Imagina un disco que solo puedes escuchar en fragmentos. Algunas partes suenan al revés, otras se distorsionan cuando te acercas al centro, y algunas se borran cuanto más te concentras en ellas. Así se siente leer “Casa de hojas” (“House Of Leaves”, 2000) de Mark Z. Danielewski. Publicada por primera vez hace veinticinco años, la novela se ha convertido en un objeto de culto: no solo un experimento literario, sino un vórtice que arrastra dentro de sí todas las formas de arte, todos los medios, todas las épocas marcadas por la paranoia y la obsesión. Editado originalmente en España por Alpha Decay y Pálido Fuego en 2013 como “La casa de hojas”, con traducción de Javier Calvo, después de años descatalogado y solo encontrado en mercados de segunda mano a precios de tres cifras por lo menos, Duomo lo vuelve a poner en circulación con el interior intacto y alguna pequeña novedad en el diseño de cubierta.
En la superficie, “Casa de hojas” es una novela de terror, una historia de casa encantada para la era digital, pero pronto se libera de cualquier etiqueta de género en cuanto intentas definirla. Trata sobre una casa que es más grande por dentro que por fuera, sí, pero también sobre un académico ciego que analiza obsesivamente un documental inexistente sobre esa casa, y sobre un tatuado holgazán autodestructivo que encuentra esas notas y se lanza a su propia espiral de locura. Es una cinta de Moebius narrativa, llena de notas al pie, texto tachado, escritura en espejo, fuentes que cambian, páginas que se desvanecen.
La novela de Danielewski es una ruina deliberada, una estructura textual ya en proceso de descomposición cuando entras en ella. El lenguaje se cuelga, se repite. Las notas al pie remiten a otras notas al pie que remiten a apéndices que quizá ni existen. Hay una sensación de que el medio mismo se está deshaciendo, un embrujo no solo del contenido sino de la forma. Algunas páginas tienen una sola palabra o línea, obligándote a girar el libro, leer de lado, entrecerrar los ojos o incluso leer de pie. “Casa de hojas” es fruto de su época, compartiendo la obsesión por la alienación y la fragmentación: desconexión frente al exceso de datos, tristeza sin origen claro. La novela de Danielewski puede leerse como el equivalente literario de la hauntología: esa sensación de que algo espectral y a medio recordar se infiltra en el presente.
“El expediente Navidson”, el supuesto documental en el corazón del libro, es una especie de medio maldito, como la cinta de vídeo en “El círculo” o las grabaciones encontradas de “El proyecto de la bruja de Blair”. La casa de Ash Tree Lane es un espacio sónico en mutación, que absorbe pisadas, respira silencio. Cuanto más se adentran los exploradores en sus pasillos interminables, imposibles, en expansión constante, más se convierte “Casa de hojas” en una obra sobre la obsesión, la adicción y la entropía.
Johnny Truant, el vagabundo tatuado de Los Ángeles cuya voz domina gran parte de la narración, funciona como un recipiente roto, parte expulsado del universo de Bret Easton Ellis, parte víctima lovecraftiana. Su caída en la paranoia, las drogas y las alucinaciones es un comentario sobre la saturación mediática. Pierde la capacidad de distinguir entre su vida y la de Navidson, el fotoperiodista perseguido por el vacío.
“Casa de hojas” no es solo ingeniosa. Es genuinamente perturbadora. La imagen central -un pasillo negro que se abre donde debería haber una pared- se convierte en metáfora del duelo, del trauma, del vacío de significado. En una era saturada de contenido, “Casa de hojas” sigue siendo algo único. Es una novela que no puede adaptarse del todo. Resiste a las pantallas. Exige presencia, desciframiento, interacción. Y al hacerlo, tiende puentes entre lo analógico y lo digital, lo literario y lo musical, el pasado encantado y el futuro ansioso. ∎