Serie

Mis muertos tristes

Pablo Larraín › (miniserie, Netflix)
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Ingmar Bergman tuvo la capacidad de reducir los 300 minutos de su serie “Secretos de un matrimonio” (1973) a los 180 de la versión condensada para las salas cinematográficas estrenada un año después. El cineasta sueco repitió la operación con “Fanny y Alexander” (1982) –312 minutos en formato televisivo y 197 en largometraje, aunque primero se vio el filme que la miniserie– y, ya en este siglo, Olivier Assayas realizó similar operación quirúrgica, dolorosa a todas luces, con “Carlos” (2010), reduciendo el original en tres episodios de 330 minutos a los 158 del montaje cinematográfico.

Pablo Larraín ha hecho algo parecido con “Mis muertos tristes” (2026), pero con menor cuantía de metraje reducido. Como ocurrió con “Fanny y Alexander”, primero se ha estrenado en pantalla grande (el 21 de septiembre en el festival de San Sebastián) para pasar tres días después al streaming. La serie, estructurada en cuatro episodios, dura 201 minutos y en San Sebastián se presentó un montaje ligeramente recortado a 187. Un cuarto de hora menos que apenas atañe a las separaciones entre episodios y algún otro detalle que no supone una variación tan importante como en las series citadas de Bergman y Assayas. De hecho, “Mis muertos tristes” viene a suscribir aquello –expandido en los últimos diez o quince años, sobre todo en festivales de cine– de que muchas miniseries no dejan de estar planteadas como películas largas, muy largas.

El formato original es el seriado, con un criterio ciertamente homogéneo, lo que no impide que el primer episodio sea atrayente, el segundo decaiga un poco y resulte reiterativo, y los dos restantes remonten el vuelo partiendo de una idea muy atractiva, cortesía de la prosa fantástica de la escritora argentina Mariana Enriquez: la serie mezcla el retrato social de una Buenas Aires pobre, sucia, escabrosa y violentada en todos los sentidos (concretamente el barrio de Piedrabuena) con una historia fantástica en la que una doctora a la que acaban de obligar a jubilarse (una excelente Mercedes Morán) ve muertos y escucha sus voces, lo que la convierte en gurú a su pesar de todos aquellos que quieren comunicarse con sus muertos pese a que estos sean muy tristes porque perecieron de forma atroz o solitaria, asesinados u olvidados por el mundo. A esta simbiosis entre relato social y género fantástico –nada que ver con el realismo mágico– añadamos que otros personajes que parecen estar afectados por el consumo de agua infectada también pueden escuchar a los muertos, pero no verlos como la doctora, y que la sobrina de esta tiene un don parecido, resuelto con una intensidad física y sensual bien distinta.

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Larraín da un paso hacía algún lado aún indefinido con esta su tercera experiencia televisiva –en 2011 creó y realizó “Prófugos”, una serie sobre narcotraficantes; en 2021, en Estados Unidos, “La historia de Lisey”, sobre una novela de Stephen King–, aunque su obra ya está de por sí repleta de requiebros. Porque no es lo mismo “Tony Manero” (2008) que “Neruda” (2016), ni “Post mortem” (2010) que “Spencer” (2021), ni “No” (2012) que “El conde” (2023), ni “El club” (2015) que “Ema” (2019). En pocas cosas se parecen el tratamiento que dio en sus inicios a la realidad chilena de Pinochet que el otorgado en los abstractos biopics de Jackie Kennedy, Diana de Gales y María Callas, y aún menos a esta visión entre espiritual y macarra que ofrece de una ciudad argentina desolada y desoladora. Tampoco tiene nada que ver el mundo de Enriquez con el de King, así que las concomitancias entre “Mis muertos tristes” y “La historia de Lisey”, en la que su protagonista está obsesionada con el fantasma de su difunto marido, se quedan en nada por cuestiones de óptica, planteamiento general, tratamiento narrativo, vis de comedia negra, ambiente y puesta en escena, con esos largos paseos de la protagonista por las calles de un barrio que resulta tan violento y peligroso como una suerte de edén en medio de una ciudad que se extingue como metáfora amplia del país. En este sentido, “Mis muertos tristes” tiene la evidente carga política, a través de la lectura fantástica, que en este momento poseen todas las producciones argentinas –la serie es coproducción entre Argentina y Chile y se ha rodado en los dos países– inmersas en la defenestración cultural del gobierno de Javier Milei. Enriquez lo explicó muy bien en San Sebastián: “La cuestión política en la serie y en mi trabajo en general no es una respuesta a este momento presente de Argentina, pero no porque yo tenga algún tipo de simpatía por la actual administración política, sino porque el problema en nuestro país, y en gran medida en Latinoamérica, es estructural: el modelo fracasó y ese modelo no pudo ser remplazado por ningún otro que le haga a la gente tener una vida más sencilla, y Argentina, lamentablemente, como los fantasmas del relato, está en un loop: repite su historia constantemente con diferentes tendencias políticas y gobiernos”.

Algunas situaciones y espacios recuerdan a otros filmes, como el enorme depósito de agua situado en lo alto de un edificio donde fallece uno de los personajes: imposible no pensar en “Dark Water” (Hideo Nakata, 2002) y su remake “Dark Water (La huella)” (Walter Salles, 2005). La serie es puro Larraín en malabarismo fotográfico y de edición y funciona bien en la integración de lo sobrenatural con la disección de un extraño microcosmos social y familiar: la hija de la doctora, interpretada por Dolores Fonzi, entra y sale del relato lo justo, y la aportación absurda de los familiares que llegan de Oregón conecta con los primeros largometrajes del director chileno. Puede que en el cómputo final sobren algunos de los muertos de los que la doctora se hace cargo, pero “Mis muertos tristes” hilvana bien en un solo relato televisivo varios relatos literarios de Enriquez en los que lo sobrenatural y lo natural conviven entre la elegancia y la ironía. ∎

Los mundos de Mariana Enriquez.
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