Serie

The Bear

Christopher StorerT5, Disney+
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Escribe Michael J. Sandel en “La tiranía del mérito. ¿Qué ha sido del bien común?” que una de las grandes fantasías de nuestro tiempo consiste en creer que quienes llegan más lejos lo hacen únicamente gracias a su talento y su esfuerzo. Esa fe casi religiosa en el mérito no solo nos hace olvidar el papel de la suerte o de las circunstancias, también convierte el sacrificio en una virtud incuestionable. Si el éxito depende exclusivamente de cuánto estés dispuesto a dar, cualquier renuncia parece legítima y cualquier forma de sufrimiento puede acabar interpretándose como una inversión necesaria. Pocas profesiones han abrazado esa lógica con tanta intensidad como la alta cocina. “The Bear” (2022-2026), la serie de Christopher Storer, decide en esta quinta y última temporada cuestionar los medios para llegar a ese fin que bien podría traducirse en la tan anhelada “excelencia” a la que aspira cualquier restaurante con ambición Michelin: una estrella, un lugar en los grandes ránquines gastronómicos o una crítica consagratoria en un periódico de prestigio.

Volviendo a las susodichas circunstancias, esta última temporada se inicia con un diluvio universal que no solo colapsa las calles de Chicago, sino también las tuberías de The Bear. Una revienta un par de veces manchando los blancos uniformes del personal, las pilas donde se friegan los platos se vuelven inútiles, una parte del techo se derrumba y la plataforma de reservas del restaurante colapsa en un momento crítico. Todo esto contando con que debido a problemas de índole económica, la lista de ingredientes potencialmente utilizables en el menú debe recortarse considerablemente, se acabó el Wagyu, queridos comensales, o como diría el tío Jimmy defendiendo el recorte de la proteína predilecta del fetiche gastronómico contemporáneo: “¡Esa mierda costaba 4000 dólares!”.

Sin embargo, esta vez Carmy ya no está al mando. Recordemos que la anterior temporada acaba con una especie de dimisión, relegando toda responsabilidad en la sous chef Sydney. Pero Storer, benevolente, nos brinda en esta última temporada lo que sería un auténtico pas de deux entre Carmy y Sydney que, si bien no nos acabamos de creer del todo durante los primeros episodios –un Carmy dócil, aceptando sin apenas resistencia que, cuando discrepaba con Syd, fuese el criterio de ella el que terminara imponiéndose–, consigue culminar rebatiendo el argumento de la propia serie, que en el primer capítulo de la tercera temporada tuvo su gran momento con el cameo de René Redzepi. Hablamos del fundador del restaurante Noma, chef en el que, por cierto, parece estar claramente inspirado el personaje de Carmy y que hace unos meses fue acusado por decenas de empleados de empujar a trabajadores contra las paredes, golpearlos en el abdomen, pincharlos con utensilios de cocina, lanzarles objetos y proferir gritos e insultos humillantes. Cuando René Redzepi apareció en “The Bear” no se sabía de estas acusaciones y, en consecuencia, en el momento de su cameo, Carmy, que está durmiendo en aquel barquito en Copenhague, es aprendiz en Noma, está dejándose enseñar por los mejores: entre ellos, René, quien hace de sí mismo en este episodio.

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Pero, como diría Flaubert, lo que da forma a un collar no son las perlas sino su hilo. De poco sirven los hitos individuales si no existe el compañerismo y la solidaridad que Carmy en el fondo anda buscando desde el primer episodio de la serie y que, tras su paso por decenas de restaurantes, solo encuentra en The Bear. Hay de hecho un momento bastante revelador en esta última temporada que nos ayuda a entender la dimisión de Carmy. En pleno servicio, un goteo constante sobre uno de los fogones activa el sistema de seguridad y deja inutilizada parte de la cocina durante media hora. Es el tipo de incidente que, en temporadas anteriores, habría desembocado en un estallido de ansiedad colectiva. Esta vez Syd, al mando del equipo, mantiene la calma. Reorganiza el trabajo, saca unos hornillos portátiles y consigue que el servicio continúe. “Somos diferentes”, le dice Carmy a Syd, “yo le habría gritado a todo el mundo”.

En un mundo repleto de chefs que salieron en defensa de Redzepi en plena oleada de acusaciones bajo la premisa de que para conseguir ese puñado de estrellas Michelin y ocupar un lugar entre los mejores restaurantes del mundo ese nivel de exigencia era, supuestamente, el precio que había que pagar, Storer viene a plantearnos una pregunta mucho más incómoda: ¿y si la excelencia no dependiera del sacrificio ilimitado sino de la forma en que nos relacionamos con quienes trabajan a nuestro lado? Puede sonar utópico, sí, o incluso algo buenista, pero es que esta quinta temporada no renuncia a la obsesión por hacer las cosas bien –nadie deja de perseguir el plato perfecto, Tina y Marcus entre ellos– aunque sí desmonta la idea de que la violencia sea una condición necesaria para alcanzarlo. “¡Sin chillar!”, como diría Syd. Y precisamente, en un mundo audiovisual repleto de narrativas a lo american dream, The Bear arrincona a Carmy, lo manda a un despacho de arquitectos y nos viene a decir que lo que debemos evitar precisamente son todas estas historias de sangre y sudor antiquísimas que no son únicamente un mal ejemplo a seguir, sino que además son igual de surrealistas y macabras que aquellos que la perpetúan.

Se acabó “The Bear” y con ella todo el stock de camisetas de manga corta blancas de la marca Merz b. Schwanen. Jeremy Allen White no podrá siquiera optar a su Emmy este año, pero eclipsar a este personaje esta última temporada ha sido la mejor lección que la serie podría habernos dado. ∎

Se acabó el pastel.
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