiera leído nunca. Todo el mundo sabe decir “quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?”, pero que recites el primer terceto de “La divina comedia” entero, “nel mezzo del cammin di nostra vita…” y tal, claro, se quedaron de piedra. Entonces, la marquesa o condesa de Siruela me dice “¡pero si tú eres muy culto!”. Es cuando le contesto “… y también sé montar en bici”.

Tu relación con los libros ha sido intensa.

También me los encargaban. Recuerdo los que se hacían por fascículos, era un mundo muy exigente. Querían descontarme diez mil pesetas si me retrasaba un día y respondí que si me las pagarían ellos a mí en caso de adelantarme, así que todo quedó en tablas… Jamás me he retrasado en una entrega, ni en 55 años he llegado tarde a la radio salvo el día que cerraron Barcelona por la maratón de los Juegos Olímpicos.

Archivo de recuerdos. Foto: Alfredo Arias
Archivo de recuerdos. Foto: Alfredo Arias

Tienes muy buena memoria…

Demasiada. Todo lo que he escrito ha sido de memoria. Tengo ordenadas en la cabeza las vidas de los artistas con sus fechas.

Me han dicho que tampoco repasas lo que escribes.

Hombre, soy rápido, pero llevo cincuenta años escribiendo y no suelo meter la pata, pero después siempre lo lee todo un corrector.

¿Cómo ha sido tu colaboración con Bernardo Solís?

Fue él quien me dijo que quería escribir el libro. Cuando estudiaba bachillerato, se levantaba los sábados por las mañanas para escuchar “Todos los gatos son pardos”… Grabó unas respuestas mías, lo trajo escrito y me gustó. Así empezó todo. Yo hablaba y él lo convertía en algo legible porque no hablas igual que escribes. Entonces le hice una lista de los temas que quería incluir y cómo ordenarlos. Al final acabé escribiendo directamente la mitad de los capítulos, el que dedico a mi mujer, el de Bruce Springsteen…

Tu consagración en la radio llegó en 1984 con ese programa…

Sí, primero en Antena 3 Radio, después en Radio Voz, Onda Cero y Radio Nacional. Ya no se podría hacer porque todo está en internet. Ahora mismo dices“canciones que hablen de coches” y te salen mil. En aquellos días tenías que acordarte, conocerlas y tenerlas.

“Los de la SER le dijeron a Manuel Martín Ferrand que también lo podían hacer ellos simplemente cogiendo a uno que supiera de música. Les contestó que tenía a Pardo pero también el mejor público… Nuestros oyentes de Antena 3 eran más conocedores que los de Los 40 Principales”

¿Cómo lo hacíais?

No teníamos muchos discos, pero sí suficientes. Cada día pedía a los oyentes cinco títulos sobre un tema en concreto y solo poníamos uno o dos. La productora, Monte Merino Merchán, sabía lo que teníamos porque los había ingresado ella en la emisora, pero la gente empezó a pensar que llevaba los discos preparados de casa y tuve que cambiar de método, así que el primero que llamaba proponía la materia. Tenía que enrollarme mucho, cinco o seis minutos, mientras Monte buscaba los discos… Cuarenta años después a Bob Dylan le propusieron hacer un programa de radio y eligió el formato del mío. Me encantó.

Fue el primero centrado en las llamadas telefónicas.

Ya había programas con dedicatorias. He de reconocer que fue una improvisación... El primer día escogí como temática el color negro y salió un tío diciendo “¡ole tus cojones negros!”. Y luego estaban los que no se acordaban del título de la canción y les pedías que la cantaran. De ahí salió la idea de que yo me lo sabía todo de las canciones.

