“Party” (2017) supuso una abertura de miras para
Aldous Harding, pero aún pecaba de cierta rigidez formal. Este glorioso
“Designer”, en cambio, se libera de tics expresionistas y consolida una escritura mucho más cálida, enraizada en el folk de los setenta. La neozelandesa lo ha tejido cuidadosamente junto con John Parish y una banda que pasa de lo frondoso a lo severo con desarmante naturalidad, valiéndose de arreglos favorecedores en unos temas (congas y marimbas acolchando el titular) o de los meramente necesarios en otros (desoladora
“Heaven Is Empty”, minimalista
“The Pilot”).
Vocalmente, Harding se recrea en matizadas inflexiones, pero también sabe mostrarse ecléctica. En
“Damn”, por ejemplo, suena cercana a la firmeza eterna de Nico, mientras que en
“Zoo Eyes” alterna tonos como si se tratase de una ventrílocua. Las canciones están construidas sobre ese tipo de equilibrio de pesos, y cantadas y grabadas como si fuesen a romperse en cualquier instante. Es una fragilidad que se crece frente a las específicas insignias que pueblan las letras –ojos, piedras– y frente al simbolismo, por ejemplo, de una
“The Barrel” donde melocotones, palomas, un huevo y un hurón revolotean sin conexión obvia.
Ella sigue sin querer explicarse del todo. Le interesa alimentar su fama de excéntrica, porque sabe que así se perpetúa el misterio de sus canciones. En ese sentido, la conquista es doble: consigue que mantengamos la atención jugando al cripticismo, invitándonos a dejarnos llevar apenas por sentimientos evocados, por impresiones. Así, cuando en “Zoo Eyes” se pregunta
“What am I doing in Dubai?” o cuando confiesa en
“Treasure” eso de
“I made it again to the Amazon” no interesa tanto preguntarse si nuestra protagonista habrá en efecto visitado dichos lugares, sino interpretar esas menciones como imaginarios proyectados, como alegorías de su forma de aprehender el mundo. ∎