En su primer trabajo largo, “Mientras dure la lluvia”, Maite Caballero (San Sebastián, 1984) invoca en su título la canción homónima de La Insidia, grupo germinal del que resultaría Family en una fase posterior. El símil musical –el de la canción pop– podría aplicarse también al desarrollo del libro: aunque hay algo parecido a un arco, este no se organiza tanto en torno a una narrativa convencional como en la sucesión de situaciones y estados de ánimo en la vida sentimental de la protagonista –sin nombre– y Don Ridel, contraparte masculina que remite a una tienda de ropa “formal” en San Sebastián, ciudad que se presenta como tercer gran protagonista.
El planteamiento podría acercarse al de una canción de otro grupo donostiarra, Le Mans. Por decir una, “Desacierto”, de su tercer álbum, “Saudade” (1996): ese momento de incomodidad existencial propio de esas relaciones que no acaban de despegar y de las que, sin embargo, no logramos liberar la mente. La incógnita sobre el deseo del otro, según el psicoanálisis, está en el centro de la condición del sujeto, como también en el centro del libro que nos ocupa. Esa incertidumbre sobre el lugar que ocupamos en el otro –sobre si nos quiere, si no somos suficiente o si acaso somos demasiado, sea este otro un particular o el microcosmos social de una ciudad– se traduce en encuentros, tanteos y especulaciones: una coreografía torpe en la que llevamos el paso de la protagonista. El libro podría considerarse su intento de empatizar y comprender las razones del poco arrojo de una especie de normie donostiarra, más o menos genérico, Don Ridel. Mantienen un cierto vínculo, pero este último no acaba ni de comprometerse ni de soltarse. ¿Responde eso a una herida interna o es simplemente el horror de un rechazo de baja intensidad? La canción nos suena de algo.
La presencia de Donosti a lo largo del libro tiene una doble vertiente. Por un lado, la de una ciudad que habita en sus propios ritos y clichés: el paseo y sus barandillas, las conductas intrafamiliares burguesas o el sempiterno lamento –“¡qué aburrido es Donosti!”– conforman lo típicamente donostiarra, con la ambigüedad y el doble vínculo de rechazo-identificación que eso produce. Por otro, el libro engarza con una discreta mitología de obras que tienen como telón de fondo San Sebastián y cierta espectralidad. Pensamos en películas como “La Morte Rouge” (Víctor Erice, 2006), que trata sobre el desaparecido teatro del Kursaal, o en “Iván Z” (Andrés Duque, 2004), que aborda un momento crepuscular de Iván Zulueta y su decadente palacete familiar, Villa Aloha. En algún momento del libro, la pareja protagonista se pregunta por el paradero de esa casa, cuya ausencia funciona como indicio de una ciudad que ya no es: la pompa de un pasado aristocrático, los restos de una modernidad cultural y la crudeza –no tan lejana– de la heroína y la contracultura.
En ese sentido, el San Sebastián de Caballero opera casi como un decorado vacío, potenciando la sensación de aislamiento psíquico y social. Una imagen que resuena, por inversión, con la ciudad actual, saturada de turismo y en constante transformación. No es casual que el bar que hace de escenario en el libro haya cerrado poco antes de su publicación. El tipo de insatisfacción que define la relación con la ciudad contemporánea se prolonga en la relación sentimental que articula el libro. ¿Cómo querer en una época sin gracia? ¿Qué lugar ocupa entonces el deseo? Frente a este panorama, una ciudad ñoña y lluviosa y un interlocutor mustio y lacrimoso, la receta de Caballero es dotar a su angustia de la gracia ausente: una gráfica voluptuosa que reivindica el exceso y rehúye el encorsetamiento; convierte las lágrimas en el sustrato de formas y escenarios escapistas en los que dejarse llevar y trascender la realidad inmediata. Visto lo visto, mejor cogerse un libro –por ejemplo, este– y, si no, como los protagonistas: hala, a llorar un rato. ∎