En febrero de 2025, en la gala de los Screen Actors Guild Awards, Timothée Chalamet recogió el premio al mejor actor por su interpretación en “A Complete Unknown” (James Mangold, 2024) y pronunció un discurso que, visto en retrospectiva, parece un adelanto de la que es su interpretación más emblemática y definitoria hasta la fecha, la del buscavidas deslenguado y prodigio del pimpón Marty Mauser en la mareante y pesadillesca “Marty Supreme” (2025; se estrena hoy), de Josh Safdie, codirector, junto a su hermano Benny, de asfixiantes delirios urbanos como “Good Time” (2017) o “Diamantes en bruto” (2019). “Estoy en búsqueda de la grandeza. La gente no suele hablar así, pero quiero ser uno de los grandes”, afirmaba Chalamet, vestido con una camisa verde brillante y una cazadora de cuero, y exhibiendo, ya entonces, el estrecho bigotito que, junto a unas diminutas gafas redondas, constituye la marca identitaria de su volcánico personaje en el filme de Safdie. La ingenuidad desarmante, la ambición desmedida y el irritante exceso de autoconfianza con las que pronunció esas palabras, sobre todo tratándose de una persona que no había cumplido aún los 30 años, convierten ese instante y la interpretación del actor en “Marty Supreme” en un todo homogéneo, tan redondo y compacto como esas pelotas de pimpón naranjas que el protagonista quiere patentar y en las que se puede leer, encima de su rimbombante nombre artístico, “Made in America”.
“Marty Supreme” es muchas cosas al mismo tiempo. Un filme apabullante, de ritmo taquicárdico, que empieza como un biopic deportivo ambientado en la Norteamérica de los cincuenta (Marty Mauser está muy vagamente basado en la estrella del tenis de mesa real norteamericana Marty “The Needle” Reisman) para, muy poco después, volar por los aires las expectativas del público ante lo que está viendo (¿no iba a ser esto una confortable y reconocible narrativa sobre el costoso ascenso a la fama y al éxito de un chaval judío del Lower East Side neoyorquino?) y convertirse en un descenso a los infiernos de un personaje enervante que, como buen protagonista safdiesco, no puede parar de tomar malas decisiones. Pero también es una reflexión, en clave histérica, sobre el individualismo y el nacionalismo norteamericano de posguerra y el espejismo engañoso del american dream que fulmina las barreras entre épocas históricas gracias a una excelente banda sonora original de sonidos electrónicos (obra de Daniel Lopatin, compositor también de “Diamantes en bruto”) repleta, además, de temazos de la década de los ochenta. En los memorables e hilarantes títulos de crédito, que parecen recalcar la naturaleza de Marty como un ganador innato, incluso en el ámbito de la procreación, suenan “Forever Young”, de Alphaville, a la que después se unen hits de Tears For Fears (“Everybody Wants To Rule The World”), New Order (“The Perfect Kiss”) o Peter Gabriel (“I Have The Touch”). Este anacronismo consciente apunta en dos direcciones: en primer lugar, sitúa a Marty de forma inmediata en ese futuro brillante que él sueña para sí mismo y, en segundo lugar, conecta el individualismo feroz, la obsesión por el éxito y la energía bravucona de la Norteamérica que había vencido en la Segunda Guerra Mundial con una época histórica similar, la de los Estados Unidos de Ronald Reagan, la del renacimiento del mito del american dream y de la avaricia ultracapitalista. Si hubiera nacido en los ochenta (como los Safdie, por otro lado), tal vez Marty hubiera podido ser el discípulo aventajado de Gordon “Greed is good” Gekko.
Marty no es, sin embargo, un personaje movido por el cinismo o el descreimiento, sino todo lo contrario: la exagerada fe en sí mismo y en su capacidad de triunfar a través del pimpón (una religión de la que parece ser el único feligrés) lo llevan a actuar de forma egoísta y deplorable, y a utilizar de forma desvergonzada a todas aquellas personas que se cruzan en lo que él piensa que es su irremediable ascenso al éxito. Marty es, pues, un agujero negro, un tornado constituido por un ansia de grandeza enfermiza, una insultante incontinencia verbal y una confianza en sí mismo escasamente fundamentada, que succiona en su interior a todo aquel que se cruce en su camino. Es un enorme mérito de Chalamet que, pese a todo esto, Marty sea un personaje tan irritante como carismático, tan odiable como encantador; alguien a quien, depende del momento, el público podría querer parecerse, dar consejos, pegar una paliza o acabar en la cama con él. En este sentido, la interpretación nerviosa de Chalamet, siempre en lo más alto de sus posibilidades expresivas, y a la vez la aparente ligereza con que aborda hasta la más complicada de las situaciones lo sitúan cerca de uno de los trabajos más complejos de Leonardo DiCaprio, quien en “Atrápame si puedes” (Steven Spielberg, 2002) encarnó a un buscavidas y embaucador de encanto similar. Con sus rostros angelicales, de facciones adolescentes y sonrisa falsamente inocente como si nunca hubieran roto un plato, el DiCaprio de “Atrápame si puedes” (que tenía solo 27 años cuando la rodó) y el Chalamet de “Marty Supreme” parecen encarnar en sus ansiosos cuerpos juveniles las contradicciones del sueño americano: un aspecto inmaculado que oculta un interior repleto de claroscuros, algo replicado en la sombría fotografía de Darius Khondji, que aproxima el filme al realismo tenebroso y noctámbulo de algunos cineastas del Nuevo Hollywood que sirven a Safdie de reconocida inspiración, desde el William Friedkin de “Contra el imperio de la droga” (1971) al Martin Scorsese de “Jo, ¡qué noche!” (1985).
Hay en esta aventura en solitario de Josh Safdie, su segundo largometraje como único director después de “The Pleasure Of Being Robbed” (2008), una ambición (es un costoso filme de época ambientado en Nueva York, con largas escenas que recrean el Londres y el Tokio de mediados del siglo XX) y, sobre todo, una intensidad emocional distinta a la de los adrenalínicos filmes codirigidos con su hermano Benny. Marty, como Howard Ratner (Adam Sandler en el papel de su vida) en “Diamantes en bruto”, es un vendemotos ególatra y pendenciero con quien no querrías cruzarte nunca. Pero en “Marty Supreme”, Josh Safdie y su guionista habitual, Ronald Bronstein (también lo es de “Good Time” y “Diamantes en bruto”), parecen determinados a proporcionarle una posibilidad de salida del agujero negro en el que se ha metido él solito. Y lo hacen a partir de un tercer acto de alto voltaje emocional en el que caben la humillación más dolorosa y el sentimiento de amor más grande que un ser humano pueda sentir. Safdie y Brostein rodean a Chalamet de personajes secundarios construidos de manera tan compleja como el propio protagonista, muchos de ellos interpretados por no-actores o colegas del director –algo habitual en los filmes de los Safdie: uno de los personajes de “Go Get Some Rosemary” (2009) estaba interpretado por Lee Ranaldo, de Sonic Youth– que encajan físicamente, a la perfección, en el papel: desde el rapero Tyler, The Creator a un aterrador Abel Ferrara, convertido en una suerte de John Wick sin habilidades físicas pero con idéntica mala uva. En este sentido hay que destacar los dos personajes femeninos: Rachel (Odessa A’Zion en una interpretación apabullante), la chica de barrio, infelizmente casada y embarazada de Marty; y Kay (Gwyneth Paltrow en un comeback espectacular en el que interpreta una versión autoconsciente de sí misma), la madura estrella de cine retirada y objeto de deseo de Marty.