Aceptar la belleza rotunda de un disco a veces resulta incómodo cuando te obliga a asomarte al dolor ajeno. Angelo De Augustine firma con “Angel In Plainclothes” un tratado de folk de cámara y psicodelia suave que respira luz, pero su origen es el miedo puro. En la noche de Halloween de 2021, el cantautor californiano sufrió un colapso físico que reseteó su existencia. Tras pasar por el hospital con una enfermedad sin diagnosticar, tuvo que aprender otra vez a caminar, a articular palabras, a oír, a tocar y a cantar. Su etapa anterior, marcada por la intimidad de “Tomb” (2019) y su deslumbrante alianza con Sufjan Stevens (con quien comparte el trago de haber visto interrumpida su vida por una enfermedad grave) en “A Beginner’s Mind” (2021), había cristalizado en “Toil And Trouble” (2023), una colección de canciones que registró convencido de que iba a morirse. Este quinto álbum en solitario funciona a la inversa: es el diario de a bordo de un náufrago que acaba de descubrir que le han concedido una prórroga.
Semejante renacer atraviesa cada decisión de la producción. Acostumbrado a cargar con todo el peso creativo en el aislamiento de su estudio casero (A Secret Place), sus propias limitaciones físicas lo obligaron a pedir ayuda. Y la decisión le sienta de maravilla al repertorio. Oliver Hill envuelve las composiciones con unos arreglos de cuerda magistrales, Leng Bian suma el arpa, Thomas Bartlett se mueve entre el Wurlitzer, el melotrón y el piano, y hasta su propia madre, Wendy Fraser, excorista en temas icónicos del pop de los ochenta, acaricia percusiones y coros. Todo el conjunto se edifica sobre un museo de rarezas analógicas, silbatos de tren, salterios de arco y aparatos exóticos como el Marxophone.
El viaje arranca de frente con “Empty Shell”, una elegía acústica donde lanza la pregunta fundamental “Where do you run when your life's on the line?” y asume su propia vulnerabilidad. A partir de ahí, el disco despliega sus trucos con una lucidez asombrosa. “Pet Cemetery” se mueve en un registro de nana fantasmagórica, apenas un hilo de voz flotando sobre la instrumentación, para dar paso a la brillantez de “Spirit Of The Unknown”. En este corte festeja los placeres diminutos como las manzanas en los árboles y el sol sobre el mar.
El peso abrumador de la enfermedad tiene su metáfora más cruda en “The Cure”. Amparado por la batería de Jonathan Wilson, coproductor del tema, levanta una balada narcótica que compara el deterioro físico con una adicción tiránica que termina por poseerte por completo: “I’ll take till nothing’s left”. La convivencia entre el trauma y la experimentación encuentra su clímax en “Mirror Mirror”, un cruce marciano de guitarras, percusiones arrastradas, silbato de tren y un salterio de arco manipulado con la velocidad de la cinta. Confiesa su desconexión frente al espejo con versos implacables como “Tell me your mother in heaven won’t cry in vain”. La cercanía con la escuela de Sufjan Stevens se hace evidente (igual demasiado) en “Cosmic Ride”, un trayecto acústico que acaricia la perfección en apenas dos minutos y medio. Para compensar tanta gravedad, la obra sabe cobijarse en pasajes que irradian romanticismo y devoción. Por ahí asoma “The Universe Was Our Mother”, una miniatura ensoñadora mecida por el arpa, o la cadencia orquestal de “With A Love So Kind”.
Encarando la recta final, si hay un auténtico tesoro escondido en este tramo del disco es “Pictures On My Wall”. Lo que a primera vista parece un luminoso ejercicio de nostalgia con ecos a Nick Drake encierra, en realidad, un relato devastador sobre la pérdida de la inocencia. Angelo describe el vértigo de hacerse mayor de golpe, “You were just a babe of seventeen, but life had gone too fast”, mientras lidia con la confusión mental y las voces que lo atormentan, buscando refugio en figuras protectoras como María Magdalena, la Virgen de su medalla de oro o la resurrección frente al vacío de las ilusiones cósmicas. Para rematar la faena, “Goodbye Baby Blue” limpia los escombros con dulzura, despidiendo el dolor acumulado en los últimos años.
“Angel In Plainclothes” es un álbum extraordinario y profundo, una pieza de orfebrería que certifica que la fragilidad puede ser un motor creativo incontestable. Angelo De Augustine ha sobrevivido a su propio fin del mundo para firmar el trabajo más inspirado y curativo de su carrera. Queda desear que ahora mantenga la cabeza fría y se cuide mientras persigue su gran afición, que es rastrear eBay buscando rarezas instrumentales que casi nunca funcionan para luego intentar arreglarlas. Después de esto, cualquier ángel con toga blanca parece un becario: los buenos vienen de paisano, cantan bajito y saben perfectamente dónde colocar un silbato de tren. ∎