Libro

Tom Doyle

Running Up That Hill. 50 miradas a Kate BushLiburuak, 2026

Se dice que los tiempos aceleran, pero una figura casi de otra era, desaparecida del radar durante largos años, Kate Bush, ha dado señal estos años en boca de figuras modernas –Lorde, Caroline Polachek, FKA twigs, Weyes Blood, Rosalía– mientras una de sus canciones, “Running Up That Hill”, capturaba nuevas audiencias tras su exposición, en 2022, en la serie “Stranger Things” (The Duffer Brothers, 2016-2025). Ella nunca se sumó a tendencia alguna en el pop, y la dificultad de encapsularla fue un obstáculo para situarla en lo alto del termómetro de lo cool. Pero es eso lo que ahora hace de ella una criatura intrigante, que ve redoblado su atractivo. Así lo percibe Tom Doyle, autor de este libro, nacido en Dundee (Escocia), en el que se muestra comprometido en la misión de acercarnos, casi nada, a “la verdadera Kate Bush”.

El punto de partida es privilegiado: una entrevista en su casa, “en algún lugar de Berkshire”, que Doyle realizó en 2005 para la revista ‘Mojo’ y que se prolongó durante más de cuatro horas. Esas páginas en las que describe el encuentro con la señora de su casa, “sorprendentemente pequeña (161 m)”, vestida informalmente con camisa, vaqueros y zapatillas deportivas, en un salón lleno de juguetes y libros infantiles –su único hijo, Bertie, tenía entonces 7 años– son para devorarlas con fruición. Poco a poco, la artista meticulosa, el enigma andante, va asomando en la conversación a medida que el autor se gana su confianza. Se entrevé a la figura llana y con carácter, que ríe con ganas y que suelta tacos: “Me dan ganas de decir... ¡que os jodan!”, exclama cuando evoca ciertos relatos de la prensa que la han pintado como “mentalmente inestable” o “criaturita débil y frágil”.

La historia de Kate Bush tiene como eje la lucha del artista por hacer realidad su sueño, controlando su obra y peleándose con las fuerzas oscuras: la industria, el fenómeno de la fama, el tiempo. Doyle sigue de cerca la peripecia desde su crecimiento en un hogar apacible y liberal, y la relación orgánica que establece con el piano y con ese viejo armonio abandonado en el que descubre sonidos y timbres. Nos habla de la abrumadora imaginación de aquella adolescente y de su don para escribir canciones desde posiciones insólitas –como el espectro de Cathy en su súbito éxito “Wuthering Heights”, que consigue publicar como primer single venciendo la oposición de EMI– y para ver aquello que no todos ven: el niño que anida en ciertos hombres en “The Man With A Child In His Eyes”, pieza vaporosa cuya grabación deja sin habla a los técnicos implicados en la sesión.

Montada al principio en la ola de la aprobación popular derivada del éxito de su primer álbum, “The Kick Inside” (1978), la prodigiosa Kate Bush no tarda en avistar el conflicto. Ha tenido que componer a contrarreloj las canciones del sucesor “Lionheart” (1978) y se culpa por haber cedido. Se da cuenta de su incapacidad para adaptarse a los plazos y de su desinterés por ser famosa. No todo vale para vender su música y rechaza telonear a Fleetwood Mac. Prefiere mimar su debut escénico, “The Tour Of Life” (1979), que incorpora adelantadas dinámicas coreográficas y el uso de un micrófono de radio, fabricado exprofeso, para poder cantar y bailar a la vez. Pero su interés se aleja de las tablas y se centra en la composición y en la grabación. Descubre el sampler Fairlight CMI, observa que la producción de un álbum es un asunto crucial y va tomando el mando, forzando las cosas a partir de “Never For Ever” (1980) y, sobre todo, de “The Dreaming” (1980), su álgido y excéntrico manifiesto de pop vanguardista, del que Bush habla como su “álbum ‘estoy muy enfadada’”.

“Running Up That Hill. 50 miradas a Kate Bush” (“Running Up That Hill. 50 Visions Of Kate Bush”, 2022; Liburuak, 2026; traducción de Patricia P. González-Barreda) transmite toda aquella tensión con EMI, que se desvanece felizmente cuando llega “Hounds Of Love” (1985), éxito de ventas con “Running Up That Hill” apuntando al intercambio de experiencias entre hombre y mujer, ese loco intento sensorial de “trato con Dios”. Kate Bush dispone ya de su estudio en casa, un patio de recreo en el que hacer y deshacer a su antojo. La desconexión de los intereses industriales será más y más notoria a partir de ahí, y su discográfica lo aceptará porque sabe que su chica vende discos si se lo propone y es una rara especie que hay que cuidar. Pero es paradójico que “The Sensual World” (1989) y “The Red Shoes” (1993), obras desligadas de toda presión, sean las que menos la convencen a largo plazo, como reflejarán los remakes corregidos de “The Director’s Cut” (2011).

La maternidad, en 1998, produce el efecto que nada ni nadie había conseguido antes: invertir el orden de prioridades en el mundo de Kate Bush. De su mano entendemos la lógica de su vida cotidiana, una magia, sugiere el libro, que envuelve sus dos últimas obras con material original, el doble “Aerial” (2005) y “50 Words For Snow” (2011). Álbumes en los que ella cavila sobre la pareja, el destino de la humanidad y el paso del tiempo. Tan o más inflexible que antes, impide que su insólita residencia de conciertos en el Hammersmith Apollo, en 2014, tenga registro en vídeo, porque estima que el espectáculo había que vivirlo y verlo de modo presencial, sin que cámaras y realizadores decidan los encuadres por ti.

A través de nuevas conversaciones, vemos a una Kate Bush con brotes de inseguridad, que llega a pensar que el mundo se olvidará de ella si tarda siglos en publicar obra nueva, y que sigue con divertido asombro el efecto generado por “Stranger Things” y la proliferación de imitaciones, parodias y experiencias Kate Bush que proliferan aquí y allá. En la simbiosis de esa vida serena en su casoplón –sin mística, ni telarañas flotantes, ni cuentos de hadas, alineada a gusto con la agenda familiar– y su obstinación como artista genuina dueña de su destino –que cita a Stanley Kubrick como modelo, por el control sobre su obra y sus tempos– está el acierto de Tom Doyle en estas páginas. ¿Llega a descubrirnos a “la verdadera Kate Bush”? Bien, nos acerca a ella de un modo muy detallista y perspicaz, complementandose con el referencial trabajo de Graeme Thomson en “Under The Ivy. The Life & Music Of Kate Bush” (Omnibus Press, 2010), si bien, tratándose de ella, la ambición de abarcarla por completo es una ilusión y, como dice Elton John en el capítulo final, “ella es una especie de enigma”. Y está bien que así sea. ∎

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