Escribir sobre el duelo siempre es un terreno difícil en el que la literatura corre el riesgo de quedar sepultada por la pura catarsis emocional. Sin embargo, lo que Siri Hustvedt (Northfield, Minnesota, 1955) despliega en “Historias de fantasmas” (“Ghost Stories”, 2026) –cuyo título evoca inevitablemente a “Fantasmas”, la segunda entrega de la famosa trilogía neoyorquina de Paul Auster– es una disección lúcida y directa de la identidad compartida. Tras la muerte de Paul Auster (1947-2024), su compañero durante 43 años, a causa de un cáncer de pulmón no microcítico, la autora relata la desintegración de ese “nosotros” que ambos construyeron a través de un pacto erótico e intelectual.
Para ello, Hustvedt se sirve de una estructura libre, donde conviven anotaciones de diario, correspondencia de juventud y los partes médicos emitidos a su círculo más íntimo desde Cancerlandia, el término que usa para describir los meses de enfermedad de su marido. A este mosaico se añaden las últimas y conmovedoras cartas que el novelista dedicó a su nieto Miles, todo bajo la impecable traducción de Aurora Echevarría.
El gran acierto del volumen radica en su enfoque científico y filosófico. Lejos del sentimentalismo, Hustvedt analiza su “fragmentación cognitiva” en una aproximación clínica al duelo que remite de inmediato a la Joan Didion de “El año del pensamiento mágico” (2005). Recurre a las citas de Kierkegaard sobre la repetición y la angustia y las de Merleau-Ponty y la intercorporeidad. Desde este punto de vista, los fantasmas que nota en su casa de Brooklyn no tienen nada de paranormal, sino que son una pura reacción de sus sentidos, todavía acostumbrados a la rutina de la convivencia, de ahí esa certeza de que él sigue en la habitación (su fantasma) porque percibe el olor a tabaco. A la par de este desgarro, resulta fascinante cómo el texto aborda su soberanía creativa, rompiendo con ese cliché que durante décadas pretendió reducirla a la condición de acólita o discípula de su cónyuge. Al contrario, lo que revela este diario es una simbiosis intelectual de estrictos iguales. El propio Auster siempre afirmó que la intelectual era ella.
No obstante, esta crónica de complicidad se tiñe de una gravedad absoluta al abordar las tragedias familiares previas al diagnóstico: la muerte de la pequeña Ruby a los diez meses y el posterior deceso de su padre Daniel (el hijo de Paul Auster y de la escritora Lydia Davis), marcados por el fentanilo y la heroína. Jugándosela con la especulación médica, Hustvedt vincula el declive físico de su esposo con este desgaste anímico acumulado, sugiriendo que el trauma familiar podría haber deprimido su sistema inmunitario hasta volverlo vulnerable al cáncer. Con todo, el texto siempre se centra en narrar la enfermedad de su compañero, su valentía ante la situación, la dignidad con la que muere y el esfuerzo de la propia Hustvedt por comprender el diagnóstico. Y aunque la narración se detenga por momentos en un lógico orgullo familiar al ensalzar la genialidad de su hija Sophie y el talento fotográfico de su yerno Spencer, o muestre cierta insistencia en dejar constancia de aquellas cartas iniciales que salvaron la relación y de una intimidad física que los acompañó hasta el final, se entiende este empeño en blindar la vitalidad carnal y el refugio en los vivos como un contrapunto necesario ante la devastación. Por si fuera poco, a este dolor íntimo se suma una dimensión sociopolítica amarga, donde su fallecimiento parece coincidir con la deriva brutal y reaccionaria de los Estados Unidos bajo la alargada sombra de Trump, a quien Hustvedt se niega a nombrar directamente, refiriéndose a él solo mediante sus números de orden dinástico.
Por su parte, el tramo final ofrece una de las imágenes más conmovedoras del duelo: la asimilación física del ausente. Vestir la chaqueta de Paul, adoptar sus neurosis domésticas con las llaves y las luces o mimetizarse con sus costumbres culinarias. Es ahí, mientras raspa el “Dirt In The Ground” de Tom Waits para abrir su ceremonia de despedida o cuando la propia Sophie canta “Blue Skies” para espantar el cielo gris, donde descubres que “Historias de fantasmas” es, simplemente, la forma que tiene Hustvedt de mantener los ojos abiertos frente al abismo y seguir habitando el diálogo compartido, incluso cuando la otra silla verde de la biblioteca se ha quedado vacía para siempre: “¡En los sillones verdes, a las cuatro en punto!”, solían gritarse.
Al final, si uno ha transitado las páginas de ambos autores, o incluso si ha seguido el rastro de Sophie Auster en directo en España (quien firma estas líneas, con su marido Spencer al lado y los llantos de su hijo Miles colándose en pleno concierto), es imposible no conectar con ese código doméstico que el matrimonio llamaba el “Equipo Azul”, un club invisible de personas curiosas, lectoras, que defienden la justicia y que asumen con humor y humildad que el mundo no va a cambiar por la pura fuerza de su voluntad. ∎