Álbum

Bill Callahan

My Days Of 58Drag City, 2026

La mortalidad. La descendencia. La creación. El legado. El encaje en nuestro tiempo. La razón última de por qué y para qué diablos estamos aquí. Cuestiones trascendentales que Bill Callahan afronta en su nuevo álbum en solitario, con la desafiante certeza de saber que son preguntas que no caerán en la sima de la pretenciosidad con ínfulas, porque a estas alturas de su carrera es difícil discutirle su condición de figura capital de la música popular norteamericana de las últimas décadas, aunque su trayecto –discreto en términos de amplia popularidad– no entienda de multitudes. Comienza citando a Lou Reed en la inaugural “Why Do Men Sing” y no parece una casualidad: si ha existido alguien capaz de emularlo durante las últimas décadas desde un plano alternativo, independiente, underground o como lo queramos llamar, es (sin duda) él, con inconfundible timbre de voz, su talante narrativo y su economía de medios. “Lou Reed me estaba esperando, vestido de blanco, y yo le decía: Lou, Lou, Lou Lou… ¿qué lugar es este al que me has llevado?”, nos canta sobre su encuentro onírico con la leyenda neoyorquina en un corte que se interroga por el acto y el proceso mismos de componer y cantar, con su sempiterna voz de barítono, su tono confesional y la naturalidad de quien ha intentado aplicar a este álbum el mismo tratamiento –espontáneo, fresco, de aquí-te-pillo-aquí-te-mato– de los directos de sus últimas giras. Por algo enuncia este disco como un “living room record”. Por eso ha grabado con Matt Kinsey a la guitarra, Dustin Laurenzi al saxo y Jim White a la batería, sus compañeros sobre el escenario. A Callahan no le importa tanto redondear el acabado de sus canciones como captar con ellas la esencia misma de la existencia en pequeñas viñetas sonoras que transmitan la proverbial honestidad y naturalidad que han marcado prácticamente toda su carrera en solitario. Y aquí lo consigue en el que es uno de sus mejores trabajos: mucho decir, cuando tienes en tu haber cumbres como “Sometimes I Wish We Were An Eagle” (2009), “Apocalypse (2011), “Dream River” (2013), Gold Record” (2020) o YTIAƎЯ” (2022). No se le avista techo.

La nómina de instrumentistas va más allá de ese cuarteto básico, y eso se nota en el resultado final, con el violín de Richard Bowden, el piano de Pat Thrasher, el bajo de Chris Vreeland, el trombón de Mike St. Clair y la pedal steel guitar de Bill McCullough (Knife In The Water), de quien Bill Callahan dice que encara el instrumento “desde un enfoque abstracto”. No es el único, creo yo. Aquí todos los sonidos concurren mediante pinceladas, brotan de forma aparentemente imprevisible, mediante aportaciones libérrimas que nunca derivan en la sobrecarga ni en el horror vacui. Ya ocurría en álbumes anteriores, pero aquí se aprecia una querencia aún más acentuada por el trazo libre: afirma Callahan que lo improvisado, lo impredecible o lo desconocido es lo que le motiva para seguir haciendo música, y que lo mejor de las grabaciones sigue siendo convertir los errores en fortalezas. Y esa vivacidad, aparentemente espontánea, brota en todos y cada uno de sus cortes. La guitarra chisporroteante de electricidad que inflama “The Man I’m Supposed To Be”, una reflexión sobre sí mismo (“he vivido demasiado tiempo en mi cabeza, no amándote lo suficiente en nuestra cama”), pavimentando el camino a su grave crescendo, es una muestra. Como también lo son los cambios de ritmo de “Stepping Out For Air” o “And Dream Land” y el violín de “Lonely City”, aderezado con la voz de apoyo de Eve Searls, quien emerge de cuando en cuando en algunos otros cortes.

Unas nerviosas notas de saxo abren la inquietante“Computer”, en la que nuestro hombre arremete (diría que sin ironía) contra la esclavitud digital y hasta contra el Auto–Tune: “Fuera cual fuera el sueño original, esta máquina se ha convertido en la guillotina del pueblo, y la libertad de expresión está casi acabada… ¿Auto-Tune? No lo quiero oír, eso solo es limitarnos a buscar satisfacción en ser cantados por algo que no tiene espíritu”. La narrativa de “West Texas” se ve puntuada por la pedal steel hasta que el violín la lleva a terreno dylaniano en su tramo final. Un discreto trombón se antoja esencial para elevar la importancia de “Empathy” al plano que requiere, dirigida a la evocación de su padre: “Recuerdo el día en que me gané tu respeto, te enseñé un cheque de tres mil dólares de un bolo en Nueva York, ahora me acerco a los sesenta, tengo dos críos y me pregunto qué pensarán de mí cuando hayan crecido”. La plácida “Lake Winnebago”, acompasada por tenues notas de piano, pedal steel y saxo, y la muy roots “Highway Born”, esta última con referencias a la vida errante del músico (“necesito chequear Oklahoma, Louisiana, Tennessee, necesito tomar la temperatura a todo el país”), conducen la recta final de “My Days Of 58” hasta su minimalista y subyugante cierre: una “The Word Is Still” que condensa, en sus cuatro minutos y medio, con sus vientos disonantes y su voz en su registro más sigiloso, todo el poderío expresivo de este discreto gigante de la música norteamericana de nuestro tiempo.  

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