Viñetas de separación. Foto: Mikel Ponce
Viñetas de separación. Foto: Mikel Ponce

Entrevista

Paco Roca: “No busco cómplices. Busco lectores que soporten la incomodidad”

Hay autores que buscan consolar y autores que prefieren incomodar. Paco Roca lleva dos décadas en el segundo grupo, y con “El viaje” firma su libro menos complaciente: la crónica de una ruptura contada sin culpables, sin catarsis y sin la promesa de que todo irá mejor. Le preguntamos por qué eligió quedarse en el punto exacto en que duele, por qué se quita las herramientas que mejor domina y qué queda del cómic cuando se renuncia al consuelo.

Paco Roca (Valencia, 1969) llegó a Madrid pocas semanas después del lanzamiento de “El viaje” (Astiberri, 2026), su nuevo álbum apaisado. 192 páginas en las que Fran, su alter ego más o menos reconocible, queda varado en un pequeño pueblo de la Patagonia argentina después de que una relación de casi veinte años, con dos hijas de por medio, se rompa de forma irreversible. Sin vuelo de regreso. Sin nadie a quien llamar. Sin el drama que se supone que debería estructurar todo. La historia que Roca cuenta no tiene conflicto catártico ni resolución consoladora. Solo un hombre que tarda trescientas viñetas en entender algo que el lector ya sabía desde la página diez.

Premio del Cómic Barcelona 2025 a toda su trayectoria, con “Arrugas” (Astiberri, 2007) y “La casa” (Astiberri, 2015) convertidas en películas y con prácticamente cada uno de sus últimos trabajos ya en opción cinematográfica, Roca es el autor de cómic español con mayor presencia fuera del medio. Eso no le hace la vida más fácil. Se lo hemos preguntado. Nos ha respondido con la misma honestidad irritante con que trabaja.

Enfrentarse a la vida. Foto: Mikel Ponce
Enfrentarse a la vida. Foto: Mikel Ponce

“El viaje” es la historia que menos respuestas da de todo lo que has hecho. ¿Fue una decisión desde el principio o llegaste ahí mientras lo dibujabas?

Sí que lo pensé. Todos los cómics que hago son, de alguna manera, una búsqueda de respuestas. Con “El abismo del olvido” (Astiberri, 2023) intentaba entender por qué las familias necesitan recuperar a sus muertos de las fosas. Con “La casa” buscaba qué hacer con ese vacío que deja la muerte del padre, si hace falta mantener la casa o no. Y más o menos siempre llego a algo. Hay alguna luz al final. Aquí no. Aquí me quedé con las mismas preguntas con las que empecé, quizá con alguna más. Pero también me parecía que cualquier otra cosa hubiese sido mentira. Cuando estás en ese momento de una ruptura, no hay nada que nadie pueda decirte ni hacerte que cambie tu estado de ánimo. Todos hemos pasado por ahí y lo sabemos. Sabemos que es cuestión de tiempo, que el cerebro tiene que reinventarse y dejar a un lado ciertas costumbres y aprender unas nuevas. Pero en ese punto exacto no hay esperanza. Y la historia se queda ahí, en ese punto.

El protagonista no es víctima ni culpable. Es las dos cosas a la vez. ¿Cuánto cuesta mantener ese equilibrio sin que el lector se ponga de un lado?

Corres muchos riesgos. El primero es quedarte únicamente en el protagonista y convertirte en una historia de víctima y culpable, que es lo más fácil. Pero la narrativa, la ficción, te obliga a empatizar con otros puntos de vista. Cuando estás construyendo la historia y tienes que ponerte en el ángulo del otro personaje, llegas a otro tipo de conclusiones. Y además todos hemos estado en los dos lados. Hemos dejado y nos han dejado. Cuando eres tú quien deja, entiendes que cuando llega ese punto de no retorno da igual lo que haga la otra persona: ya no hay vuelta. Y eso es lo que hace tan complejas las relaciones de pareja, que querer o no querer es irracional. Puedes querer a alguien que no te conviene y dejar de querer a alguien que sobre el papel lo tenía todo. No podía buscar víctima ni culpable porque la historia no va de eso. Va de cómo gestionamos una ruptura. De cómo gestionamos la memoria. Al final lo que muestro es una relación como la mayoría: sin grandes razones para separarse, sin toxicidad, sin confrontación extrema. Solo el desgaste.

“Cuando estás construyendo la historia y tienes que ponerte en el ángulo del otro personaje, llegas a otro tipo de conclusiones. Y además todos hemos estado en los dos lados. Hemos dejado y nos han dejado. Cuando eres tú quien deja, entiendes que cuando llega ese punto de no retorno da igual lo que haga la otra persona: ya no hay vuelta”

El protagonista se llama Fran y se parece a ti pero no del todo. La autoficción a medias. ¿Por qué ese juego en lugar de ir del todo hacia un lado o hacia el otro?

No sé si es la mejor solución. Pero lo que nos atrae de lo que nos cuentan a veces es pensar que es real. Cuando escuchas a Sabina, que también trabaja mucho desde la autoficción, te entra todo más rápido porque reconoces cosas de su biografía. Nos gusta pensar que esa mentira que vamos a leer es la verdad de alguien. En el cómic hay un problema añadido: tienes que dibujar al protagonista. ¿Qué haces? ¿Lo haces distinto a ti? ¿Igual? Podría haber elegido un aspecto muy diferente al alter ego que uso en “Memorias de un hombre en pijama” (Astiberri, 2011). Al final decidí ese camino porque me permitía empatizar mejor con él como autor. No imaginaba otra persona para esa historia. Y además los lectores que me hayan seguido tienen ya toda una historia acumulada en ese personaje. En el casting era el que mejor encajaba.

