“Sus hijos” (2025; se estrena hoy) es la primera película hablada en inglés y rodada en Reino Unido del argentino Pablo Trapero. El director de “Mundo grúa” (1999), “Leonera” (2008), “Carancho” (2010) y “Elefante blanco” (2012), otrora uno de los más interesantes del cine argentino, toma distancia no solo lingüística y en relación con las presencias habituales en su cine, como la actriz Martina Gusmán, su pareja en la vida real. También deja de lado algunas de sus temáticas habituales, el realismo y el estilo de filmar. “Sus hijos” se abre con un largo plano secuencia que muestra al personaje principal y el lugar en el que lleva veinte años prácticamente recluido, una gran casa en la campiña. Convive, por decir algo, con su hijo pequeño y la ama de llaves. Pasa las horas en el estudio, rodeado de libros, objetos, botellas y vinilos de jazz y estándares: el movimiento de cámara que penetra por la casa y la recorre siguiendo a su vacilante personaje es acompañado por el “Nature Boy” de Nat King Cole.
Andrew Dyer, el protagonista en cuestión, fue en el pasado uno de los novelistas británicos más respetados. De hecho, aún es muy respetado. Lo encarna Bill Nighy, ideal para el personaje. Pelo largo y canoso, barba sin cuidar, mal vestido (cuando se viste), desgarbado, siempre ebrio. Hasta que debe salir de su aislamiento para asistir al funeral de un viejo amigo a quien ya no veía. Allí, perdido entre unas hojas garabateadas que no sabe leer y los efluvios del alcohol, algo cambia en él. La acción se desplaza brevemente hacia Andy (Noah Jupe), el hijo de 17 años, fruto de una aventura extramatrimonial. O quizá no sea exactamente eso. Sobre Andy pesa demasiado la sombra del padre. En el instituto de clase alta en el que estudia lo conocen como el hijo de Dyer y hasta la biblioteca del centro tiene como nombre el del insigne escritor. Todos piensan que Andy es un genio, como su progenitor.
Pero este no sería el conflicto central del filme. Hasta más o menos la mitad del metraje, “Sus hijos” queda adscrita al casi subgénero de los relatos de rencuentro familiar en un casoplón en el campo o en la costa. Porque entran en escena los dos hijos mayores de Dyer, Richard (Johnny Flynn) y Jamie (George McKay), los que tuvo con su esposa Isabel (Imelda Staunton), a la que lleva también veinte años sin ver. Richard parece inseguro. Vive en Nueva York, está casado, tiene dos hijos, dejó las drogas e intenta vender un guion cinematográfico. Jamie vive con su madre en una casa no muy alejada de la de su padre y es un incipiente documentalista con la cámara siempre presta a grabar la realidad. “Disculpad mi aspecto, disculpad mi realidad”, les dice el padre con cierta sinceridad cuando llegan a la casa y observa, curioso, la cámara de su hijo. Le quieren. Le repudian. Les irrita. Es su padre. Bebido siempre: “No hay nada más triste que un alcohólico que no bebe”, comenta Dyer para enmascarar que ha asumido sus decisiones hasta las últimas consecuencias y está alejándose definitivamente del mundo. Nighy, bebido, está tan bien como lo estaba John Gielgud, borracho, en “Providence” (1976) de Alain Resnais. Y los dos están ebrios durante casi todo el metraje.
Decíamos que es una película clásica de rencuentro familiar. Hasta que se produce un giro que lleva el filme, el relato, el tono y los personajes en otra dirección. Depende de cómo el espectador acepte ese trueque argumental, la película se podrá ver de un modo u otro, más de drama realista o más de fuga de la realidad que Jamie ya no sabe cómo registrar. La forma de dirigir de Trapero es ahora más reposada que en la agitación inicial, acorde con lo que empiezan a sentir y a pensar los personajes, cómo reaccionan ante el cambio. El guion, que adapta una novela de David Gilbert de 2013, se esfuerza también en mantener la unidad pese al giro, la sorpresa. Lo han escrito Trapero y Sarah Polley, directora –“Take This Waltz” (2011), “Ellas hablan” (2022)–, guionista –la miniserie “Alias Grace” (Mary Harron, 2017)– y actriz –“El perdón” (Michael Winterbottom, 2000), “Mi vida sin mí” (Isabel Coixet, 2003), “Amanecer de los muertos” (Zack Snyder, 2004)–. Trapero es también montador y productor del filme. Viendo que es coproducción entre Reino Unido, Canadá, Argentina y Estados Unidos, y que tiene nueve productores y ni más ni menos que 42 productores ejecutivos, no es nada difícil imaginar lo que le habrá costado a Trapero levantar el proyecto. Su trabajo anterior en cine, “La quietud”, es de 2018. El título original, “& Sons”, resulta más enigmático que el español. Hasta el último plano no sabremos el significado de esa ausencia antes del “&”. ∎