“La cosecha de hielo”, película de comedia negra y thriller cruel realizada por Harold Ramis en 2005, pasó bastante desapercibida. Un abogado, que trabaja para los mafiosos de poca monta de Wichita, y su mejor amigo, encarnados por John Cusack y Billy Bob Thornton, le estafan una importante cantidad de dinero al capo del crimen organizado de la ciudad. Toda la acción acontece durante la Nochebuena, con idas y venidas por varias casas y clubes de striptease, personajes poco fiables, mujeres más o menos fatales, hampones de poca monta y unos cuantos regueros de sangre. El guion lo firmó el también director Robert Benton, y la película jugaba a lo que entonces se denominaba neo-noir, un cajón de sastre en el que se han incluido muchos tipos distintos de relatos policíacos o de intriga. Dada la escasa repercusión del filme, nadie destacó el nombre de Scott Phillips (Wichita, Kansas, 1961), el autor de la novela en la que se basaba.
Publicada en Estados Unidos en 2000 (“The Ice Harvest”), acaba de ser reeditada en castellano por Sajalín –Mondadori la había publicado en 2001 con traducción de Catalina Martínez Muñoz–, ahora con traducción de Diego de los Santos. En los textos de contraportada se reproduce un fragmento de la reseña en ‘The Book Report’, en la que su autor asegura que leer “La cosecha de hielo” es como ver a los personajes de “Twin Peaks” (David Lynch y Mark Frost, 1990-1991) durante una tormenta de nieve en Nochebuena en una ciudad que podría ser la de “Fargo” (Joel y Ethan Coen, 1996). Son referencias audiovisuales, y en eso estaremos de acuerdo, pero no tanto en el primero de los referentes. Ni viendo la película en su momento ni leyendo el libro ahora se me ha ocurrido pensar en la serie de Lynch y Frost, pero es indudable que el humor negro que gasta Phillips y la ubicación espacial y temporal, nieve y crímenes, sí pueden estar algo conectados con el trabajo posmoderno de los hermanos Coen. La novela es hija de su tiempo. Escrita cuando expiraba la década de los noventa, tiene que ver con el tipo de historias de acción, intriga y violencia que entonces practicaban los Coen y también Quentin Tarantino, quien me parece mejor referente, aunque con un tipo distinto de violencia y locuacidad verbal, que “Twin Peaks”.
Ramis respetó bastante la novela menos la relación del abogado, Charlie Arglist, con una de las mujeres que trabaja en uno de los locales nocturnos, Renata, que en la prosa de Phillips no juega exactamente el mismo papel en la primera parte del texto. La Nochebuena de 1979 es el marco temporal, desde que declina el 24 de diciembre hasta que amanece el 25, y los clubes de striptease, propiedad del mafioso a quien le roban el dinero, son las paradas en el rocambolesco camino que debe llevar al picapleitos y a su amigo Vic a desaparecer de Wichita con el botín ganado y sustraído a partes iguales durante varios años. El estilo de Phillips es ágil y sintético. No hay florituras en su escritura. Va siempre al grano, no toma caminos paralelos y estructura el relato casi en tiempo real. Es muy directo y con las descripciones concisas tanto de los personajes principales y secundarios como de los escenarios: los clubes y sus barras y trastiendas, los automóviles, las carreteras en las que los coches resbalan, los lagos helados, las casas habitadas por familias que se van a dormir esperando la llegada de Papá Noel y las que apenas tienen una cama, unas sillas y un par de muebles. Lugares de tránsito para hombres que han fracasado en las relaciones sentimentales y familiares. Son los momentos más divertidos, a la vez que crueles, de la novela: Charlie puso un árbol de Navidad básicamente para sus dos hijos pequeños, pero nunca llegó a invitarlos a que pasaran unos días en su casa, fría por fuera y por dentro. Charlie está convencido de que, si desaparece para siempre de las vidas de su exesposa e hijos (con el dinero, claro), no va a pasar absolutamente nada tras tantos años de ausencias parciales y temporales.
Phillips describe un universo entre ruin y patético, con clubes de striptease y de alterne que están prácticamente vacíos durante las horas previas a la Navidad porque, como dice una de las chicas, ¿quién va a coger el coche en plena nevada para que le hagan una paja por veinte dólares? El sexo carece de todo encanto, deseo, fascinación o aventura. Es siempre una transacción. Gente que no ha disparado un arma en su vida es capaz de matar a tres o cuatro personas durante la Nochebuena. Algunos mueren comprimidos y asfixiados dentro de una caja de metal. A otros les rompen todas las falanges de la mano, una a una. Los villancicos aparecen y desaparecen cuando los protagonistas encienden la radio de sus automóviles, porque esas mismas canciones, como “El tamborilero” en versión de Andy Williams, no pueden ponerse en los clubes ya que espantan a la clientela; también se dice que Peter Frampton ejerce la misma influencia negativa en los clientes potenciales. Hay en el texto comentarios de otra época –“la mujer tendría unos cuarenta y muchos años, pero era atractiva”–, y se nos cuenta una historia que define bien la comedia negra que recubre las páginas del libro de una fina pátina. Es la historia contada por el bisabuelo de Charlie en la que un médico rural revivía a un granjero supuestamente muerto rompiéndole el dedo gordo del pie: “El granjero había gritado de dolor y sorpresa y se había incorporado, vivo y aparentemente sano […] pero el dedo se le gangrenó y murió unas semanas después”. ∎