Serie

Margo tiene problemas de dinero

David E. KelleyT1, Apple TV+
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Las series encabezadas por a-listers de Hollywood se han vuelto más y más frecuentes desde que David E. Kelley crease “Big Little Lies” (2017-) para HBO, aunque es Apple TV la plataforma que le ha tomado el testigo postulándose como garantía de series de prestigio: frente a otros modelos que favorecen crecientemente el slop de bajo coste o la estética dopamínica para atraer a las nuevas generaciones a la tele, ellos están apostando por la inversión en valores seguros. Buenos actores, buenos guionistas y marcado sello autoral, con tratamientos relativamente naturalistas que nos hacen coger con ganas el efectismo puntual y la personalidad de producciones como “The Studio” (Seth Rogen, Evan Goldberg, Peter Huyck, Alex Gregory & Frida Perez, 2025) o “Pluribus” (Vince Gilligan, 2025-), pero también apreciar la calidad general de las ficciones algo más conservadoras en sus ambiciones.

En este segundo grupo es donde creo que se sitúa “Margo tiene problemas de dinero” (2026-), la nueva producción de Kelley para Apple TV+ en la que vuelve a adaptar una novela de éxito, en este caso de Rufi Thorpe, y donde lo más destacado tras verla es lo mismo que llamaba la atención sobre el papel: Elle Fanning en el papel principal como Margo, una joven aspirante a escritora que se queda embarazada de un profesor de universidad y, ante la dificultad de conciliar maternidad y vida laboral, opta por hacerse un OnlyFans, y los intérpretes que dan vida a su familia extendida y allegados, Michelle Pfeiffer, Nick Offerman, Greg Kinnear y Nicole Kidman.

El resultado de su esfuerzo combinado es una dramedia muy disfrutable que, como una Erin Brockovich invertida, se esfuerza menos en señalar las injusticias del sistema que en justificar y defender la dignidad de su protagonista y las decisiones que toma para sobrevivir en él: tiene el tino suficiente para retratar el universo del trabajo sexual online sin caer del lado del romanticismo ni del de la pornomiseria; frente al retrato grotesco y deformado al que se presta –y del que se quejan los espectadores de la nueva temporada de “Euphoria” (Sam Levinson, 2019-)–, OnlyFans se presenta casi como una forma de teletrabajo más, una alternativa entre lo aséptico y lo creativo que, si bien le plantea algunos problemas a la protagonista, es más por el juicio en el ojo del que mira.

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Este elemento es, creo, el más interesante: aunque se la puede acusar de minimizar las dinámicas subyacentes al intercambio de imágenes por dinero que se da en este tipo de plataformas (y los peligros que tal exposición puede conllevar para las mujeres, con relaciones parasociales, tipos obsesivos y fantasías de propiedad), también plantea un tapiz interesante en lo relativo al trabajo y las relaciones laborales. La ocupación de Margo, aunque de forma subyacente, se relaciona muy directamente con la de sus padres: tiene un componente performativo y corporal como la de su padre, una estrella de la lucha libre y un veterano que se dejó el cuerpo y la salud mental en el ring. Y no está tan alejado del patrón de objetificación femenina, vergüenza de clase y servicio a clientes no siempre agradables al que su madre, camarera en Hooters, se tuvo que someter para dar de comer a su hija.

La tesis en el centro de la serie es que, aunque el presente engendra sus propias formas, el fondo de las dinámicas de explotación laboral es prácticamente inmutable: todos hacemos lo que podemos para comer y sacar adelante una familia, y las soluciones de los pobres siempre pueden ser distorsionadas por los ricos como una degradación o perversión mientras ellos utilizan la clase para ocultar sus propias bajezas. Esto último lo personifican el pusilánime padre del hijo de Margo y su familia, que amenazan desde su púlpito con destruir a la de ella siendo ambos culpables de mayor crueldad y abusos de poder que nuestros caóticos pero afables protagonistas.

Y este es el otro gran tema de la serie: la familia y el amor incondicional que se puede esconder bajo una aparente disfuncionalidad y viceversa; la diferencia entre las etiquetas (como adicción, trabajo sexual o precariedad) y la realidad que subyace (y que puede estar plagada de solidaridad, cuidado y apoyo mutuo). En este sentido y en todos, la serie es bastante benévola: ni el profesor abusador, ni la familia moralista, ni la pobreza y el trabajo sexual son irredimibles ni razones para desesperar. El conflicto existe, pero se pasa rápido, y con lo que nos quedamos es con una fábula feel good de la era pos-MeToo en la que ningún error se paga demasiado caro; ninguna estructura de explotación se blanquea totalmente, pero tampoco se condena con rotundidad.

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Hay un pragmatismo propio de una sociedad en crisis donde lo importante vuelve a ser sobrevivir y encontrar un hueco para la autoexpresión, aunque este sea en realidad estrecho y asfixiante: es así como la actividad de Margo en OnlyFans se convierte en un sustituto aceptable para su ambición original, high-brow, de triunfar como escritora a la antigua usanza. Otro punto a favor es que la serie cuida mucho la construcción de su obra ficticia: ella crea un personaje, Hungry Ghost, mediante un original ejercicio de cosplay y autoficción en el que Margo se convierte en una alienígena sexi e ingenua. Las secuencias reales e imaginadas de este personaje son cautivadoras y sugerentes y, a diferencia de lo que suele suceder con estas cosas, hacen que sea perfectamente creíble que sus vídeos causen sensación en TikTok.

En este sentido, la serie prioriza una idea amplia de ficción y ejercicio narrativo sobre la exposición del cuerpo de su mujer protagonista, que incluso cuando aparece desnuda en pantalla lo hace de forma natural y poco sexualizada. Hay una especie de euforia en la observación de este tipo de imágenes que comparto: en la idea, a la vez innegable e ingenua, de que el desnudo es algo inocente y no marcado; idea siempre tensionada por el mundo del espectáculo. Me emocionó especialmente una escena en la que Michelle Pfeiffer y Nicole Kidman se dan ánimos mutuamente: hablan sus personajes, claro, pero es difícil no conectar con la realidad de ellas, dos iconos del cine que, sin representar ya una juventud consumible, han entrado en la lucha por la supervivencia común a las actrices en su madurez, un universo de bisturís, críticas, nostalgia y televisión para plataformas con ínfulas de prestigio. Su mera presencia parece decir “hay que hacer lo que sea por sobrevivir”. ∎

I will survive.
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