No iban desencaminados…

Pero yo solo hablo de lo que conozco. Los de la SER le dijeron a Manuel Martín Ferrand (se refiere al fundador de Antena 3 Radio) que también lo podían hacer ellos simplemente cogiendo a uno que supiera de música. Les contestó que tenía a Pardo pero también el mejor público… Nuestros oyentes eran más conocedores que los de Los 40 Principales. Cuando no había internet, las canciones que se recordaban eran las que habían significado algo para la gente. Por ejemplo, “Un domingo en Constantinopla” (se la inventa), ¡pero eso qué narices es! Sin embargo, de “azul”, “El gato que está triste y azul” (el himno de Roberto Carlos). Todos la recuerdan y lo sabes porque hay alguien que te la ha propuesto.

La música y el “veneno”. Foto: Alfredo Arias
La música y el “veneno”. Foto: Alfredo Arias

En el libro mencionas las “historias cerradas”. ¿Es más sencillo que hablar de las abiertas?

Cuando empezaron los punkis en el mundo y después la movida en España, compañeros como Carlos Tena pretendieron seguir siendo los sabios. Pero esa música yo no la puedo valorar porque no la hacen para mí, como mis padres no apreciaban el rock’n’roll: “¡Eso no es música, es ruido, a ver quién chilla más!”, decían. Cuando me preguntan si me gusta la música de ahora siempre contesto que me gusta lo que se parece a la de antes, porque lo nuevo no está pensado para mí, sino para oponerse a mí y a mis gustos. Ya lo hizo el rock’n’roll, no es ningún invento… Tengo la suerte de tener una hija que tenía un grupo punk y entonces te enteras más, pero realmente yo me refugié en la memoria, en el recuerdo. La idea de Radio 80 Serie Oro también fue mía, buscar las canciones que la gente podía recordar y apreciar, y sin querer creamos el canon de las “canciones buenas” de una época. Cuando emisoras actuales como Kiss FM buscan un tema de The Moody Blues, ponen alguna de las que teníamos nosotros. Es una lista de unos tres mil temas básicos.

En el libro hay una foto de la revista ‘GQ’ con el pie “El hombre del millón de discos” y tu colección al fondo.

En realidad son un millón de canciones, más o menos, con 300.000 repetidas varias veces. Las tengo todas catalogadas, pero sin sonido. El que hizo aquel artículo lo entendió mal o pensó que si ponía solo 100.000 discos no le dejarían publicarlo (se ríe).

Creo que eres un romántico. Por ejemplo, tener un sello vintage como Rama Lama, con todas las referencias sin descatalogar…

Son 620, casi todas dobles, entre 30 y 40 canciones. Excepto Serrat, Camilo Sesto y alguno más, están todos los de primera categoría: Los Brincos, Los Bravos, Los Canarios, Los Sirex… En dos o tres años dejaré de trabajar y menos mal que a mi hija le gusta la música más que a mí. Lleva el sello, sobre todo la parte empresarial, pero cada vez se vende menos y es más complicado que las compañías te den permisos. Estamos sobreviviendo.

“Cuando me preguntan si me gusta la música de ahora siempre contesto que me gusta lo que se parece a la de antes, porque lo nuevo no está pensado para mí, sino para oponerse a mí y a mis gustos. Ya lo hizo el rock’n’roll, no es ningún invento…”

Tu asertividad con los músicos es también proverbial.

No es bueno ser demasiado amigo de los artistas. El día que me dieron el Premio Carlos Tena me lo entregó Víctor Manuel diciendo que fui yo la única persona que había hecho un comentario negativo sobre un disco suyo y que posteriormente lo rectificó en la siguiente crítica. Y es verdad. Dices: “Coño, si es amigo mío, ¡cómo voy a decir que no me gusta nada!”. Pero no me metía con las canciones, era la promoción lo que me disgustaba. Decía que era lo mejor que Víctor había hecho nunca... Cuando pasan estas cosas, apréndetelo que es muy bueno, les pregunto: “Tres años o cuatro después, en tus conciertos, ¿cuántas canciones hay de ese disco? Ninguna. Pues ya está”. Cuando Íñigo y yo hicimos el primer disco-libro para Radio Nacional, que vendió 150.000 copias, nos llevó Julia Otero a su programa de Televisión Española “Las cerezas” y nos preguntó cuál era nuestro artista favorito. Iba a decir Los Brincos, pero José María se me adelantó y elegí a Julio Iglesias. Dos o tres días después me llamó desde Miami: “¡Qué valor tienes, te atreves a hablar bien de mí!”. Entonces, ¿por qué en lugar de telefonearme él para ir a comer otro día me llama un desconocido? Marisol quiso agradecerme la colección que saqué de ella en Rama Lama y eso que no habla con nadie. Voy mucho a Málaga, allí vive un hermano mío, pero nunca la llamo porque sé que no quiere hablar con la prensa. Más aún, tengo un primo carnal que es Juan Pardo. Tampoco quiere salir en ningún lado y no lo incordio…

