Álbum

Alabama Shakes

I Must Be Dreaming Island-Universal, 2026

No importan las ventas, los premios, la fama: todo lo que Brittany Howard toca sigue sonando absolutamente auténtico. Por eso el inesperado tercer disco de Alabama Shakes no suena como hecho por inercia, ni con demasiado esfuerzo, sino como –de nuevo– un rugido personal. Se oyen el hambre de seguir explorando el sonido y el afán de mostrar una visión del mundo.

En este último sentido, “I Must Be Dreaming” se presenta como el disco más político de los Shakes hasta la fecha. Howard explica que el título puede entenderse de dos maneras, una de ellas basada en el descrédito y otra en la esperanza. “Debe ser un (mal) sueño”. “Es como si estuviera soñando”. El repertorio del álbum recoge ambos espíritus, a veces en una misma canción: el duelo por todo lo que hemos perdido en los últimos años –una humanidad de base, la unidad, la sensatez– y la esperanza por el futuro. A un lado está la canción protesta “American Dream”, asalto a la cultura de las armas o las reformas y proyectos decorativos de Donald Trump. Al otro, algo como “I Feel Hope Coming”, aunque sus versos tampoco son del todo conciliadores: “No quiero tu ley marcial, quiero aire limpio / No quiero enemigos que ni siquiera están ahí”, canta una Howard decidida a recordar que no todo el Sur es conservador.

Pero volvamos un poco atrás en el tracklist y destaquemos una apertura tan imponente como “Tea Time”, en la que los Shakes avisan ya desde el principio que el viejo rock’n’soul es solo una de sus modalidades y que son un grupo casi posgénero. En el citado arranque se decantan por la influencia rítmica del hip (o trip) hop, ya presente en los discos de Howard en solitario, el autobiográfico “Jaime” (2019) y “What Now” (2024). Sobre ese mismo pulso bristoliano se sostiene “Another Life”, elucubración romántico-espiritual en la que la narradora se plantea si una relación fallida podría salir bien después de la reencarnación: “¿Podemos intentarlo en otra vida?”.

A lo largo del álbum, Howard, el guitarrista Heath Fogg y el bajista Zak Cokrell –no busquen al batería Steve Johnson, fuera del proyecto tras violar la orden de alejamiento de su exmujer o enfrentarse a un cargo de abuso infantil luego desestimado– se la juegan probando variaciones de sí mismos, del arrastrado soul sureño de “Garden” al rock psicodélico, denso y pesado de “Time”, seguido en la secuenciación por la radicalmente opuesta “Friends”, ligera, desastrada, casi, casi antifolk de vieja escuela. Junto a la centerpiece “I Feel Hope Coming”, quizá la mejor canción del disco sea esa contagiosa “How Love’s Supposed To Go”, en la que casan con verdadera inspiración su amor por el funk y su vertiente más ácida.

Unifica todas estas variaciones un sonido cargado de fuzz, a veces casi en exceso, como si la banda quisiera ponerse piedras en el camino hacia un éxito aún mayor. El disco suena a elogio de lo humano e imperfecto, a ejercicio de resistencia frente a la deriva tecnoautoritaria de un mundo en peligro, pero ojalá no perdido todavía. ∎

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