El vampiro ha sido, durante décadas, una figura asociada al romanticismo oscuro y al terror gótico, aunque su historia cultural puede remontarse hasta mucho más atrás. En “Sedienta”, Paula Guerrero (Almendralejo, 1996) desplaza ese imaginario hacia un territorio mucho más íntimo e incómodo: el del cuerpo como lugar de deseo, de impulso y de extrañeza. Su cómic propone una relectura del mito vampírico desde una sensibilidad contemporánea, donde lo monstruoso no aparece como algo externo, sino como una prolongación inquietante de lo cotidiano.
La figura del vampiro es recurrente en la trayectoria de la autora. Guerrero, que procede del mundo de la autoedición y es artista multidisciplinar con base en Bilbao, comenzó a destacar como dibujante de cómic en 2018 con la presentación en formato fanzine de sus personajes Chica Vampiro y Cabeza de Perro, donde ya apuntaba muchas de las preocupaciones presentes en “Sedienta”: el deseo, la corporalidad y una mirada irónica sobre el mito.
Nuestra vampira protagonista, treintañera ya para siempre, duerme en una nevera y trata de “ordenar con coherencia cada cosa que me ha pasado”. Así comienza el cómic, con un sueño del que la vampira se despierta sobresaltada, dándose en la cabeza con la tapa de la nevera. “La eternidad puede ser tan aburrida cuando nada cambia…”. Entre esas cosas que “le han pasado” se filtran experiencias en apariencia autobiográficas de la autora. “Conocí a aquella chica una noche en Badajoz”, dice Batúm, chico murciélago y vampiro atípico que odia la violencia, la noche en que conoce a Chica Vampira. Le siguen una sucesión de capítulos encabezados por un arcano del tarot “tuneado” por Guerrero y diferenciados por el color de las páginas: una noche eterna donde los espacios se funden.
La sed que define a la protagonista funciona como una metáfora del deseo y del impulso descontrolado que brota desde su propio cuerpo. Este se convierte en el motor de un relato que alterna momentos de quietud con irrupciones violentas, y en el que abundan primerísimos planos que intensifican la expresividad de los personajes y la atmósfera nocturna. Un ritmo que revela una sensibilidad –en parte– cinematográfica. De hecho, uno de los aspectos más sugerentes del cómic es su resonancia con el imaginario del cine de horror de la “nueva carne”, especialmente con “Videodrome” (David Cronenberg, 1983). Como en la filmografía del director canadiense, el cuerpo aparece aquí como un territorio inestable, un espacio donde lo biológico y lo psicológico se contaminan mutuamente. En ese sentido, “Sedienta” dialoga con la tradición del body horror, aunque la desplaza hacia una escala más íntima. El horror no proviene tanto de una amenaza externa como de la sensación de extrañeza hacia el propio cuerpo, convertido en un lugar de deseo, incomodidad y transformación.
Otro referente que sobrevuela la obra es Joann Sfar, especialmente su serie “Vampir” (2001-2005; Fulgencio Pimentel, 2023). Como en las historias de Sfar, el vampiro deja de ser una figura solemne o puramente terrorífica para convertirse en un personaje atravesado por emociones contradictorias y consumo de cultura pop. Guerrero también comparte afinidades con Sfar en su ritmo narrativo y su trazo, suelto y expresivo; una línea espontánea, más sintética que la del francés, que privilegia el gesto y la exageración expresiva frente a la precisión académica, muy apropiada a la naturaleza cambiante y corporal del monstruo. Hay más referentes: las viñetas de “Sedienta” parecen entroncar a veces con la guasa mordaz de Simon Hanselmann, pero lo importante es que Guerrero tiene un mundo propio que contar con una sensibilidad igual de propia.
“Sedienta” es una obra sugerente que combina referencias culturales con una voz gráfica muy marcada, que logra reinterpretar el mito del vampiro desde un registro íntimo y corporal en un cómic tan irónico como inquietante. También procaz. “Qué buena estás”, le dice Batúm mientras se acuestan por primera vez. “Lo sé”, contesta la Chica Vampiro. Qué monstrua. ∎