En “El viaje” te impusiste un escenario liminal, casi sin recursos visuales, con diálogo puro durante ciento y pico páginas. ¿Qué pasa cuando un dibujante voluntariamente se quita las herramientas?

Era ponerme zancadillas como narrador y como dibujante. Pero al mismo tiempo era limitar mucho a los personajes para que no pudiesen tener otra distracción más que hablar entre ellos. En Buenos Aires, cuando estuve por trabajo, coincidíamos los que estábamos en el hotel en las comidas y en las cenas, pero luego cada uno hacía su vida. Buenos Aires tiene mil cosas que hacer. Necesitaba un lugar que realmente te empujase hacia la introspección. La Patagonia es eso. Y aun así acaba siendo protagonista también: los pocos paseos que hay te llevan a un estado de ánimo concreto. Podría haber situado la historia en Buenos Aires, irse a un boliche, pasear las calles. Hubiese sido otra historia. Habría sido más visual, quizá más cómoda. Pero no era la que quería contar. Lo que me interesaba era el tema en sí y el mundo interior del personaje. La conversación pura. Soy consciente de que es un reto narrativo: mantener una historia sin acción ni escenario. No sé si lo he conseguido. Siempre estás lleno de dudas.

Narrador con sentimiento. Foto: Mikel Ponce
Narrador con sentimiento. Foto: Mikel Ponce

Vuelves al formato apaisado. Si no estás destrozando estanterías, andas complicando mucho la distribución. ¿Qué te da el horizontal que no te da la página vertical?

La primera vez fue con “La casa”. Empecé en vertical y enseguida me aburrí, porque lo había hecho tantas veces que antes de empezar ya sabía cómo iban a ser las viñetas. Casi que ya estaba todo hecho antes de empezar. Lo planteé en horizontal y de repente funcionaba porque ya no te servía nada de lo que habías aprendido. Es como jugar de cero, descubrir la página como cuando estabas empezando. Hay menos referentes en la página horizontal que en la vertical, así que te estás creando tú el diseño mientras vas probando. Además permite dobles lecturas: viñetas de contemplación a un lado, narración al otro, y se pueden leer de forma simultánea. La lectura de un cómic ya es anárquica de por sí. Abrimos la doble página y hacemos un barrido, vamos a la última viñeta, volvemos. En el horizontal, si te pierdes, vuelves enseguida. Me sigue gustando más el horizontal que el vertical. Y si no está consiguiendo IKEA ese formato de estantería, confió en que pronto lo logre.

Ya tienes varias adaptaciones con resultados distintos. ¿Llegas a un punto en el que el cómic y la película son para ti cosas completamente separadas?

Con el tiempo pierdes ese concepto de que adaptarte al cine es el mayor éxito que le puede pasar a tu obra. Me acuerdo la primera vez, con “Arrugas”: pensaba que había tocado techo y qué más podía pasarle ya a una obra. Con el tiempo entiendes que tu obra es el cómic. Lo demás está bien, pero no supone un éxito mayor del libro. Ya no me involucro en las adaptaciones más allá de lo que me piden. Prefiero seguir creando historias nuevas que volver dos años atrás a contar lo mismo en otro formato. Lo que sí me gusta es hablar con el equipo en la preproducción, quedar con los guionistas o con el director y hablar de lo que yo quería hacer, de cómo ellos lo ven, de soluciones que a ti no se te habían ocurrido. Siempre, o casi siempre, me han tratado con mucho respeto. Hay cosas que ves y dices: “Esto se me podría haber ocurrido a mí”. Y eso me gusta. ∎

Parado en el barro

PACO ROCA
“El viaje”
(Astiberri, 2026)

Desde Arrugas” (Astiberri, 2007) hasta El abismo del olvido” (Astiberri, 2023), Paco Roca ha construido una obra sobre el mismo principio: preguntas que parecen demasiado grandes para una viñeta y que resultan ser exactamente del tamaño de una viñeta. Preguntas sobre la memoria, sobre el duelo, sobre lo que queda cuando algo se acaba. Siempre con alguna luz al fondo. “El viaje” lleva ese principio a su límite: aquí las preguntas se quedan sin respuesta. Y eso es deliberado.

Su pareja y madre de sus hijas le dice a Fran “ya no te quiero”. Una frase sin culpable, sin agravios acumulados, sin argumento que la sostenga. La más devastadora de todas, precisamente porque cierra todas las salidas a la vez. Queda varado en un pueblo de la Patagonia argentina y el cómic lo sigue mientras su cabeza fabrica en bucle los escenarios alternativos que podrían cambiar las cosas. ¿Y si hubiera dicho aquello antes? ¿Y si llama ahora? ¿Y si lo que ella siente es miedo y no desamor? Fran ya lo sabe en alguna parte de sí mismo. Pero sigue construyendo ficciones que le permitan aplazar la rendición. Roca dibuja ese mecanismo con precisión descarnada: la resistencia a asumir la evidencia es biología pura, una cuestión de cómo el cerebro tarda en soltar lo que ha sostenido durante veinte años y en aprender a sostenerse de otra manera.

Roca viene usando el formato apaisado desde “La casa” (Astiberri, 2015), “Regreso al Edén” (Astiberri, 2020) y “El abismo del olvido”, y aquí lo lleva más lejos todavía. Viñetas de diálogo interior y viñetas de contemplación que se leen en paralelo, cada una con su propio peso. El paisaje patagónico actúa como estado de ánimo: la amplitud vacía de ese territorio que empuja hacia dentro porque fuera, sencillamente, no hay dónde ir. Roca es cada vez mejor dibujante y cada vez más exigente con quien lee. Pocas veces alguien ha dibujado tan bien ese estado: saber la verdad y tardar todavía en rendirse a ella. Lo hemos vivido todos. ∎

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