Resulta curioso que el primer largometraje de Steven Spielberg (Cincinnati, Ohio, 1946) –“Firelight” (1964), una producción financiada por su familia cuando él era adolescente– tratase de unos alienígenas hostiles. Al fin y al cabo, dos de las obras con las que se estableció como uno de los cineastas de Hollywood más viables comercialmente trataban de contactos mucho más amables con seres de otros planetas: “Encuentros en la tercera fase” (1977) y, especialmente, la entrañable “E. T., el extraterrestre” (1982).
Seguramente tenía sentido que el joven Spielberg partiese de ese imaginario. Creció con películas de ciencia ficción repletas de belicosos extraterrestres que a menudo servían de monstruos-metáfora del antagonismo con el bloque soviético durante la Guerra Fría. Décadas después, el cineasta incluso adaptó libremente la novela de H. G. Wells que inspiró un clásico de la época: “La guerra de los mundos” (Byron Haskin, 1953). Una vez convertido en creador en activo, el director de “El diablo sobre ruedas” (1971) recordaba y reelaboraba aquello que le había impactado, cumpliendo con un cierto ciclo de la nostalgia.
Se solía decir que la cultura pop vuelve periódicamente, veinte o treinta años después, a aquello que lo caracterizaba. O así solía ser, porque esta tendencia se ha ido distorsionando, cada vez más enrarecida por las prácticas de un audiovisual corporativo que lanza de manera impaciente secuelas, reboots, remakes, secuelas-remake y lo que surja. Una atmósfera enrarecida, también, por esa extraña sensación de vivir en un presente permanente donde nada termina nunca, donde tantos filmes incluyen el germen de una continuación o de un spin off. Como se pregunta el crítico cultural Grafton Tanner en su breve ensayo “PORSIEMPRISMO. Cuando nada termina nunca” (2023; Caja Negra, 2024): ¿se puede añorar aquello que no ha terminado?, ¿podemos seguir hablando de nostalgia o estamos ante otra cosa?
Sea como sea, Spielberg fue uno de los grandes definidores de ese Hollywood ochentero que penetró de una manera inusualmente perdurable en el audiovisual masivo. Junto con el George Lucas de “La guerra de las galaxias” (1977), estaba configurando la era del blockbuster, del gran espectáculo de acción y fantasía, volviendo a las películas de monstruos y a los filmes y los cómics de ciencia ficción. La primera película sci-fi que Spielberg dirigió como adulto, “Encuentros en la tercera fase”, tuvo algo de pórtico: como “Tiburón” (1975), encarnaba la transición del cine estadounidense comercial de los años setenta del siglo pasado, algo más proclive al abatimiento y algo más apegado a la cotidianidad, hacia una nueva era.
En su siguiente película con extraterrestres, “E. T., el extraterrestre”, Spielberg terminó de definir una especie de modelo de cine juvenil más bien energético, apto para un público masivo, al que también contribuiría como productor de “Los Goonies” (Richard Donner, 1985) o “Regreso al futuro” (Robert Zemeckis, 1985). El éxito colosal de su cuento sobre un alienígena y el joven terrestre que lo protege materializaría una de las vertientes más buenistas de un Hollywood altamente contradictorio. Porque podíamos ir al cine a sumergirnos en la ternura (o el ternurismo) de “E. T.”, o en las aventuras en el tiempo de Marty McFly, mientras Rambo o los personajes de Chuck Norris empleaban las armas como solución a los problemas de seguridad ciudadana, las tensiones geopolíticas o cualquier otra cosa.
Durante mucho tiempo, el director de “En busca del arca perdida” (1981) dejó a los alienígenas en el cajón de los juguetes olvidados. Los recuperó en un cine estadounidense del nuevo milenio marcado por el recuerdo del 11-S y también por la respuesta institucional a esos atentados. “La guerra de los mundos” (2005) fue una especie de road movie que transcurría en un apocalipsis en marcha desplegado por una civilización extraterrestre que está exterminando a la humanidad. Esta vez, los visitantes parecen llevar a cabo un proyecto genocida. “¿Son los terroristas?”, se pregunta la hija pequeña del protagonista cuando oye un ataque.
De alguna manera, desde el ámbito de lo fantástico, “La guerra de los mundos” tenía vínculos con otra película de Spielberg que parecía marcada por el recuerdo del 11-S: el thriller político “Munich”, también de 2005. En ambos casos se mostraban embrutecimientos éticos en la búsqueda de la seguridad, se cuestionaban algunos males aparentemente necesarios. Eso sí: en el caso de la aventura de supervivencia protagonizada por Tom Cruise, el clima de emergencia permanente facilitaba que se pasase página de las decisiones más turbias que tomaba el protagonista. La anterior “Minority Report” (2002) también sirvió de comentario más evidente de aquel momento histórico y político.
Antes de “El día de la revelación” (2026), el autor de “El diablo sobre ruedas” volvería a tener un cierto contacto con la imaginería de los visitantes de otro planeta. En “Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal” (2008) se pusieron en común las aventuras coloniales con la consabida búsqueda de civilizaciones perdidas, la Guerra Fría con lo paranormal. “El día de la revelación”, en cambio, transita algunos de los caminos que recorrió “Expediente X” (Chris Carter, 1993-2002; 2016-2018): conspiraciones, conocedores de verdades que permanecen ocultas para la mayoría y el deseo de revelarlas. Esta vez, ¿quiénes serán los malos? ∎ Ignasi Franch
Por Ignasi Franch

“Encuentros en la tercera fase” (1977)
Un padre de familia se niega a olvidar su inusual encuentro con un objeto volador no identificado. Spielberg partió de la imaginería de los avistamientos de ovnis y de las abducciones para firmar un gran espectáculo cinematográfico. El asombro y la aventura se entremezclaban con algo parecido a la vida real, aunque fuese en una de esas versiones idealizadas propias del Hollywood comercial.

“E. T., el extraterrestre” (1982)
Un grupo de chavales que corretean en bicicleta y se resisten a ser mezquinos como algunos de sus mayores protegen a un alienígena perdido de la correspondiente persecución gubernamental. Como tantos cuentos, este relato sci-fi de amistades y rebeldías combina una cierta dulzura –enfatizada por la música de John Williams– con las tristezas, los problemas familiares y algún momento explícitamente dramático.

“La guerra de los mundos” (2005)
Tom Cruise protagoniza esta película de agónica lucha por la supervivencia tras el ataque a gran escala de una civilización extraterrestre. La alternancia de pasajes de intensidad máxima y tramos más pausados es quizá parte del encanto del filme y, a la vez, puede ser uno de los motivos de su recepción desigual. Alguna imagen tremenda, como un río que baja repleto de cadáveres, salpica el relato. ∎
Por Philipp Engel

“El día de la revelación” (2026)
“El día de la revelación” es toda una celebración de la pantalla grande, de la experiencia en sala. Argumentalmente, sería como un episodio XXL de “Expediente X” (Chris Carter, 1993-2002; con dos temporadas adicionales en 2016 y 2018) en clave Wikileaks y con trazas pynchonianas. La película recoge todo el legado sci-fi de Spielberg desde “Encuentros en la tercera fase” (1977) para ofrecer un gran espectáculo de cine clásico, con persecuciones y una escena de acción con dos coches y dos trenes digna de Alfred Hitchcock, aderezado con sus habituales cargas de misticismo, humanismo y muy buen humor. Las escenas de oficina con pantallas quedan más antiguas que la futurista “Minority Report” (2002), y no es una película tan rotunda como “La guerra de los mundos” (2005) o tan compleja como “A.I. Inteligencia artificial” (2001), pero es un fiestón. ∎