Cada cual en su sitio.

Mi fuerte era hacer reseñas y solía comentar los discos de los artistas importantes aunque fuesen malos. Una vez me llamó el padre de Massiel, que también habló con el director de ‘ABC’. Les dije a los dos que si no podía escribir una reseña negativa, tampoco lo haría cuando fuese buena. Acabó siendo una de las amigas con las que más relación he tenido. Vivía sola enfrente de Rama Lama y venía mucho con su perrito a charlar.

Campo de historias. Foto: Alfredo Arias
Campo de historias. Foto: Alfredo Arias

Tampoco gastas mucha ideología.

Lo primero que te preguntan hoy en día es si tal o cual es de derechas o de izquierdas, pero yo pienso en la política como cosa genérica. En la época de Franco algunos compañeros izquierdistas me llamaban quejándose de que cuando ponían discos de cantautores prohibidos les echaban la bronca. Eran unos bobos porque no es que pusieran el disco, es que decían esto y aquello. Cuando yo ponía “L’estaca” o “Al alba” nadie se enteraba, pero si soltabas que se referían al franquismo... Yo las programaba y me decían que me la iba a cargar. Un día vino la policía a ‘ABC’ preguntando por mí, pero me molestó más que la dirección me lo escondiera… Fui yo quien introdujo la canción catalana en Madrid, y no solo a Serrat, también Marià Albero, Joan Ramon Bonet... Iba a los colegios mayores y ofrecía las actuaciones, que eran gratis.

Introducís cada capítulo del libro con una canción. Hay tres de Serrat.

Pero ha sido más cosa de Bernardo. Las de Dyango, Aute, John Miles, Al Stewart o “Runaway”, de Del Shannon, sí que las elegí yo.

El solo de claviolín de “Runaway” es alucinante.

Lo aprendí a tocar con la guitarra, no es fácil (lo tararea y mueve los dedos para explicármelo). Fernando Pardo, sobrino mío, el de Sex Museum, ha contado públicamente que se dedicó a la guitarra cuando me vio tocar eso.

Abarcas hasta la parte técnica…

Pero conozco mis limitaciones. Estuve un verano entero tocando el bajo con Juan Pardo, quería que me fuera con él a Los Brincos, pero le dije que no. Además, me pedían que dejara los estudios... Cuando Los 40 Principales decían que algo era moderno, yo sabía que no. Era nuevo porque acaba de salir, pero si suena como hace quince años no es moderno, solo es reciente. Lo moderno es lo que está avanzado. Y eso lo sabes porque has tocado. ∎

Aquí un amigo

Muchas preguntas quedaron atrás durante nuestra animada charla, pero ya era tarde y decidimos reiniciar el viaje. Atribuyo a la carencia de proteínas lo que sucedió a continuación. El caso es que me confundo de nuevo y tiro por Castalla, un itinerario tranquilo pero más largo, cuando veo horrorizado que el tanque de gasolina está vacío.

Trato de atajar por el primer desvío que encuentro y de repente nos vemos afrontando una angustiosa etapa de media montaña. Para tranquilizarme, Pardo rememora un episodio parecido con final feliz. Tras preguntar a un nativo que resulta ser extranjero conseguimos repostar aliviados y proseguimos la marcha. Cae el sol y alcanzamos un cartel que indica “Ferry a Argel”. Ya puestos, ¿por qué no nos vamos a Argelia?, me propone el copiloto.

