No han tardado casi dos décadas, como entre el primero y el segundo, pero siete años sigue siendo un duro margen de espera para otro álbum de American Football. Cuando un grupo de culto regresa, generalmente se dedica a tocar los hits y lanzar pálidos espejismos de su obra anterior, pero la segunda época de estos referentes de emo, post-rock e indie rock está siendo otra cosa. Han empezado a desafiarse a sí mismos con cada nuevo largo, a desdecir que la mediana edad artística sea un terreno de nostalgia y refrito.
En “American Football (LP4)” se nota el hambre de cosas nuevas, la voluntad de sacudir oídos y almas. Mike Kinsella (voz, guitarra) y su primo Nate (bajo) se han traído de su proyecto synthy LIES al productor Sonny DiPerri (ingeniero de My Bloody Valentine, Trent Reznor), quien ayuda a la banda a evolucionar sin que eso signifique perder esencia. Este disco es, de nuevo, puro American Football, con sus ritmos poco estrictos y, a la vez, muy depurados; sus guitarras tintineantes, o ese ritmo lento que en el enorme “American Football” (2016) fortificaba una tristeza de contornos más adultos. A la vez, su alquimia emocore admite baterías más vivas, coros extraños, interludios instrumentales o cambios armónicos y tonales que dejan sin aire. En las letras siguen recordando que la desorientación no es solo propia de la adolescencia y que te puede acompañar hasta el último de tus días, pero lo hacen con particular atrevimiento, con un afán confesional catártico que redobla los niveles de oscuridad.
El título del primer tema ya lo dice todo: “Man Overboard”, hombre al agua. Steve Lamos apuntala la tensión del momento con un imposible ritmo de batería que acaba sirviendo como columna vertebral. Al habitual repiqueteo de guitarra se unen apuntes más distorsionados, además de sintetizadores y sonidos electrónicos; tras el tercer minuto y medio, el tema da un giro inesperado hacia terreno de Boards Of Canada.
Otros nombres de canción son, agárrense, “No Feeling” y “No Soul To Save”. Se podría imaginar dichas canciones como lamentos slowcore de tacto árido, pero lo que ellos ofrecen es música paradójicamente bella, a veces en armonía vocal con los amigos que aún les quedan. Brendan Yates (Turnstile) aporta intensidad al estribillo de “No Feeling”; Caithlin De Marrais (Rainer Maria) trae un elemento ensoñador que en el anterior disco corrió a cargo de Rachel Goswell (Slowdive), y la joven Wisp (el fandom de American Football es intergeneracional) ayuda a convertir “Wake Her Up” en el momento más pop del disco, con permiso de “Patron Saint Of Pale”, ese gran tema con palmas y coros femeninos sobre decidir un divorcio por medio del piedra, papel o tijera.
La citada “No Soul To Save” camina sobre otro beat extraño y en “Desdemona” hay trazas corales del minimalismo de Steve Reich, pero ni estas ni las anteriores canciones mencionadas se pueden comparar con la depuración y catarsis totales de “Bad Moons”. Empieza suave, niños jugando al fondo, para ir ganando intensidad hasta que un trémolo de cuerdas y el bajo acompañan a Mike Kinsella en un momento de revelaciones. “Perdí la cabeza en la oscuridad / Conté todas mis mentiras en las oscuridad / Me eché las copas en la oscuridad / Exploré nuevas perversiones en la oscuridad”. Pueden no ser letras específicas, pero eso solo las hace más poderosas y permite que el oyente pueda completar las lagunas con sus propias sombras. ∎