Serie

Tokyo Vice

J.T. Rogers(T2, HBO Max)
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La segunda temporada de “Tokyo Vice” (2024) prosigue el libro de Jack Adelstein (interpretado por Ansel Elgort) sobre su experiencia como reportero de crónica negra y sus investigaciones sobre la mafia japonesa en el diario japonés con mayor tirada, el ‘Yomiuri Shimbun’, a finales de los noventa. Esta mirada del gaijin, el extranjero, deja de ser preponderante como en la primera temporada, y la narrativa se abre hacia la coralidad con un conjunto de personajes –reporteros, mafiosos, policías, escorts, políticos– que configuran una red, un tejido en el que los hilos se interrelacionan y tensan por los movimientos subterráneos del poder y la corrupción que afecta a todos los estamentos, incluidos el propio diario.

De forma inesperada, no hay abusos de planos atmosféricos ni de localizaciones (todo aquello que suele exhibirse para que se vea el gasto de la producción y que se ofrece al espectador a modo de obsequios exóticos) y las situaciones suelen concentrarse –como en el cine negro clásico, que en gran parte consistía en gente dialogando en una habitación– en las conversaciones, los cruces de miradas, las expresiones en los rostros. Las secuencias de acción también son escasas y concisas, y rara vez se persigue un ritmo trepidante ni acelerado, si bien la trama o intriga es dinámica y circula tensa entre los personajes.

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En los rostros de Jack, el detective Katagiri (Ken Watanabe), el yakuza Sato, la escort Samantha (Rachel Keller) o la periodista Emi (Rinko Kichuchi) –por nombrar a los principales personajes– hay vulnerabilidad, se reconoce que vienen de experiencias de pérdida, fracaso o frustración (narradas en la primera temporada, de 2022) y empieza a percibirse su impotencia, la idea de que toda acción es provisoria, no conclusiva, y que se enfrentan a cosas que les sobrepasan y que no se pueden detener. Son tipos con carácter, no unos pusilánimes, y justo su resolución (su necesidad de actuar, de no retirarse) es lo que comporta el principal dilema de esta historia: el hecho de que actuar (a fondo y sin reservas) implica comprometerse, pero también puede conllevar contagiarse o involucrarse en aquello que se combate –aquí la yakuza–, de tal forma que las líneas morales se desdibujan y hay que escoger qué piezas –también de uno mismo– sacrificar. Entramos en el juego de estrategias que mueve la conciencia íntima y la política, de forma casi siempre invisible.

Al final, con acierto, la creación de J.T. Rogers se decanta más por la investigación periodística que por la policial –mucho más cercana al cliché– y todo su claroscuro moral traza una atmósfera fría y desencantada que no está lejos de las ficciones del primer Alan J. Pakula ni, por supuesto, de Michael Mann (productor de la serie y que dirigió el capítulo piloto). Bajo el nervio e impulso de sus personajes en la persecución de sus destinos, y en el deseo de su oficio, la emoción se hace reservada, quebradiza: en toda vida sin freno de mano siempre hay riesgo y un precio a pagar. ∎

Mafia evolucionada.
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