Suena un móvil, es su mujer. Le espeta audiblemente que la llamará si algún día llega a Torrellano”. No se lo reprocho, sé que es muy bromista. Llegados al punto de fuga pretende apearse en una vía de servicio al otro lado de la travesía que da al hotel. Creo que quiere escapar cuanto antes de la trampa mortal en la que me he convertido. No se lo permito, llegamos a la misma puerta del alojamiento, desembarcamos y me disculpo con mal fario: “siento haberla liado ‘parda’, José Ramón”. Me siento como Jacques Brel en “L’emmerdeur”. Nos damos la mano y un adiós.

Diez días después vuelve a Caudete para recoger el coche. Comeremos en Santa Pola, donde lo conocen de antiguo como el “rockero”. Viene con Manuela, su mujer. La canción del mismo nombre que compuso Julio Iglesias no es más encantadora que ella. Y que él. ∎

Casi todo en todas partes

JOSÉ RAMÓN PARDO / BERNARDO SOLÍS
“… y también sé montar en bici. Una autobiografía sonora”
(Rama Lama, 2025)

Toda la obra escrita de José Ramón Pardo rezuma un estilo caracterizado por la gran capacidad de síntesis –aunque esta vez tocaba relajarse, y lo hacen–, el sentido del humor –del que no se libra ni él mismo– o la aversión a pontificar. Un factor determinante en su vida fue la decisión de abandonar un puesto fijo en ‘ABC’ para hacerse autónomo. Esto le permitió tener un recorrido profesional variado en encargos, empresas y lugares. Puede que fuese otra época, pero se nos antoja un mérito cósmico. Frente a los trepas que le reprochaban querer ser jefe, Pardo nos lo aclara: “Yo lo que quería era no tener jefe”.

Ya está preparando la segunda parte de su biografía y nos revela que incluirá un capítulo sobre su etapa en la SER. Ya llegará. Por ahora y también sé montar en bici. Una autobiografía sonora” es el tomo más revelador de este periodista de verso libre al que debemos agradecer la valentía de exponer una generosa porción de su vida en estos primeros 23 capítulos repletos de divertidísimas anécdotas y peripecias que denotan la pertinacia, seriedad y honradez de su protagonista. Pero es mejor que el lector descubra por sí mismo las delicias antiépicas de una larga carrera, aún en activo, lanzada durante el franquismo, poblada con cíclopes y lestrigones –Mick Jagger podría encajar aquí, aunque hubo situaciones más amargas–, vivida a veces bajo el “síndrome del impostor” que inspira su título, siempre presidida por el desempeño vocacional, el buen hacer y una indestructible confianza en sí mismo.

Prefacios de Víctor Manuel y Andrés Aberasturi –se los encargaron a ambos por si alguno fallaba–, un epílogo con dedicatoria del periodista Carlos Santos, una utilísima “lista de invitados” ordenados alfabéticamente, la colección de fotos de rigor y esa tipografía tan agradecida de fuentes grandes ponen la guinda a este apasionante “… y también sé montar en bici”, escrito con ayuda de Bernardo Solís.

JOSÉ RAMÓN PARDO
“Viaje a las raíces del rock & pop. Una semana por el country, el soul, el blues y el jazz”
(Rama Lama, 2025)

Por otro lado, “Viaje a las raíces del rock & pop. Una semana por el country, el soul, el blues y el jazz” es un libro más breve repartido entre las reflexiones de Pardo y su profuso material gráfico. Un road book de Estados Unidos donde el autor, cual arqueólogo, acompañado de su esposa y de dos de sus hermanos con sus respectivas consortes –Angélica Heras como principal notaria visual de la ruta–, explica con sencillez el fenómeno cultural del rock y del pop a lo largo de las ciudades y escenarios que antes alumbraron géneros como el rock’n’roll, el country, el blues, el soul y el jazz. ∎

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