Película

Sal & Dean. Tras los pasos de Kerouac

Miguel Hualde & Rosa García Loire

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Los principales responsables de “Sal & Dean. Tras los pasos de Kerouac” (2026; se estrena hoy), Jimmy Barnatán y Miguel Hualde, aka Mike Inverno, emprenden un viaje por Estados Unidos siguiendo el itinerario trazado en “En el camino” (“On The Road” es su título original, algunas ediciones españolas optaron por el título “En la carretera”), la novela de Jack Kerouac (1922-1969) escrita en 1951, publicada en 1957 y como mucha gente sabe, aunque en el filme se repita varias veces, la obra literaria más representativa de la generación beat junto al poema “Aullido” (“Howl”, 1956) de Allen Ginsberg (1926-1997). Sobre el papel, un documento curioso que no solo persigue el homenaje a la libertad de Kerouac y al retrato que hizo de su país, sino que también quiere horadar en las raíces de la música estadounidense e indagar en el tan cacareado sueño americano. En la práctica, una película apresurada y con bastantes tópicos que muestra a vuela pluma la realidad estadounidense en los tiempos de Kerouac y en la actualidad. Barnatán, quien ha hecho breves apariciones en películas de Álex de la Iglesia –“Acción mutante” (1993), “El día de la bestia” (1995), “Muertos de risa” (1999)– y en algunas de la franquicia Torrente, ha escrito el guion y representa a Sal, es decir, Sal Paradise, el trasunto de Kerouac en su novela. Hualde firma con su nombre la realización del filme, codirigido con Rosa García Loire, ambos nacidos en Pamplona, y como Inverno encarna a Dean, o lo que es lo mismo, Dean Moriarty, el alter ego de Neal Cassady (1926-1968) en el libro de Kerouac. Ambos componen la banda sonora. Además de cineastas, se dedican a la música, Hualde en línea más pop y Barnatán con blues, jazz y soul. La música no es lo más destacado de la película.

Entre ciudad y ciudad, los autores intercalan imágenes de archivo de Kerouac y su tiempo, o muestran el rollo de papel continuo en el que escribió la novela. Funciona como contexto, nada más. El tono general resulta demasiado admirativo, tanto con la generación beat como con Estados Unidos. La narración en off deviene excesiva y laudatoria, y las reflexiones a viva voz de Sal & Dean, de Barnatán & Inverno, son algo simplistas: conducen el relato (el viaje), pero podrían haber dejado que las imágenes que muestran hablaran más por sí solas. Se detienen en una escena en el White Horse Tavern neoyorquino, lugar lógico de peregrinaje, porque allí acostumbraban a beber Kerouac y Dylan Thomas. En Chicago hacen lo mismo en el Green Mills, el club de jazz en activo más antiguo del mundo (inaugurado en 1907). Como es obligado hoy, esbozan algo de la América trumpista, como la resiliencia de la comunidad LGTBIQ+ de Iowa por un lado, y el soliloquio de un tipo con dos revólveres en las sobaqueras por el otro. Caminan junto al museo de la generación beat en San Francisco, situado justo enfrente de la librería en la que se vendieron las obras de sus integrantes, City Light Books. Paran un instante en Front Street, una especie de reconstrucción de cómo eran los pueblos estadounidenses hace un siglo. También intentan sacarle partido a un edificio de Stuart, localidad de Iowa que en 1934 fue el último banco que asaltaron Clyde Barrow y Bonnie Parker, citado en “En el camino”. Y hablan con mucha gente anónima, pero todo es demasiado rápido, no hay tiempo para detenerse lo necesario en cada personaje y lugar. Quieren atrapar en menos de dos horas aquello que Kerouac vivió y expresó en casi toda una (corta) vida.

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El sueño americano se convierte en una obsesión para los Sal & Dean de esta docuficción. Es un mito más que una realidad. Hay opiniones para todos los gustos a lo largo del metraje. Según el dependiente de una tienda de guitarras, vivir en Nueva York es vivir el sueño americano. Para un barbero, esta ciudad te lo da todo y te lo quita todo, pero también aboga por la grandeza del american dream de marras. La dependienta inmigrante de un bar de Harrisburg dice que perseguía el sueño americano, pero prefiere hablar de su sueño mexicano. El sueño americano es simplemente vivir feliz, explica una mujer joven de Pensilvania cuyo marido juega al béisbol –deporte preferido de Kerouac– para desconectar. Hay idealismo, como el del lector de Kerouac, Ernest Hemingway y Kurt Vonnegut que define el sueño americano como la aceptación de todas las culturas. Tópicos asumidos, como el esgrimido por el propietario de una tienda de repuestos automovilísticos que llegó de Polonia en plena Guerra Fría y ha hallado en Chicago el sueño hecho realidad. Y, de vez en cuando, alguien práctico y sensato. Una pareja compró el edificio del citado banco en el que Bonnie & Clyde perpetraron su atraco prostero. También a ellos les preguntan si creen en el sueño americano. La mujer dice que no, y que por eso se ha pasado al sector inmobiliario.

“Sal & Dean. Tras los pasos de Kerouac” tiene un punto de partida estimable, con Kerouac, Estados Unidos, el viaje y la música como cuatro puntos cardinales, pero es también una oportunidad perdida de trazar un mapa riguroso sobre el país, uno de sus autores emblemáticos, su cultura, sueños, mitos y lugares comunes. ∎

En la carretera...
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