El inglés Ridley Scott (South Shields, 1937) consolidó su carrera con su tercer largometraje, “Blade Runner” (1982), un título clave en el establecimiento de una estética posmoderna en las antípodas del naturalismo que él mismo cultivó tan bien en su ópera prima “Los duelistas” (1977). Resulta curioso cómo sus últimas películas pretenden recuperar una forma de entender el cine más cercana a la de su primer filme que al paradigma digital contemporáneo que contribuyó en parte a crear con su adaptación de Philip K. Dick. Su título previo a “Napoleón” (2023), “El último duelo” (2021), se situaba ya en esta línea, aunque arrastraba una contradicción de planteamiento. Pretendía erigirse como una aportación al discurso del MeToo desde el cine histórico medieval. Pero el uso tergiversado de la estructura “Rashomon” (Akira Kurosawa, 1950) y el poco desarrollo de la protagonista femenina ponían en evidencia hasta qué punto el feminismo era una excusa para acabar montando aquello que realmente les apetecía al director y a los actores y coguionistas, un duelo a la medieval manera.
En “Napoleón” también se palpan las ansias por recuperar una forma clásica de orquestación del cine histórico y de las batallas decimonónicas. El elemento más potente de este nuevo biopic en torno al militar francés radica en la manera en que Scott concibe el tránsito del siglo XVIII al XIX como un continuo juego de movimientos humanos y de masas a diferentes escalas e intenta imprimir parte de esta dinámica a su filme. Los conflictos de poder en el seno de la Revolución Francesa resultan un vaivén de intereses que el protagonista contempla desde cierta distancia. A partir del guion de David Scarpa, Scott nos presenta a un Napoleón testigo directo de la Historia –en la primera secuencia lo vemos asistir a la decapitación de María Antonieta, una de esas licencias con la verdad de los hechos que han enervado a los franceses– que, sin embargo, permanece impertérrito a las cuitas políticas internas al tiempo que está obsesionado con devolverle la grandeza a Francia.
“Napoleón” se construye en base a combinar la orquestación de las grandes batallas que jalonan la trayectoria del emperador, lo mejor de la película, con el papel que jugó Josefina en su vida privada. Esta dialéctica le permite a Scott presentar una visión desmitificada del general, un hombre con una gran capacidad para liderar ejércitos que sin embargo no sabe satisfacer sexualmente a su esposa. En las escenas privadas es Vanessa Kirby quien logra brillar como esa mujer de personalidad desbordante que no se doblega ante el emperador. El registro interpretativo de Joaquin Phoenix permite otorgarle a Napoleón un matiz vulnerable que no presentaba en otras películas, incluso lo vemos llorar en alguna ocasión. Al tiempo que mantiene ese rictus circunspecto en algunas exposiciones públicas. Pero con este papel Phoenix empieza a dar muestras preocupantes del mal del actor prisionero de su propio método.
Producida por Apple TV+, la película dispone en principio de un primer montaje en torno a las cuatro horas que podrá verse en esta plataforma digital, mientras que en cine se estrena en una versión de dos horas y media largas. A este “Napoleón reducido” le sientan bien las elipsis, en tanto le inyectan agilidad a un género, el biopic histórico, con tendencia a lo completo y a embarrancarse en el relato de episodios prescindibles. Al mismo tiempo, en la película no acaba de cuajar ninguna idea realmente sólida y potente en torno a la figura de Napoleón y al lugar que ocupa en la Historia. Al menos no la que se apunta con el colofón final, hasta qué punto la grandeza o bajeza histórica de un líder debe medirse por el número de muertos que ha causado. ∎